Salto, Miércoles 28 de Junio de 2017

Imagino decir

Columnistas | 20 Mar. Padre Martín Ponce De León.
Nosotros sabemos que somos privilegiadas.
No todos poseen la suerte de estar tan cerca de Él como nosotras...
Todos los días nos ponemos en camino con Él y, hay veces, que el cansancio triunfa y dormimos juntos, allí donde nos llegue la noche.
Sé que la nuestra no es una tarea simple pero...
Es tremendamente gratificante estar siempre en camino.
En oportunidades, como es natural, uno quisiera un alto en ese incesante ir y venir.
Siempre hay un camino para transitar.
Siempre hay un alguien al que hay que ir a buscar.
Nunca pensamos que nuestro destino iba a ser tan reconfortantemente agitado.
Repentinamente, un día, todo comenzó a cambiar para nosotras.
No voy a negar que, muchas veces, entre las virutas y el aserrín de la carpintería la pasábamos muy bien ya que era casi como vivir bajo un cosquilleo permanente.
Si no fuese por alguna astilla que nos hería podríamos decir que era, la nuestra, una vida muy divertida y tranquila.
Un día... ¿qué le habrá pasado?... dejó la carpintería y se hizo a los caminos.
Fue un cambio demasiado notorio como para no darnos cuenta y no deber sufrirlo.
Sí, los primeros tiempos sufrimos.
Nos sentíamos sucias con aquel polvo que nos invadía y ahogaba.
¡Todo el día llenas de polvo!... y cada paso que Él daba era como que nosotras ayudábamos a que el polvo nos invadiera un poco más.
Les ha de resultar casi imposible suponer la dicha que experimentamos aquella vez que, por primera, se acercó hasta el lago y comenzó a entrar en él.
Allí no había polvo, el agua poco a poco nos limpiaba y refrescaba... era por demás gratificante.
Pero, parece, que la dicha no pasa por estar bien o mal sino que radica en el hecho de ser útil.
Luego de empaparnos con la frescura de las aguas nos volvimos a hacer al camino... y el polvo se hizo barro... sin duda que era preferible estar cubiertas de polvo que de barro.
Podría parecer que ser el par de sandalias de Jesús el Nazareno no parecería ser de mucha relevancia y menos como para que alguien se ocupe de nosotras.
Es indudable que son mucho más importantes sus palabras, sus gestos y aquellos con quienes se encuentra el Maestro que nosotras.
Todo lo de Él recibió algún espacio, hasta su túnica mereció un sorteo y un renglón en la historia, pero nosotras...
Con el transitar los muchos caminos nos fuimos adaptando a aquellos pasos.
Fuimos protegiendo aquellos pies de piedras y espinas.
Fuimos cumpliendo, silenciosamente, nuestra misión.
Si bien aquellos pies, a fuerza de caminar, fueron cubriéndose de callosidades nuestra misión siempre fue insustituible.
Cuando avanzaba recorriendo caminos y se detenía llegaba hasta nosotros un cosquilleo de excitación.
Algo habría de ocurrir.
En oportunidades nos encontrábamos ante los destrozados pies de algún leproso. Otras veces eran unos trapos quienes cubrían los pies de algún mendigo los que estaban ante nosotras.
No faltaron las veces que aquellos pies que se encontraban ante nosotras estallaron en brincos unidos a voces de algarabía.
Lo real es que cada uno de aquellos encuentros con el Nazareno siempre señalaban una transformación. Jamás deja indiferente.
Nuestra oración no era para hablar de nosotras sino para pedir por los seguidores de Cristo para que puedan aprender de nosotras (con toda humildad lo decimos).
Ser cristiano debería ser, sin duda, nuevas sandalias de Cristo.
Llevar a Jesús por los caminos y hacerlo permitiendo que el polvo de la historia, del hoy, se adhiera a sus pies.
Proteger y cuidar los pies del Nazareno de todo eso que el hoy pone a sus pies para impedir que lleguen a los demás, a todos.
Pero, fundamentalmente, es hacer que las huellas de Cristo sean las huellas de sus sandalias.
Cada uno debe ser, en el hoy, la huella de Cristo que pasa.

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