Salto, Martes 25 de Julio de 2017

Suponía

Columnistas | 17 Jul. Padre Martín Ponce De León.
Creía tener mis cosas en un orden propio de mí.
Creía saber lo que había en cada montón de papeles y con facilidad encontrar lo que fuese a buscar.
Creía saber lo que tenía y dónde encontrar lo que buscase.
Suponía y, sin duda, suponía muy mal.
Un día un sonido extraño llamó mi atención.
No me importó tratar de ver por dónde surgía tal sonido.
Lo cierto era que tal sonido estaba dentro de mi cuarto y movía algunos papeles.
Algunos, al moverse, dejaban ver lo que se encontraba debajo.
Me agradaba aquel sonido nuevo y le dejaba hacer.
Aproveché su presencia para revolver en lo que tenía.
Fue así que me encontré con realidades ni suponía estaban entre mis cosas.
No recordaba el momento o la razón por la que les había guardado.
El sonido nuevo ocupaba más y más lugares de mi cuarto.
Por algún lugar se había adentrado y movía cada vez más espacios.
Le dejé hacer. Me encantaba su libertad y espontaneidad con la que se movía levantando mis papeles.
Parecía siempre hubiese sido parte de mi cuarto puesto que actuaba y ello despertaba mi sonrisa y mi admiración.
Llamaba mi atención el hecho de encontrar realidades que suponía ya no estaban más.
Nunca las habría buscado puesto que daba por supuesto ya fuesen parte de mi pasado.
Allí estaban y ello hacía entretenerme en mirarles como grandes novedades.
Fue así como me fui reencontrando con libros, hojas o apuntes que consideraba perdidos para mí.
Me fascinaba verle actuar con tanta libertad y que ello dejase al descubierto cosas que consideraba ya ajenos a mí.
Suponía aquel sonido y aquel viento eran un regalo de Dios adentrándose en mi cuarto.
Miraba su actuar y no podía evitar sonreír.
Fue, entonces, que cometí un grave error.
Pretendí dirigir su dirección y su actuar.
Pretendí hacerle saber que todo mi cuarto era suyo para que se moviese con más libertad.
Algo hice que el sonido dejó de producirse.
Algo hice que el viento ya no movía más papeles.
Algo hice que todo cambió.
Allí me di cuenta que había pretendido manejar su libertad, que había querido determinar su actuar.
En lugar de dejarle libertad se la había buscado manipular.
Quizás continuase estando pero algo había cambiado y yo era el responsable de tal cosa.
Ya no escuchaba su sonido nuevo dentro de mi cuarto.
Ya no veía se movía papel alguno.
Todo era normalidad. Esa normalidad que suponía era buena para mí.
Me daba cuenta extrañaba la ausencia de aquel sonido nuevo que sonaba a risas y delicadezas.
Me daba cuenta extrañaba la ausencia de mis cosas en movimiento que permitía el reencuentro con vivencias en desuso o consideradas perdidas para mí.
No quiero perder a aquel viento despertador de mi sonrisa y del reencuentro con sentimientos que me llenan de vida.
Supongo haber aprendido la lección. La libertad ajena no puede manejarse conforme nuestro deseo.
Cuando alguien entra en nuestra vida no es para que lo utilicemos sino que debemos respetar su actuar por más que nuestros “suponía” quieran imponerse.

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