Salto, Jueves 23 de Noviembre de 2017

¿Los muertos son todos buenos?

Columnistas | 12 Nov. Dr. Fulvio Gutiérrrez.
La opinión que se hizo pública de la escritora Mercedes Vigil, criticando la vida y obra del cantautor Daniel Viglietti, recientemente fallecido, provocó una destemplada reacción de la gente de izquierda. Como si hubiera una ley escondida que obliga a hablar siempre bien de los que mueren cuando fueron de izquierda, transformando en una especie de pecado capital, el no compartir la vida y obra del fallecido, en una clara demostración de la total intolerancia que se ha generalizado entre la intelectualidad frentista.
No estamos ni a favor ni en contra de los dichos de Mercedes Vigil. Es su opinión y debe ser respetada. Como también debe serlo la opinión de quienes cantaron loas a la vida y obra de Daniel Viglietti.
Pero lo que defenderemos siempre, es el derecho a opinar de la forma que se entienda pertinente, porque esa es la esencia de una democracia. Coartar la libertad de expresión del pensamiento, es, de por sí, una actitud autoritaria, típica de las dictaduras de todos los pelos, ya sea de izquierda, de derecha, del centro, de arriba o de abajo. No en vano cualquier dictador lo primero que hace es controlar a los medios de comunicación, imponer la censura previa, y cerrar cuanta radio, televisora, o medios de prensa osen contradecir su autoridad ilegítima. Nada se tolera, que no sea lo que se diga a favor del dictador y su ideología. Eso pasó en todos los regímenes marxistas, y sigue pasando en los pocos que quedan en vigencia y han escapado a su irremediable fracaso. Es que la esencia misma de ellos es la mentirosa dictadura del proletariado, que en verdad es una dictadura sobre el proletariado.
También pasó en nuestro país. No olvidemos lo que costó a los uruguayos recuperar las libertades, cuando la dictadura que detentó el poder desde 1973 a 1985, cerraba medios de comunicación, encarcelaba a periodistas y a quien osara criticar sus despóticas decisiones, y hasta prohibían el uso de determinadas palabras como “huelga”, “dictadura” o “golpe de Estado”. Porque hasta ese grado de estupidez llegó la última dictadura uruguaya. Si Vigil hubiera expresado su opinión en aquellos años, seguramente hubiera sido arrestada y quien sabe donde iba a terminar. ¿Es eso lo que la izquierda quiere hacer ahora?
Lo que pasa, es que Mercedes Vigil no comulga con la izquierda, y la izquierda intolerante no puede aceptar el éxito de una escritora no izquierdista, a quien incluso se la declaró Ciudadana Ilustre de Montevideo. Por eso, algunos de esos intelectualoides de esa izquierda recalcitrante, lanzó la idea de juntar firmas para que dejen sin efecto su condición de Ciudadana Ilustre, emulando al loco que gobierna Venezuela. ¡Véase hasta que límite de degradación intelectual llegan algunos integrantes de la intelectualidad zurda! Crean una especie de inquisición del Siglo XXI.
Si se es frentista, está todo bien, hágase lo que se haga. No importa que sus hechos sean contrarios a la ley, a la ética, o a la conducta y al sentido común. Cuando el “affaire Sendic”, incluso el propio Sendic dijo en una oportunidad que si se es de izquierda no se es corrupto, y si se es corrupto no se es de izquierda. Fue como tirar una piedra para arriba que luego le cayó en la cabeza.
Si seguimos en esa línea, no demora mucho en que vamos a oír que la única cultura que sirve es la de izquierda, pese a que en el Uruguay de los últimos doce años, los magos que iban a cambiar el ADN cultural (otro contrasentido absurdo porque el ADN que traemos todos no se puede cambiar jamás), han caído en el más estrepitoso se los fracasos. Los popes de la educación de izquierda, son contrarios por ejemplo a la educación privada por el simple hecho de que no es del Estado, aunque la educación que brinda actualmente el Estado da pena, y sus resultados colocaron a Uruguay en el furgón de cola del tren educativo mundial.
Por eso pensamos que todos nosotros, somos lo que demostramos ser en nuestra vida. No por morirnos nos transformamos en buenos. Por tanto, no por opinar sobre las obras o actos de una persona fallecida, debemos estar atados a compartir lo que en vida no compartimos.
Dejemos que la gente opine libremente porque la libertad es la esencia misma del hombre, y la base fundamental de una democracia que no solo tiene que ser aparentada, sino practicada, defendida siempre y renovada continuamente en su esencia de respeto al Derecho.

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