Salto, Domingo 19 de Noviembre de 2017

Héroes

Columnistas | 12 Nov. Dr. César Suárez.
Pareciera una regla que todo ser humano necesita de un referente, de alguien a quien admirar y tratar de imitar, una suerte de héroe lo más impoluto posible con determinados principios, con determinadas ideas, confiable, muchas veces idealizado, con pasta de líder que congregue la voluntad de un gran número de conciudadanos con el fin de llevar adelante un determinado proyecto que unifique las voluntades.
Si analizamos la historia de cada país podemos apreciar que cada uno ha elegido un héroe, una suerte de padre que congrega la admiración unánime de todos los ciudadanos y del que se destaca su accionar, su pensamiento su heroicidad. Esa modalidad se repite en varias escalas en organizaciones menores, donde cada grupo elige su líder hasta llegar a la organización familiar donde también necesita de su referente, un padre de familia.
Cada líder es una suerte de héroe que si ha muerto ya queda glorificado pero si aún está vivo, por la función que otros le han encomendado, debe asumir una responsabilidad para no desdibujar su rol. Cuando el líder traiciona las expectativas de sus referidos, el grupo dispersa y pierde le rumbo y se altera la unidad.
Nuestra primera referencia al nacer es la familia que nos recibe y naturalmente, nuestros padres, los referentes, de inicio, intelectualmente somos casi nada y totalmente dependientes y nuestra herramienta esencial es un llanto estridente con el que pronto aprendemos que es una herramienta esencial para llamar la atención y obtener a cambio de silencio cosas que nos satisfagan, todo se compra con llanto y se paga con silencio, el alimento, las caricias, el afecto, la upa. A esa altura, el cerebro es una esponja que absorbe todo lo que quede dentro de radio de percepción y ese pequeño humano comienza a aprender a manejar el entorno y pronto termina por saber que “botones” hay que tocar para poder incidir sobre el ambiente que lo rodea.
Ese cerebro casi vacío de información tiene un enorme espacio disponible como una suerte de disco duro que a medida que comienza a llenarse, aumenta mágicamente su capacidad pero para su preservación y desarrollo, necesita de un “clima” adecuado y de los aportes nutritivos suficiente para su desarrollo así como un ejercicio constante de aprendizaje.
Ese ser humano en su formación social se transforma en una máquina de imitar. Trata de imitar los movimientos de quienes lo rodean, tratan de imitar los sonidos mientras repiten las palabras que escuchan para poder aprender a hablar y en sus juegos imitan las conductas de quienes los cuidan.
De acuerdo a su percepción comienzan por idolatrar a quienes están cerca que se transforman en sus referentes y en un espejo en el que mirarse.
Esos niños que crecen pronto van aumentando su mundo y van apareciendo nuevos referentes a los que los pequeños observan con admiración y no sólo los tratan de imitar si no que esperan de esos héroes determinadas actitudes acordes a la coherencia esperada.
Esos pequeños niños, ya a los tres años armaron la base estructural de su cerebro y si algo les faltó en esa etapa, el déficit lo acompañará para el resto de su existencia y si además, si a esa altura perdieron la referencia afectiva ó si su ídolo o héroe descompuso su conducta, la percepción del mundo comienza a desconfigurarse y quedarse sin referencia.
En esa etapa de la vida, el entorno familiar juega un papel imprescindible como si fuera una nave compacta y segura que lo traslada por el espacio. Se podrá revoletear alrededor o intentar volar medio lejos pero siempre persiste la necesidad de volver a la base, a acurrucarse en el seno de los afectos y a ampararse cerca de los referentes a los que por más que los cuestione, la familia constituida y los mayores siempre serán los referentes.
El problema surge cuando esa nave familiar se altera o se destruye y cuando de pequeños quedan a la deriva, sin héroes, sin nadie en quien confiar. Cuando el padre abandonó la nave o sin abandonarla no puede conseguir el sustento que le seguridad al niño que crece en desamparo
Cuando se analiza la historia disruptiva de los que navegan en el delito o sobreviven en la miseria, en la mayoría de los casos provienen de tristes historias de familias desarticuladas, sin referentes, sin héroes.
Desgraciadamente en nuestra sociedad hay un núcleo importante que ha quedado desde temprano a la deriva, la mayoría hijos de la pobreza y la miseria y que hoy son el contrapeso de la sociedad.
Así como el buen padre de familia debe vestirse de héroe para sostener el rumbo de los hijos, cuando este falla, el héroe debemos ser todos en conjunto, o sea el estado para rescatar tempranamente los que van quedando a la deriva para no tener que quejarnos después de tener que cargar por siempre con la mochila de los descarriados.

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