Jueves 12 de diciembre, 2019
  • 8 am

Distancia

Padre Martín Ponce de León
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Padre Martín Ponce de León

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Padre Martín Ponce de León.
Hoy todo se encuentra encuadrado en la realidad de un mundo globalizado.
Los avances tecnológicos nos hacen saber que el mundo es, cada vez más, una aldea global.
Comentaba, sobre el terremoto en Chile, lo notorio de los cambios.
Éramos alumnos del liceo cuando sucedió otro gran sismo en tierras chilenas.
Un sacerdote, para explicarnos la magnitud del sismo, nos dijo que “están falleciendo personas enteras” (quiso decirnos “familias enteras”).
Prácticamente todos los días se tenían noticias nuevas.
Eran días y días donde se aumentaba alguna noticia lo que hacía impactante la magnitud del drama.
Hoy alcanza con buscar algún canal de noticias chilenas y estamos informados, en simultáneo, de la realidad.
Ni mejor ni peor, simplemente una realidad nueva que nos ubica ante el mundo con una postura nueva.
Miremos lo que sucede con el teléfono.
¿Se acuerda cuando atendía la operadora y usted le informaba el número con el que deseaba comunicarse?
Al rato (media hora, una hora) recibía el llamado de la telefonista que le informaba que su comunicación estaba pronta.
Hoy ni siquiera existe el antiguo llamado de “larga distancia” cuando se comunica con el país.
Esto, en oportunidades, nos puede hacer perder de vista la realidad.
Por más que todo resulte cercano.
Por más que la globalización nos haga saber en una pequeña aldea.
Pero la distancia no ha sido anulada por la realidad.
La distancia continúa siendo esa realidad existente que la globalización no ha anulado.
Por más que uno pueda experimentar que hay distancias que se han acortado continúan existiendo esas distancias que son presencias.
Las mismas son imposibles de borrar. Es, entonces, cuando necesitamos apelar a algún tipo de mecanismo interior que nos haga acortar esa distancia real.
La acortamos con recuerdos.
La acortamos con pequeños detalles.
La acortamos con los vuelos de nuestra imaginación.
Únicamente podemos limitarnos a acortarlas.
Pero, me parece, hay otra distancia que es de un crecimiento creciente.
Cada uno de nosotros tenemos un ideal en nuestra vida.
Descubrimos que, lógicamente, nos falta para intuir que lo hemos logrado.
Es, entonces, cuando profundizamos en ese camino que nos falta transitar.
No es un camino que podemos realizar en base a impulsos o arrebatos.
Nuestro tránsito debe ser maduro y madurado.
Es, en ese proceso de maduración que descubrimos que los pasos futuros se nos complican y, siempre, son más difíciles.
Con presteza vamos solucionando las dificultades más simples y vamos postergando todo aquello que es profundo y complejo.
Nadie nos soluciona las distancias que nos apartan de nuestro ideal.
Nos podrán ayudar a acortar las mismas pero hacerlo por nosotros.
En esa tarea es que vemos que las distancias aumentan.
Por un lado nos va quedando lo verdaderamente complejo y por otro siempre vamos viendo que nuestro ideal queda un poco más lejos de lo que nos habíamos planteado.
Y es bueno que nunca se borren las distancias.
Cuando consideramos que ya hemos llegado nuestra vida carece de incentivos.
Cuando consideramos que ya hemos llegado nuestra vida ya no necesita de los demás.
Cuando consideramos que ya hemos llegado nos ubicamos, lastimosamente, por sobre todo el resto.
Hay distancias que se acortan y ellas son bienvenidas.
Hay distancias que no se pueden evitar y ellas son nostalgia.
Hay distancias que deben conservarse y ellas son constructoras de sueños.