Martes 19 de enero, 2021
  • 8 am

“Sin vencimiento”

Pablo Galimberti
Por

Pablo Galimberti

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Mons. Pablo Galimberti.
El lunes pasado, volviendo a casa, caminaba y pensaba qué significado tenía para mí esta etiqueta "sin vencimiento". La razón es muy sencilla; en la oficina de la Dirección Nacional de Identificación Civil me habían entregado la flamante última cédula de identidad, cuya novedad consiste en que no tiene vencimiento, nunca caduca. Un trámite menos, pero, a la vez un recuerdo: estás en la última etapa del camino de la vida.
Que el documento no caduque significa sencillamente que es el usuario quien tiene fecha de caducidad, incierta, segura y no demasiado lejana.
Jóvenes estudiantes caminaban a mi lado y pensé: esta etapa ya la viví, recuerdo muy bien el día que rendí el último examen y empecé a cerrar esa etapa. Recordé también la opción de la vida sacerdotal; dejaba otros caminos que aunque los recuerdo, quedaron atrás definitivamente. Años que me llevaron a la vida adulta, con nuevas experiencias y responsabilidades. Y que dejaron otras tantas pérdidas. Y así mi vida se me fue dibujando como un tomar y dejar, un morir para vivir, una elección continua.
En la reciente película argentina "El secreto de sus ojos" encontré planteado este dilema. El protagonista, interpretado por Ricardo Darín, experimentó un enamoramiento que nunca se animó a manifestarle a una compañera de trabajo, de superior estatus social y rango profesional. Miedos, complejos u anteriores vínculos afectivos no resueltos, le impidieron, intentar al menos, ese paso definitivo. Por su lado, ella se casó y tuvo hijos. Al cabo de algunos años, Darín se jubila y con un pretexto vuelve al lugar de trabajo donde encuentra a la mujer de sus secretos sueños.
Hilvanando pasado y presente, nostalgias y anécdotas, parece dar vueltas alrededor de un pasado que nunca se concretó, aunque en sus fantasías pudo haberse dado.
Ni es ni fue. Perdió y no quiere aceptar que aquella oportunidad se agotó para siempre.
En la vida suele suceder algo semejante. Lo que no se dio queda atrás, pero si no lo dejamos de verdad, como un fantasma vuelve a visitarnos e inquietarnos. Y deja en suspenso el corazón, entre un ayer imposible y un presente agrietado, envuelto en nostalgias.
La vida humana es temporal y sucesiva; va pasando y la poseemos de un modo imperfecto. Lo expresó muy bien el soneto de Quevedo: "Ayer se fue; mañana no ha llegado; hoy se está yendo sin parar: soy un fue, y un será, y un es cansado. En el hoy y mañana y ayer, junto pañales y mortaja…."
El tiempo de la vida no es homogéneo sino articulado en edades y cada una tiene sus posibilidades, sus apetencias, sus limitaciones. Lo que no se hace en la niñez o en la juventud no se puede hacer después y a la inversa. Esto nos obliga a algo muy importante: tener que acertar, escribe Julián Marías en su libro sobre "La felicidad humana".
Hay una expresión muy nuestra que es "poner toda la carne en el asador", cuando se emprende una etapa nueva, o se juega un partido clave en una clasificación. Con otros términos lo plantea el filósofo Julián Marías. Según él, un aspecto interesante es que cada porción de la vida gravita sobre todas las demás, de modo que cuando nos jugamos un fragmento de la vida, en cierta medida nos la estamos jugando toda entera. Lo característico de la vida humana es que, en sus formas intensas y plenas, la jugamos toda entera a una carta. Esto quiere decir que la vida es irrevocable.
El hombre y la mujer de nuestros días no quieren que nada sea irrevocable. Esta pretensión, afirma Julián Marías, es ilusoria, un engaño que se paga con la vacuidad de la vida.
Pero, hay una segunda oportunidad. A veces elegimos mal y cometemos errores de los cuales después nos arrepentimos y quisiéramos no haberlos cometido. Cuando visito la cárcel es frecuente escuchar estas confidencias. El Evangelio habla de perdón, de un abrazo de Dios Padre que no espera exhaustivas explicaciones acerca de nuestro pasado. Pero espera arrepentimiento, cambio, íntimo dolor. Dejarnos amar hasta el fondo y volver a sentir la alegría de nacer de nuevo. Esto es ahondar en la experiencia tan fundamental del perdón, una de las vivencias más lindas de la vida. El perdón que recibimos y podemos ofrecer.