Sábado 14 de diciembre, 2019
  • 8 am

La sencillez de los gobernantes es un rasgo que la ciudadanía valora

Habían transcurrido pocos días desde la asunción del mando y el presidente de la República tuvo una actitud que mereció el destaque de los medios de comunicación. Almorzó en un restorán y bar del centro de Montevideo, al que solía concurrir antes de ajustarse la banda presidencial. Comió pollo a la plancha con ensalada y dejó 150 pesos de propina con destino a la caja del personal de la casa. El miércoles repitió y almorzó matambre a la leche con puré en otro bar; la propina fue menor a la de la vez anterior, 100 pesos.
"Los presidentes también almuerzan", comentó a los periodistas que, alertados de su presencia en el bar, cubrían la nota de color.
Mujica es el primero en saber que no está inventando la historia. En todo caso, se está inspirando en la historia para tener gestos como los señalados y otros en el futuro, que lo distanciarán de la formalidad acartonada.
CENANDO CON
EL PRESIDENTE
Valery Giscard d'estaing, ministro de Hacienda y después presidente de Francia, había adoptado la costumbre de cenar una vez por semana con la familia de un obrero. Generalmente elegía la casa de un trabajador ubicada en un suburbio de París. La oposición lo atacó por demagogo, pero el presidente ignoró las críticas y siguió compartiendo la mesa de familias de asalariados. Las crónicas de la época consignan que el inquilino del Palacio del Eliseo animaba las reuniones con preguntas sobre la vida cotidiana de los anfitriones y se servía el menú común compartido por los dueños de casa.
FLORES PARa
LA SEÑORA
El propio Mujica ha contado varias veces que, siendo niño, vendía las flores cultivadas por su madre en la chacra de Rincón del Cerro. A corta distancia de allí, sobre el Camino de las Tropas, vivía el presidente Luis Batlle Berres, su señora Matilde Ibáñez Tálice y sus hijis Jorge, Luis y Matilde. Según el testimonio de Mujica, varias veces se "topó" con el automóvil manejado por Luis Batlle, quien retornaba al hogar y hacía una breve detención para comprarle un ramo de flores al chiquilín. "Son para la Vieja", recuerda Mujica que le decía Luis Batlle antes de seguir la marcha hacia la casa. El inmueble, tras la muerte de Batlle, fue donado al Estado y actualmente allí funciona un liceo.
Muchos años después, uno de los hijos de don Luis, Jorge, fue electo presidente de la República. La formalidad no era una virtud que cultivara. Una tarde salió de un acto oficial en la Ciudad Vieja y encaminó sus pasos hacia una peluquería para arreglar su cabello ralo. La fotografía publicada en los diarios del día siguiente, mostró al presidente mientras el peluquero hacía su tarea.
LA PIZZA DE
LA TARDE
Alberto Heber Usher, apodado Titito, presidió el Consejo Nacional de Gobierno el último año del período (1963-1967). La Constitución entonces vigente mandataba que los consejeros de la mayoría se alternaran anualmente en la presidencia del Ejecutivo Colegiado.
De vestir descuidado y lenguaje entre urbano y de barrio, Titito Heber fue un hombre apreciado por la simpatía que irradiaba. Tenía 48 años cuando accedió a la presidencia del Colegiado.
En 1967, la Constitución fue derogada por voluntad popular y sustituida por una Carta Magna que restableció el régimen presidencial, el "unicato" como, despreciativamente, lo calificaba el diario El Día.
Avanzada la tarde, Heber se retiraba de su despacho en la Casa de Gobierno, ubicada frente a la Plaza Independencia -años después se la conocería por Palacio Estevez- y se dirigía a pie a un bar próximo. Acodado en el mostrador, pedía una porción de pizza y una bebida sin alcohol, que consumía mientras conversaba con los mozos. Uno de éstos le dijo que pensaba que dejaría de concurrir cuando presidiera el Consejo de Gobierno. "No sé por qué abandonaría una costumbre que tengo desde hace años", replicó Alberto Heber, tío del actual senador Luis Alberto Heber.
EL TUPI NAMBA
Frente a la Plaza Independencia, donde se levanta el Edificio Ciudadela, por muchos años estuvo el Café Tupí Nambá, cenáculo y reducto de políticos e integrantes de la más variada laya. Parroquiano infaltable, Eduardo Víctor Haedo, mientras fue senador y también cuando integraba el Consejo Nacional de Gobierno, el primero de mayoría del Partido Nacional, surgido de las elecciones del 30 de noviembre de 1958. Su mesa de Haedo en el Tupí era de las más concurridas y animadas. Si estaba en Montgevideo, a Haedo se lo encontraba en dos lugares desde la mañana hasta la madrugada: en el Tupí o en el Palacio Legislativo. El trayecto entre el legendario café y su casa en la calle Colonia 993, lo cubría caminando.
LA "CACHILA"
DE HERRERA
Luis Alberto de Herrera rendía tributo irrenunciable a la austeridad. El único medio de locomoción que poseía, un vehículo popularmente conocido por "la cachila de Herrera". Lo utilizaba para desplazarse desde su casa quinta en la avenida Larrañaga (hoy avenida Luis Alberto de Herrera) hasta la Casa de Gobierno. Herrera fue consejero nacional por la minoría blanca en el Colegiado electo en 1954. Frecuentemente, el vehículo detenía la marcha, supuestamente por problemas mecánicos. Herrera pedía ayuda a los transeúntes para empujar la "cachila". La escena generaba simpatía hacia el caudillo blanco. Según la leyenda, no existían fallas mecánicas, sino que el propio Herrera le quitaba el contacto al motor, con la finalidad de motivar la cooperación de los transeúntes y generar un hecho político de resonancias populares.
Dos ejemplos de la conducta austera de Herrera.
– En una ocasión se quebró un vidrio de la mesa de su despacho en la Casa de Gobierno. Encargó a un secretario que solicitara los servicios de un vidriero para retirar el material roto y sustituirlo por uno nuevo. El gasto corrió por su cuenta.
– En la parte final de su mandato de consejero nacional, en el año 1958, prohibió servir café a los visitantes en su despacho. Se evitaba un gasto que consideraba prescindible.
A la vista de los últimos acontecimientos en la Junta Departamental de Salto, algunos políticos deberían tomar el ejemplo.