Domingo 15 de diciembre, 2019
  • 8 am

Con vértice

Padre Martín Ponce de León
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Padre Martín Ponce de León

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Padre Martín Ponce de León.
Sé que una palabra no tiene mucho que ver con otra.
Puede su cacofonía traernos cierta cercanía pero no pasa más allá de eso.
Pero, igualmente, usted, supongo, me permitirá la licencia de utilizar a una como sinónimo de la otra.
Las palabras a las que hago referencia son: convertirse y con vértice.
Convertirse es poner un vértice en nuestra vida y tender a una coherencia para con él.
Nuestra única forma de ser coherentes es vivir, a diario, en dirección al vértice que nos hemos propuesto.
Ese vértice no puede ser impuesto ni asumido sin convicción alguna.
Tampoco resultaría muy lógico de nuestra parte que intentásemos vivir con más de un vértice.
Si observamos a una estrella de mar podremos decir que sube o baja pero nunca que avanza o retrocede.
Y si decimos tal cosa es con respecto a algún punto fijado por nosotros.
No tenemos vacación de estrellas de mar y, mucho menos de estrellas.
Tenemos vocación de personas y, por lo tanto, avanzamos o retrocedemos.
Necesitamos de un vértice para que ello sea el horizonte hacia el que se conduce nuestro actuar.
Necesitamos de un vértice para poder establecer esos necesarios parámetros que nos hacen saber si avanzamos o retrocedemos.
Establecer un vértice es, necesariamente, convertirse.
Dinero, fama, poder, reconocimiento social. Son algunos de esos vértices que el mundo de hoy nos proponen como paradigma de nuestra realización personal.
Pero bien sabemos que ellos son efímeros, circunstanciales o mero avatar de la situación.
No podemos tener un vértice que sea tan voluble como los vaivenes de la moda.
Necesitamos tener un vértice que sea verdaderamente un vértice.
Que sea un punto de referencia que no cambie ni ande oscilando.
Podremos descubrirnos cambiando en cuanto intentando modificar ese vértice.
Podemos descubrirnos oscilando entre, por ejemplo, lo que me agrada y lo que debo.
Es, entonce que necesario se hace convertirse para reafirmar el vértice.
Para que quienes tenemos el regalo de la fe esto es relativamente sencillo.
No tenemos muchas opciones en cuanto a saber cual debe ser nuestro vértice.
Está en nosotros personalizar esa nuestra opción y hacerla respuesta.
Tampoco, me parece, podemos pretender un vértice muy amplio ya que ello complicaría nuestros esfuerzos de fidelidad.
Como cristianos nuestro vértice no puede ser otro que Cristo.
Pero debemos intentar asumir alguna de esas múltiples propuestas de Cristo si es que deseamos llegar a la totalidad.
Si nos ponemos el todo Cristo como vértice, sin duda, habremos de experimentar dificultades para hacerlo vida.
Pero muy distinto nos resulta si nos proponemos vivir al Cristo de la fraternidad, al Cristo de la cercanía, al Cristo de la solidaridad, al Cristo de la oración o a cualquier otra propuesta de las que Él nos hace.
Es desde ese vértice concreto donde vivimos nuestro proceso de maduración personal.
Pero es, también, con ese claro vértice delante que se experimenta la necesidad de convertirse.
Convertirse es un acto de madurez y responsabilidad.
Convertirse es un acto de libertad y de búsqueda de identidad personal.
Convertirse jamás es un acto del que debemos avergonzarnos.
Convertirse jamás debe ser producto de una relación de miedo.
Solamente quien es maduro y responsable puede vivir la realidad del convertirse.
Solamente quien auténticamente libre puede determinar vivir con un vértice.
Repito lo del comienzo. Convertirse y con vértice son dos expresiones que dicen de realidades distintas.
Únicamente una cercana cacofonía podemos encontrar entre amabas.
¡Qué grato resultaría que, en nuestra vida, fuesen una realidad de sinónimo!