Jueves 12 de diciembre, 2019
  • 8 am

Discriminación

Padre Martín Ponce de León
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Padre Martín Ponce de León

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Padre Martín Ponce de León.
Por lo general, somos propensos a afirmar que no realizamos discriminación de ningún tipo.
Ello es, muchas veces, algo que ponemos en duda ante alguna situación concreta que se nos puede plantear.
Ello es, en oportunidades, algo que realizamos sin ningún tipo de cuestionamiento, ante alguna situación que nos toca vivir.
Hay veces que se afirma, muy suelto de cuerpo, que no se es racista.
Ante la pregunta de si vería de buen agrado que su hija anduviese de novia con una persona de color, surgen las mil excusas para justificar un racismo antes negado.
Pero ello se acrecienta cuando se habla de discriminación.
¿Quién puede dudar la existencia de gente que, ante algún pobre, actúa como si se encontrase ante algún delincuente?
Basta que un niño pobremente vestido se acerque donde algunos niños juegan para ver como las madres, inmediatamente, se encargan de poner de manifiesto su incomodidad.
Porque, vaya uno a saber, lo que pueden hacer.
Porque pueden quitar algo a esos niños que juegan.
El "Vengan a jugar aquí" no tarda en ser pronunciado.
La necesidad de acercarse se hace irresistible.
No porque los chicos pobres hayan hecho algo sino, simplemente, porque son pobres y ellos son todos de cuidado.
Por muchas y diversas razones discriminamos.
Consciente o inconscientemente discriminamos.
Con mucha más frecuencia de lo que aceptamos ponemos etiquetas y discriminamos.
Si una persona no está muy pulcramente vestida es alguien de quien se debe desconfiar.
Si alguien presenta mal olor es un alguien de quien se habrá de cuidar.
Si alguien no está, físicamente, muy aliñado es un alguien de quien conviene conservar distancia. Si alguien es de una determinada nacionalidad ya tenemos la etiqueta lista para catalogarlo.
No faltan quienes extreman su atención cuando quien se acerca es de determinado sexo.
Este tipo de situaciones es un algo que, solemos decir, no es lo que hacemos pero…
La señora debe transitar unas cuadras para llegar hasta un centro comercial donde realiza sus compras diarias.
Un grupo de chicos, cruzando a la carrera junto a ella, le arrebataron el monedero con el dinero que llevaba.
Al día siguiente plena de precauciones volvió a la calle hasta el centro comercial.
A mitad de camino se le acerca un hombre muy bien vestido lo que motivó la tranquilidad de la señora.
Durante el trayecto le habló de la experiencia vivida el día anterior y de las precauciones que había tomado.
Le contó que no llevaba dinero en el monedero sino que al dinero lo llevaba en el bolsillo.
Al llegar a destino la señora agradeció al desconocido la compañía.
El hombre se retiró y ella se dispuso a entrar al centro comercial.
Fue allí cuando supo que "aquel hombre tan amable y bien vestido" le había robado el dinero "del bolsillo que ella le había indicado"
Si aquel hombre hubiese estado mal vestido ella nunca le habría confiado el cuidado tomado para "no ser, otra vez, robada".
¿Qué sucedería si a Dios se le ocurre ponerse a discriminar?
¿Qué sería de nosotros si Dios, en lugar de guiarse por su misericordia, se guiase por nuestra conducta?
Los relatos evangélicos nos presentan a un Cristo que en su tarea por el reinado de Dios no se cansa de integrar.
Un Cristo que lejos de guiarse por una ley que marginaba se guía por un amor que integra.
¿No será, esta semana que estamos comenzando, una oportunidad de acercarnos al corazón de Cristo para aprender de él?
Nuestra realidad, sin nuestras discriminaciones ¿no será una realidad más llena de fraternidad y, así, de justicia?