Martes 19 de enero, 2021
  • 8 am

La fe de los uruguayos

Pablo Galimberti
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Pablo Galimberti

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Mons. Pablo Galimberti.
El pasado fin de semana se pudo apreciar una multitudinaria manifestación de fe en las cercanías de Minas. Se estima que unos 40 mil visitantes llegaron a las orillas del cerro del Verdún en las sierras minuanas y muchos ascendieron por la ladera rugosa hasta llegar a la cumbre, meta de su peregrinación.
A lo largo de los siglos la gente ha buscado lugares altos para escalar. Unos por deporte o para batir records que entrarán en el libro Guinness. Pero, muchos más para encontrar seguridad y protección que se encuentran levantando el corazón y confiando en Dios que es Padre y nunca olvida.
Cuando los pies y las piernas suben, la sensación es que también suben los pensamientos hacia el cielo y la vida se mira desde otra perspectiva. Somos a la vez valle y montaña y los conflictos se superan cuando se miran desde la altura. Pero escalar nada tiene que ver con la fracasada empresa de la torre de Babel que pretendió apoderarse de las llaves del mundo y terminó en confusión.
Tampoco tiene que ver con Prometeo, que al robar el fuego a los dioses sufrió el castigo y quedó sicológicamente encadenado. El anhelo de subir está propuesto en la pedagogía cristiana que reitera la invitación: ¡sursum corda! ¡Arriba los corazones!
Coronando la cima, manos creyentes colocaron una imagen de la Virgen Inmaculada y Madre de Jesucristo, que intercede por todos. Por los que suben gozosos para dar gracias, los que suben heridos y con el peso de angustias personales o familiares, los que necesitan oxígeno para sus vidas asfixiadas por adversidades, o los que buscan horizontes nuevos para superar la rutina gris de cada día.
Todos con hilos de fe que, como hilos de oro enlazan la trama humana al designio de un Dios creador y providente. Aunque mirando desde fuera, nadie puede medir la intensidad de cada palabra ni la fuerza sustentadora de esos hilos invisibles.
El pasado lunes 19, los obispos declararon a ese lugar Santuario Nacional, ya que efectivamente ese es un espacio religioso y cultural significativo para mucha gente de nuestro país.
Muchos lugares toman en la memoria colectiva esa significación. En este caso convergen las iniciativas de un grupo de católicos a comienzos del siglo XX, en tiempos en que la comunidad católica experimentaba por parte del Estado uruguayo acciones secularizadoras, que pretendían eliminar signos religiosos.
Pero, la fe es más fuerte que un decreto gubernamental, porque nace del derecho humano más fundamental, como es el derecho a la libertad religiosa, que es como decir, el derecho a pensar, sentir, hablar y expresar lo que la conciencia nos indica.
En moto, ómnibus o auto pude ver un río de caminantes, chicos y grandes, mamás con sus bebés y gente mayor. Algunos recogían pequeñas piedras, que evocan la permanencia de lo sagrado que jamás se borra del alma. Vi a unos jóvenes, él y ella con pies descalzos, bajando despacio entre piedras filosas, con cara serena, como si hubieran renovado en la cima un pacto de amor fiel y duradero, que exige caminar de la mano entre las piedras del camino, aceptando rasguños de sangre como ofrenda de un destino compartido.
¿Me bendecís esto?, me dijo una niña mostrando una estampa que quizás sería para su madre o algún enfermo, a quien ella quería obsequiar. No es otra cosa lo que enseña la Virgen: confiar en la Palabra de Dios, aceptar caminar y subir cada día, tomar de la mano a otros para que también hagan camino al andar.
En nuestro país, hay otros lugares que son también puntos de atracción para mucha gente, como la gruta de Lourdes en Montevideo o el pequeño templo donde está la imagen de San Cono, en Florida. Son lugares donde se busca la manifestación de lo sagrado, que es respuesta a lo que cada uno lleva escrito en su propia alma.
La fe siempre puede crecer. Tarea de la Iglesia es ayudar a tomar conciencia de esos rumores que susurran en los repliegues del alma e invitan a subir y levantar la mirada, fortalecer la fe vacilante y expresarla en gestos.
Cada uno necesita también purificar la propia fe de aspectos supersticiosos, que sin darnos cuenta pretenden manipular a Dios, mercantilizando un vínculo que debe ser expresión de amor, súplica y agradecimiento.