Jueves 24 de septiembre, 2020
  • 8 am

“No tengo nada para ponerme”

César Suárez
Por

César Suárez

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Por el Dr. César Suárez.
La duda, el alimento, la vestimenta, el desplazamiento y el entretenimiento han sido, son y serán los temas preponderantes para la humanidad.
Pero, no estamos solos sobre la tierra porque existen una cantidad incontables de especies, cada una con sus características biológicas, su diversidad de tamaños, la mayoría invisibles al ojo humano, de inteligencias variables, de habilidades muy disímiles y muchas de mayor tamaño y peso que el hombre, pero todas con menor inteligencia.
Así convivimos sobre el planeta tierra en un incesante equilibrio una cantidad inimaginables de seres vivos, muchos de los cuales nos preguntamos para qué demonios sirven y qué función cumplen, sobre todos aquellas especies que son depredadoras de algo que a nosotros, los humanos, nos interesa; pero que inevitablemente forman parte del equilibrio ecológico.
A cada especie la naturaleza dotó de alguna virtud que les ha permitido sobrevivir hasta ahora, al mismo tiempo, que algunas otras han desaparecido de la fax de la tierra porque las condiciones ambientales no les han permitido sobrevivir.
Al ser humano le tocó el privilegio de poder pensar, crear y evolucionar. Su inteligencia le ha permitido crear y obtener ventajas sobre las demás especies, que al no evolucionar, se van distanciando de la inteligencia y capacidad humana. Es una capacidad que el propio hombre a utilizado para dominar cualquier otra especie de inteligencia elemental, transformándose en el peor depredador de cualquier otro ser vivo que comparte nuestro planeta, tanto conocido o desconocido, ya sea para alimentarse, para divertirse o deshacerse de ellos cuando se transforman en molestos a los intereses de algún humano. O, simplemente, como consecuencia colateral de nuestras acciones que ni por asomo nos preocupamos de medir sus consecuencias.
Pero, si bien hemos sido dotados de todos los privilegios que nuestra naturaleza no puede dotar, hay otras virtudes de las que carecemos y que la inteligencia se encarga de sustituir.
Nuestro físico, en las mejores condiciones no nos permite, de a pie, desplazarnos; y, en situaciones excepcionales, a una velocidad no mayor de treinta y seis kilómetros por hora y por periodos muy breves, mucho menos que muchos animales. Pero, la inteligencia nos dio las herramientas para construir vehículos que pueden multiplicar por mil a esa velocidad. No podemos volar como lo hace una inmensa cantidad de aves, pero la inteligencia nos dio las herramientas para construir aeronaves mucho más veloces y que vuelan a más altura.
Carecemos de la fuerza de los animales más corpulentos, pero la inteligencia nos ha permitido crear máquinas muchos más poderosas que los animales más poderosos.
A todos los seres vivos a excepción de los humanos, la naturaleza los ha provisto de una cubierta exterior con la que pueden soportar cualquier condición climática sin necesidad de un abrigo extra, pero el ser humano fue dotado de la habilidad para confeccionarse ropa para abrigar a su piel desprotegida.
Pero, como toda virtud tiene su contrapartida, cada una de estas habilidades que la naturaleza nos ha dotado, cuanto más se desarrolla, más se vuelven contra nosotros mismos cuando alguien la usa con fines destructivos o para satisfacer excentricidades.
El desplazamiento sobre vehículos veloces trae consecuencias de accidentes fatales o con secuelas severas; las naves que logran volar pueden transportar en forma eficiente a personas a largas distancias, pero esas mismas naves se pueden usar para bombardear poblaciones indefensas, las máquinas poderosas pueden sustituir a muchos hombres en tareas pero también se pueden transformar en un arma de guerra.
La ropa es un recurso creado para dotar de abrigo a la desarraigada piel de los humanos que, al principio, fue una necesidad imperiosa para protegerse de las inclemencias del clima. Sin embargo, a medida que el tiempo fue transcurriendo, la ropa dejó de ser sólo abrigo para transformarse en un adorno. Fue entonces que la gente comenzó por no conformarse con solo abrigarse de la intemperie, sino a querer tener diversidad de vestimentas para lucir cada día diferentes.
Sin duda, en este tema hay una cuestión de género. Mientras los hombres nos conformamos en general con poca variedad y logramos aprontarnos para cualquier ocasión en forma rápida, para las mujeres cualquier salida se transforma en una tarea agotadora y tiene que invertir el triple de tiempo porque nunca saben que se van a poner, como se van a combinar, como se van a peinar, como se van a pintar, que zapatos se van a poner. Siempre tiene terror de no aparecer iguales vestidas que otra mujer, en una misma reunión.
Los hombres, por el contrario, no nos preocupamos demasiado y podemos aparecer con el mismo traje a diez reuniones diferentes sin que nadie repare demasiado en dicho acontecimiento y a lo sumo, lo podemos arreglar con pocas variaciones.
En el caso del sexo femenino ya no es cuestión de antojo personal, solamente, sino que además todas las miradas femeninas escudriñarán minuciosamente cada detalle de la indumentaria de su propio género que después serán objeto de los comentarios de las horas y días siguientes.
Hay que reconocer que el acondicionarse para una reunión social en caso de una mujer es una suerte de trabajo insalubre, donde se tienen que esmerar hasta el cansancio para no caer en las observaciones de sus pares, siendo uno de los mayores desvelos femeninos y por más que los placares estén desbordados de ropa, ya nadie le puede sacar la idea de que no tienen nada que ponerse.