Sábado 27 de febrero, 2021
  • 8 am

Misioneros uruguayos

Pablo Galimberti
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Pablo Galimberti

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Mons. Pablo Galimberti.
Mientras la pasión futbolística mundial y la ilusión uruguaya de seguir a "la celeste" miran hacia el sur del continente africano, hoy subo por el mapa, bordeando el Atlántico, un poco más arriba, hasta Angola. Hacia allí regresa mañana el Padre Milan Zednicek, luego de unas vacaciones en Salto, donde reavivó lazos familiares junto a su madre, hermanos y parientes.
Hombre de tres continentes, llegó a Uruguay con apenas dos años, procedente de Eslovaquia, junto con sus padres. Y hace 30 años saltó de continente atraído por un impulso misionero que llegaba desde Angola. Vientos de odio y sangre azotaban ese país, desgarrado por una guerra civil que tuvo su punto final en el 2002, luego de 27 años, y que dejó más de medio millón de muertos y cuatro millones de desplazados, en un país arruinado, pese a su riqueza en petróleo y diamantes.
La decisión de sus superiores salesianos encontró eco en un corazón inquieto, sin fronteras. La guerra terminó; ahora se lucha por otras batallas, sociales, educativas, sanitarias y misioneras, en un país de enormes contrastes: con 17 millones de habitantes, un crecimiento del PBI de casi 3% pero con una expectativa promedio de vida que ronda en los 43 años, mientras que en nuestro país asciende a 76. Un país con muchas caras, riquezas naturales, turismo sobre la costa oceánica, su población agrupada en 45 etnias diferentes, la de los pobres que apenas sobreviven, la de inversores extranjeros soñando con oro y diamantes. Y en medio de todo eso, la presencia de los misioneros, plantando la cruz que sana y da vida nueva, conviviendo y testimoniando una palabra de fe, amor y justicia.
El Padre Milan trabaja en Kabinda, en una parroquia con otros compañeros salesianos. Me dice que una de las cosas que distingue al pueblo angoleño es que son sufridos, pero fácilmente se dibuja una sonrisa y aflora una canción en sus labios en medio de penurias. Lo comprobé en un video que recorre algunos lugares por donde él se mueve. Me decía que el angoleño -y yo me atrevería a decir, el africano en general-, expresa la alegría con el lenguaje del cuerpo. Cuando ríe o llora, es todo el cuerpo el que ríe o llora. Yo le decía: entonces debe haber pocos depresivos o neuróticos, esa manera tan difundida entre las sociedades "desarrolladas", donde uno se alegra con un 25% del cuerpo o del alma o donde crece la tendencia a desinflarse fácilmente cuando golpea una contrariedad.
Hace pocos días se divulgó un elocuente testimonio de otro de los ocho uruguayos en Angola, el Padre Martín Lasarte, misionero desde hace dos décadas. Cuenta las decenas de niños que tuvo que enterrar, fallecidos entre los desplazados de guerra. El grupo misionero que integra, que administra el único puesto médico en un radio de 90.000 km2, ha salvado la vida a miles de personas y les ha distribuido alimentos y semillas. Además, en los últimos diez años han brindado oportunidad de educación y escolaridad a más de 110.000 niños.
Al finalizar la guerra civil, hace ocho años, debieron socorrer la crisis humanitaria de unas quince mil personas en los acuartelamientos de la guerrilla, después de su rendición, porque no llegaban los alimentos del gobierno ni de la ONU.
El temple de estos misioneros, que son la señal cercana de la mano providente y compasiva de Dios Padre, atiende diferentes demandas y arrostra múltiples peligros. El cementerio de Kalulo es mudo testigo: allí se ven las tumbas de los primeros sacerdotes que llegaron a la región; ¡ninguno pasa los 40 años!
Pero hay otros salesianos uruguayos que trabajan en Angola: El Padre José Ramón Uría, que llegó en 1982 y fue secuestrado por la guerrilla, que lo retuvo meses en cautiverio. Ahora, enseña en la universidad salesiana de Roma. Le siguen otros más jóvenes: Santiago Christophersen, llegado en 1991, que trabaja en la comunidad de Luena y se encarga de la asistencia humanitaria de los campos de refugiados. En 1998 llegó el Padre Andrés Algorta y trabaja en Benguela. Otro joven salesiano, Ignacio Laventure, está misionando en Etiopía. Además hay varios jóvenes voluntarios que ofrecen uno o más años de su vida.
Un testimonio de optimismo cristiano; siempre podemos hacer algo bueno, aun en las dificultades.