Sábado 27 de febrero, 2021
  • 8 am

Fútbol, metáfora de un país

Pablo Galimberti
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Pablo Galimberti

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Mons. Pablo Galimberti
Por estos días el fútbol es un sentir colectivo que aproxima a todos los uruguayos, sin mirar edades, condición social, ocupación, ciudades o rincones del mundo en que se encuentren.
Un abrazo cruza mares y fronteras acortando distancias. Aficionados, jugadores, técnicos, dirigentes, periodistas, auspiciantes y distintivos patrios se entrecruzan en las avenidas y estadios de Sudáfrica, rivalizando con el palacio de las Naciones Unidas.
Si el lenguaje sustenta una cultura, ciertamente que el fútbol se ha ganado un lugar. Durante un almuerzo con Juan Pablo II, su secretario expresó que Uruguay era conocido por el fútbol. Bajamos la guardia y nos espetó: ¡pero el fútbol de Europa es mejor! dando pie a Monseñor Daniel Gil, para explicarle al Papa que el fútbol era una metáfora de la vida. Y citó expresiones como: sudar la camiseta, sacarle a uno tarjeta roja, etc. Y el Papa mostrándose conocedor del tema completó: ¡a mí algunos me dicen que los dejo en el banco de los suplentes!
La atracción por el fútbol tiene hondas raíces y dice mucho sobre lo que cada uno es. En efecto la vida no se rige sólo por obligaciones sino también por lo que es libre, se ritualiza en el juego, demanda competencia y superación.
Desde sus orígenes el juego es símbolo de lucha. Algo tan nuestro: "¿Cómo andás, hermano? Y, en la lucha …!" Lucha contra la muerte, como los juegos que organizó Aquiles en honor a su amigo Patroclo, según La Ilíada. O lucha contra fuerzas hostiles o contra sí mismo, ya sea miedo, debilidad, complejos, dudas, enfermedades, etc. Incluso cuando los juegos son simple pasatiempo, esconden una pizca de victoria, al menos para quien gana.
El juego implica enfrentamiento, azar, simulacro, donde el adversario representa desafíos, expectativas, obstáculos para afrontar. De ahí que nadie es ajeno y todos nos sentimos de algún modo dentro de ese movimiento, ya sea en un estadio, en la actividad social o la soledad de cada día.
La dinámica del juego, cualquiera que sea, está metida en lo medular de cada uno. Se asemeja con la vida real y requiere tres ingredientes. En primer lugar la totalidad de la persona, porque para conquistar la meta hay que "poner toda la carne en el asador", equivalente al dicho de los alquimistas "ars requirit totum hominem" (el arte exige la totalidad). En segundo lugar hay que respetar reglas, para que vivir no signifique puro salvajismo. En tercer lugar disponemos de un escenario para ejercer nuestra libertad o creatividad, trazar estrategias de aguante y dosificación de energías y tiempos hasta el último segundo, como se aprecia muy bien en un partido de basquetbol.
El juego tiende a substituir la anarquía en las relaciones humanas, haciendo pasar de las reacciones humanas silvestres a los vínculos propios de un nivel civilizado. En el respeto de las reglas el juego permite manifestar la espontaneidad y adecuar las reacciones más personales a las exigencias exteriores. De ahí la importancia que el juego sea educativo y no meramente competitivo, como me decía un entrenador de Baby fútbol lamentándose de ciertos padres o madres excesivamente fanatizados por pretender hacer rápidamente de sus hijos deportistas con futuro asegurado.
Los grandes juegos públicos alcanzaban una gran influencia social y psicológica. En torno a ellos cristalizaba el sentimiento cívico y nacional. Eran el vínculo que unía a una comunidad. Incidían en la vida privada como en la pública y los distinguía de los "bárbaros".
Durante el tiempo de los juegos se suspendían guerras, ejecuciones capitales y embargos judiciales. Era tiempo de tregua. Días consagrados generalmente a los dioses tutelares de las ciudades y confederaciones.
Los juegos también pueden asumir el valor de una ofrenda. Los antagonistas rivalizan en destreza y resistencia y este derroche de energías, fatigas, sudores y hasta lágrimas lo ofrecen o dedican a un ser querido o a un ser superior. Algo de esto se ve al final de un partido o competencia ciclista cuando el vencedor de una prueba dedica el triunfo a su madre; o cuando un equipo camina hasta San Cono en Florida.
Ojalá que algo de esto ocurra también en estos días.