Jueves 13 de agosto, 2020
  • 8 am

Metamorfosis

César Suárez
Por

César Suárez

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Diario

Por el Dr. César Suárez.
Yo como cualquiera, he ido cambiando de estatus familiar en forma permanente durante toda la vida.
Cuando nací en mil novecientos cuarenta y nueve, para un par de personas muy entrañables, pasé ser hijo por primera vez, nieto de otras cuatro personas no menos entrañables y bisnieto de una persona más, que por estar físicamente lejos de mí siempre fue una referencia lejana, pero, existente y real.
En ese momento miraba todo desde abajo o de la altura de los brazos de todos los que me alzaban, para ponerme frente a frente.
Fui sobrino compartido de muchas personas muy queridas, fui también ahijado y primo de muchas otras más, con las cuales solía compartir muchas horas agradables de juegos y también de conflictos, peleas y reconciliaciones. El equipo familiar era extenso y muy variable, casi todos más grandes que yo, porque fui uno de los últimos nietos en nacer. Era un entorno tan natural y tan mío que parecía que eso tendría que ser así y por toda la vida. Y, si bien, como la vida me fue demostrando después, nada es para siempre, tuve la suerte de disfrutarlo de esa manera por muchos años de la infancia y de mi juventud hasta que la ley de la vida se fue haciendo cargo de ir sacando de a uno de mi entorno en la medida que me iba compensando con nuevas alegrías.
Cuando tuve cuatro años adquirí el estatus de hermano, una rara sensación de alegría e incertidumbre porque estaba acompañado por otro ser entrañable. Pero, tenía que comenzar a compartir lo que hasta ese momento me pertenecía en su totalidad.
Y así fue transcurriendo la vida en un acontecer incesante, mi mundo de ámbito rural era pequeño, muy pequeño y muy cerrado hasta que un día, bruscamente, se fue ampliando cuando ya con seis años de edad incorporé a mi currículum la calidad de alumno de escuela.
Eran otros tiempos, mi mundo sufrió un cimbronazo, había salido por primera vez de mi entorno consanguíneo. Otros extraños personajes entraban en mi vida a los que miraba con desconfianza, demasiado para mí en una sola jornada, decenas de desconocidos a los que tenía que mirar desde abajo, ya que por razones de edad, la mayoría eran mayores que yo, incluyendo el director y el staff de maestras.
Pero, el ser humano es un animal de costumbre y yo no fui la excepción. Rápidamente, me adapté y comencé a adquirir un nuevo estatus, el de amigo.
Y como el tiempo transcurre y las cosas se van dando sin que uno poco pueda hacer para que no sucedan, mi mundo después se fue ampliando y comencé a ser muchas otras cosas, conocido, cliente, empleado, paciente y nuevos amigos. En forma inevitable me fui haciendo más grande y las circunstancias me obligaron como a cualquiera.
Fui compañero, militante, comerciante, socio, novio hasta que me llegó la hora de ser esposo, yerno, cuñado y hasta concuñado. Una nueva forma de encarar la vida, de a dos, con esfuerzos compartidos, con pelea solidaria, con felicidad plena.
Y como la vida sigue y da sus frutos, pronto llegó la hora de ser padre. De nuevo una increíble emoción, una sensación indescriptible que se terminó por repetir un par de años después, ahora era jefe de una familia, una jefatura felizmente compartida con la madre de mis hijos.
Y como todo llega, también me llegó la hora de ser doctor, doctor en medicina, otra vez esa rara sensación a la que era difícil acostumbrarse. Había pasado además a ser colega de muchas personas admiradas.
Y como los chicos crecen, lo míos también crecieron hasta que mi hija pasó a ser esposa y comenzó a incorporar nuevos estatus.
Casi sin darme cuenta, pasé a ser suegro y consuegro, y de verla tan feliz se me piantó un lagrimón, o mucho más de uno.
Y como la vida conmigo ha sido tan generosa y no ha dejado nunca de darme emociones y alegrías, si algo me faltaba para hacer infinita mi felicidad, el veinticinco de mayo de dos mil diez pasé por primera vez a adquirir el estatus de abuelo, otra vez una rara sensación, el título más grande que jamás me hubiese imaginado, un testimonio claro de que ya estoy grande y de que ya era hora de disfrutar de esa enorme felicidad que comparto con toda la familia.
Cada vez que lo miro, aún me cuesta creer, estoy ansioso esperando que crezca y de que una vez por toda se avive que yo soy su abuelo, que lo reconozca y me lo diga cuantas veces quiera, que va ser una música para mis oídos de la que quiero hacerme adicto de la que nunca me voy a cansar de oír. Abuelo.