Jueves 13 de agosto, 2020
  • 8 am

Emocionalmente inconfundibles

César Suárez
Por

César Suárez

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Dr. César Suárez.
Las emociones cotidianas generan sensaciones variables que se mueven en una escala móvil, entre la gratificación y el sufrimiento.
Nadie puede permanecer continuamente feliz ni continuamente triste por siempre, porque para la alegría permanente tarde temprano le llega el hastío y al sufrimiento prolongado, la resignación.
Como en la vida hay para todo gusto, no se conforma el que no quiere. La tristeza o la felicidad dependen en gran medida de las expectativas que cada uno se trace, el conformista se arregla con poco y al desconforme no hay nada que lo arregle; y, al igual que una molestia física que puede hacer retorcer de dolor a una persona, un sufrimiento emocional genera un padecimiento equivalente para el que es necesario apelar a todo recurso disponible para poderlo apaciguar.
Todo ser vivo es una unidad que conforma un todo indivisible y cada cosa que sucede en un organismo inevitablemente incide en cualquier otra parte de su estructura. Pero, quizás, nada influye más en el resto de cualquier persona que las propias emociones.
Las sensaciones, las percepciones emocionales manejan todo nuestro cuerpo. Nos hacen transpirar, latir fuerte el corazón, nos paran los pelos de punta, nos hacen lagrimear, cuando no llorar, nos producen contracturas, nos hacen suspirar o respirar cortito y hasta detener la respiración; nos hacen comer demasiado o nos quitan el apetito, nos hacen sonreír o reír a carcajadas, no hacen dudar o jugarnos enteros, nos hacen ser como somos y como los demás nos identifican porque las emociones lo dominan todo, están genéticamente determinadas para cada uno y nos marcan con precisión, tal como a nuestra apariencia física.
Por consiguiente, así como no es difícil identificar a alguien conocido por su apariencia exterior, porque las características físicas de cualquiera tienen tal coherencia que se mantienen en el tiempo que hace que nadie se pueda confundir ante una persona conocida a menos que se trate de gemelos. Así y todo, una madre no los confunde.
También la forma de ser de una persona tiene parámetros inconfundibles y cada uno es como es. Su conducta tiene una impronta que termina por ser exclusiva ya que cada uno se comporta de una forma esperada para todos los que lo conocen por lo que un individuo es físicamente y emocionalmente inconfundible para todos sus conocidos.
Y así como cualquier persona tiene emociones muy personales, va a reaccionar de una forma muy particular ante un determinado acontecimiento.
Es así que hay personas sumamente emotivas ante el más mínimo acontecimiento y pueden sensibilizarse hasta las lágrimas, en el otro extremo están los que son absolutamente indiferentes, que nada los conmociona; y, entre extremo y extremo, están todos los matices y esa forma de ser no cambia, cada uno sigue siendo como es.
El cascarrabias, es siempre cascarrabias, el sensible, sigue siendo siempre sensible, el nervioso sigue siendo siempre nervioso y el tranquilo, siempre tranquilo, el avaro, siempre avaro y el generoso, siempre generoso.
Cada uno es como puede ser, como su genética se lo manda por más que los factores culturales a través de la educación, hagan predominar el raciocinio sobre las tendencias naturales, siempre queda sobrenadando en la conducta de cada uno su propia forma de ser que en situaciones extremas termina por explotar y poner al desnudo la real forma de ser que cada uno trae consigo con sus genes.
Por suerte, somos diferentes unos a los otros, tanto física como emocionalmente, cada uno con sus particularidades, cada uno con sus virtudes y cada uno con sus defectos.
Nadie es autosuficiente, lo que nos hace dependiente a unos de los otros y necesariamente complementarios para formar una pareja, una familia, grupos y toda una sociedad; marchando, tropezando, cayendo y volviéndonos a levantar, sufriendo, disfrutando, cada uno con su forma de ver las cosas, cada uno con una forma diferente de encarar las vicisitudes de la vida, cada uno desde su lugar como testigo transitorio de un universo misterioso y casi incomprensible que nos cobija pero no nos da explicaciones.