Sábado 27 de febrero, 2021
  • 8 am

Educar para la inclusión

Pablo Galimberti
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Pablo Galimberti

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Mons. Pablo Galimberti.

Las naciones latinoamericanas, que han consignado solemnes declaraciones de derechos humanos en sus constituciones, no pueden ocultar que en su población hay sectores significativos de ciudadanos que parecen vivir por fuera de las redes sociales continentadoras. Son marginados, desplazados, migrantes o campesinos sin tierra, que buscan sobrevivir en la economía informal.
La asamblea de obispos de nuestro continente, celebrada en Aparecida (Brasil) en 2007, registró algunos de estos grupos: los que pasan hambre o viven en la miseria, los portadores de VIH-SIDA excluidos de la convivencia familiar y social, las víctimas de la violencia, terrorismo, conflictos armados e inseguridad ciudadana, los ancianos que se sienten excluidos del sistema productivo que además se sienten con frecuencia rechazados como personas incómodas e inútiles.
"Ya no se trata simplemente del fenómeno de la explotación y opresión, sino de algo nuevo: la exclusión social. Con ella queda afectada en su misma raíz la pertenencia a la sociedad en la que se vive, pues ya no se está abajo, en la periferia o sin poder, sino que se está afuera. Los excluidos no son solamente explotados sino sobrantes y desechables." (Documento Aparecida, N. 65)
En algunas regiones de nuestro continente estos grupos humanos que no gozan de una adecuada inserción social, están conformados por amplios sectores de poblaciones indígenas y afroamericanas, cuya historia está atravesada por una exclusión social, económica, política y sobre todo, racial. Sufren discriminación laboral, déficit educacional y desvalorización de sus expresiones culturales y religiosas.
Cabría la pregunta qué responsabilidad nos toca a quienes los miramos desde la vereda de enfrente y nos consideramos informados y educados, quejándonos -como buenos uruguayos- por lo que aún no hemos alcanzado.
El fenómeno multicausal de la exclusión será abordado en la próxima cumbre iberoamericana a realizarse a fines del presente año en Mar del Plata, Argentina. Y el eje de sus debates tratará de explorar el papel de la educación como herramienta para llevar a un mayor grado de inclusión en el ancho campo de los derechos y deberes de una ciudadanía activa.
El siglo XXI está signado por el acceso al conocimiento. Los progresos tecnológicos del planeta son excepcionales y vertiginosos. Sin embargo, las cifras sobre la gente son inquietantes. El planeta podría producir alimento para una población mucho mayor que la actual, sin embargo mil millones de personas padecen hambre.
Las reservas de agua existentes podrían permitir suministrar agua potable a toda la población, sin embargo, mil doscientos millones no tienen acceso a agua limpia.
Tener un inodoro y sistemas de saneamiento es fundamental para una vida digna. Sin embargo, dos mil seiscientos millones de personas carecen de ellos, lo que los lleva a una vida dura que afecta gravemente su salud.
El déficit de agua y saneamiento podría reducirse a la mitad con sólo el presupuesto militar actual mundial de cinco días.
Todo esto en medio de la clonación de animales, los sofisticados aparatos electrónicos, computadoras de bolsillo, la biblioteca digital universal y otras maravillas de la tecnología.
Son estas algunas pinceladas presentadas en el reciente libro "Primero la gente" escrito por el premio nobel de economía, Amartya Sen y Bernardo Kliksberg, asesor de organismos internacionales, activo militante de la comunidad judía y defensor de los valores éticos de honda raigambre bíblica y consistencia ética.
Las desigualdades en el planeta resultan estridentes. El 10% más rico tiene el 85% del capital mundial mientras que la mitad de toda la población del planeta sólo el 1%.
El panorama de América Latina en lo referente a la deserción y repetición en etapa liceal, algo dramático en nuestro país, muestra que está concentrado en los sectores de menores ingresos.
La mayoría de los jóvenes de extracción humilde van quedando por el camino. En el 20% más pobre sólo termina la secundaria un joven de cada cinco. En el 20% más rico son cuatro de cada cinco.
Aún queda mucho por hacer.