Domingo 7 de marzo, 2021
  • 8 am

Arden esperanzas

Pablo Galimberti
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Pablo Galimberti

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Mons. Pablo Galimberti.
En un profundo pozo humano se vive un milagro. Porque los seres humanos guardamos, en algún sótano o altillo de nuestro ser, capacidades que afloran de vez en cuando a la superficie. De modo inesperado, espontáneo o como suave respiro o intuición. Interpretamos que es un destino o la mano divina providente que teje los hilos de nuestra historia. Nada es pura casualidad. Por lo general tales cosas no ocurren en tiempos de vacas gordas.
Días atrás me sorprendía una joven holandesa, Laura Dekker, casi 15 años, iniciando su vuelta al mundo, con su soledad y su pequeño yate al hombro, principal casa durante dos años.
Pero, mientras el padre de esta joven peleó judicialmente un año para obtener el permiso, hoy 33 mineros chilenos están lejos de sus familias y de un pronto rescate, alimentados durante los primeros 17 días con una cuchara de atún y medio vaso de leche cada 48 horas. Tragados por la tierra rompieron la barrera de 700 metros, para dar señales entre lágrimas y oraciones. Un país entero vivía en suspenso.
Pero, nunca se está solo, muchos rostros nos acompañan en las profundidades o en las alturas, en dichas o desdichas y especialmente el que tiene fe y está habituado a tocar, palpar y oler en el silencio de la noche, hasta lo siente palpitar. Sin merecerlo, oímos una voz que abriga y abraza.
En mi anecdotario familiar recuerdo a mi padre que nos contaba detalles de uno de sus viajes durante la Segunda Guerra Mundial desde Montevideo hacia Estados Unidos en 1942. La presencia de submarinos nazis asolando el Caribe imponía una navegación en zigzag, para evitar ser fácil blanco. Durante la noche, en cubierta para no quedar atrapado en caso de un bombardeo y hundimiento, mi padre, como primer oficial, estaba de de guardia con lo indispensable: documentos de identificación, una muñeca para mi hermana mayor, un rosario en sus manos y el corazón mirando a su familia y hacia el cielo. Regía una prohibición absoluta: toda señal luminosa debía apagarse y ocultarse. Como la amenaza era cercana me dejó escritas unas recomendaciones que no olvido.
Los tiempos de despojo enseñan y el bienestar adormece la conciencia. Sin celulares, sin televisión, sin partidos de fútbol ni otras distracciones, esos mineros se están descubriendo compañeros, compartiendo el menguado pan y la escasa porción de atún. Sacando ilusiones y miedos del propio pozo del alma.
La tragedia despertó en los sobrevivientes de los Andes el recuerdo de su milagro, entre despojos, pérdidas, hielo, olvido, muertes y esperanzas sobrehumanas a las cuales todos nos aferramos con los dientes cuando un golpe imprevisto nos arranca un pedazo de la vida. Igual que en ellos, brotan retazos olvidados de memoria. Ya han pedido una bandera chilena y elementos para poner un pequeño altar, donde depositarán sus súplicas, derramarán lágrimas y encontrarán fuerzas para alimentar la espera.
En la película "La sociedad de la nieve" que muestra a los sobrevivientes volviendo al lugar del accidente, la hija de Canessa le pregunta al padre por qué la llamita de la fe que los acompañaba aquellos días helados parecía haberse apagado. La respuesta fue que el bienestar hace olvidar las peripecias, distrae y nubla nuestra esencial precariedad. Y allí hay un tesoro.
A veces podemos elegir esos lugares de desierto, como cuando en los años de formación nos daban un día libre, una bolsita con un refuerzo y un poco de agua y nos largábamos solos a pasar horas en soledad. Cuánto anhelo y aburrimiento, cuánta necesidad y también incapacidad para aprovechar esas horas, en un campo, bajo un árbol o junto a un río. Se te vienen todos los demonios encima, pero también te hablan los ángeles buenos, te sacudís las cosas superfluas o estupideces a las cuales uno se vuelve adicto. Pero salís purificado. Se te afina el oído para escuchar a Dios en los murmullos o enredos del corazón.
En la historia de la iglesia surgieron los monjes del desierto, que fueron en el siglo tercero y cuarto los primeros que se aventuraron en los desiertos, experimentando fuerzas y flaquezas, abismos y saltos.
Por eso creemos que a 700 metros arden esperanzas.