Martes 4 de agosto, 2020
  • 8 am

Le voy a poner mi nombre a este paraguas

César Suárez
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César Suárez

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Diario

Por el Dr. César Suárez.
Avivato, era un personaje de historieta que solía aparecer en tiras cómicas en algunos diarios, haciendo reflexiones que habitualmente carecían de un sentido ético, con escaso o nulo vuelo intelectual, razonando como un individuo muy vulgar que sintiéndose un vivo, actuaba como un tonto que no lograba ver más allá de sus propias narices.
En una de esas tiras había encontrado un paraguas ajeno y rápidamente lo tomó diciendo: "le voy a poner mi nombre a este paraguas antes que el sinvergüenza del dueño me lo reclame".
Obviamente, estaba trastocando un concepto, atribuyéndole al dueño del paraguas el mote de sinvergüenza, un atributo que le correspondía a si mismo.
Cada palabra que se maneja en cualquier idioma encierra un concepto y un valor social que se va aprendiendo de tanto escucharla y usarla que al final, por si misma, despierta en quien la escucha o lee una serie de sentimientos positivos o negativos que cuando se asocian como atributo a una persona terminan por generar un concepto y una predisposición.
Hay palabras prestigiosas que se han ganado su prestigio en curso del tiempo por el concepto que encierran y otras que son denigrantes, que se han ganado su desprestigio por la asociación que cada uno hace sobre esa palabra.
Sinvergüenza ya nos pone en nuestro concepto la idea de una persona sin principios, sin ética, sin valores.
Cuando escucha a alguien decir de otra persona "ese es un sinvergüenza", cualquiera se pone en guardia aunque no lo conozca y nunca haya oído hablar de ella. Sin embargo, si se dice de otra persona que es honesto, el concepto del que escucha, cambia radicalmente y baja la guardia.
Las palabras son como botones de una máquina que de acuerdo al que se aprieta se tendrá un resultado esperado, a menos que los cables estén trastocados.
Si yo presiono la tecla a de mi computadora la tecla de la letra a, espero que se marque una letra a en la pantalla a menos que alguien altere los circuitos.
Si yo escucho ladrón me pongo en guardia, si escucho, generoso, bajo la guardia, se comportan como palabras botones.
Claro después de tanto usar esas palabras "botones", muchos mal intencionados comienzan a disfrazar las palabras como hacía Avivato, siendo él mimo un sinvergüenza, le atribuía esa condición al pobre tipo que perdió el paraguas como una forma de justificar una apropiación indebida.
Esta conducta solemos verla reiterada en muchos que maniobran los conceptos de la personas para obtener adherentes, lo que hace que las palabras comiencen a perder su prestigio por su uso malintencionado.
La palabra patria y patriota encierran un alto concepto, pero los gobiernos dictatoriales la han usado tanto para calificarse a si mismos y para rescatar lo irrescatable o calificando de democracia lo que era una dictadura lo que fue haciendo que el concepto de "ahuecara".
Cuando en épocas de dictadura uno escuchaba a los déspotas gritar viva la patria, era como si se apretara un botón que dice perfume y que en realidad saliera un gas nauseabundo.
Hay quienes tratan de descalificar a sus contrarios utilizando términos que encierran conceptos denigrantes para calificar públicamente a una persona a un grupo de personas pero sin manejar conceptos y así se dirá de otros, traidores, vende patria, corruptos, idiotas, estúpidos, deshonesto, ladrón, estafador, pero careciendo de los argumentos que avalen dichos insultos, con la intención de lograr que quienes escuchen se predispongan en contra lo que son calificados.
Esos discurso grandilocuentes que usan palabras "botones" o palabras "teclas" para despertar ciertas emociones en los que escuchan suelen tener cierto resultado en quienes no han tenido la suerte de haber tenido una educación acorde a la capacidad de interpretación clara de los escuchado, que lleva a decir a quien no entiende "la verdad que no se que dijo, pero que bien que habla". Palabras que subyugan pero que engañan invirtiendo los conceptos como el caso de Avivato que calificaba de sinvergüenza a quien había olvidado el paraguas, siendo que el verdadero sinvergüenza el mismo a apropiarse de algo que no le pertenecía.