Jueves 13 de agosto, 2020
  • 8 am

Las debilidades de la piola

César Suárez
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César Suárez

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Diario

Por el Dr. César Suárez.

Los desequilibrios de la salud son episodios que se presentan periódicamente en cualquier persona con mayor o menor frecuencia y lamentablemente, tarde o temprano, por más resistente que sea un organismo, termina por padecer un de alguna enfermedad de importancia diversa.
La experiencia demuestra que no todos nos enfermamos de la misma cosa y que las diferentes enfermedades se van instalando, cada una su turno, en el curso de la vida.
En general, y en términos estadísticos, cada edad tiene sus achaques y cada achaque depende esencialmente de la predisposición que cada uno tenga para enfermarse de algún área del organismo.
Los médicos que tenemos la oportunidad de asistir a pacientes de todas las edades, desde el nacimiento hasta la vejez, podemos percibir que en cada edad predomina una enfermedad diferente.
Los niños recién nacidos habitualmente nacen sanos, pero padecen de cierta inestabilidad por la inmadurez orgánica que llevan a que se puedan descompensar con facilidad por lo que requieren de cuidados muy especiales de quienes los tienen a su cuidado y que normalmente van mejorando su estabilidad en la medida que van creciendo.
Ya en edad escolar su salud está mucho más estable y por más que se exponen a riesgos suelen resistir a frío, calor, traumatismos e infecciones.
Esta situación de "invulnerabilidad" persiste y aumenta con el correr de los años de adolescencia y juventud cuando la capacidad física es insuperable; es cuando se destacan los deportistas de elite y ellos mismos se creen que así se mantendrán por el resto de la vida y piensan que nunca nada les pasará.
A los treinta cinco años ya se ingresa a la categoría de veterano en términos deportivos, porque ya no se puede competir con los que transitan por la "década de acero" que va de los veinte a los treinta.
Ya después la declinación continúa y cuarenta y cinco es peor que treinta y cinco, cincuenta y cinco es peor que cuarenta y cinco, sesenta y cinco es peor que cincuenta y cinco y así podemos seguir.
En todo ese tramo que va de la veteranía deportiva, hasta la vejez propiamente dicha, se van instalando eventos múltiples a consecuencia de desequilibrios diversos que obviamente no afecta a todo el mundo, pero a cada uno le toca lo que le toca.
Trastornos de los valores del colesterol y los triglicéridos, aumento de la presión arterial, alteraciones de los valores del azúcar en la sangre, alteraciones de las hormonas tiroideas, de las enzimas hepáticas, problemas con la insulina que segrega el páncreas, trastornos digestivos, aumento de peso, ácido úrico, inflamación en las articulaciones (artrosis, artritis, reuma), dolores de la columna, picos de loro, catarro, disminución de la visión, sordera, callos, juanetes. Todo esto sin dejar de lado temas que no se pueden catalogar de enfermedad, pero que terminan por preocupar más que los propios dolores, tales, como las canas, la caída de pelo, las arrugas, el exceso de panza y todos los rollos que la acompañan.
Cada uno termina siendo lo que le toca o lo que permitió que le tocara por no prevenir. Pero, sea como sea, cada uno tiene sus fortalezas y sus debilidades y los acontecimientos de la vida le van pegando a cada uno en la parte más débil con mayor intensidad.
Y como dice el refrán popular, la piola se corta por la parte más fina y ante cualquier contrariedad lo que primero se descompensa en un organismo es el área más débil que cada uno tenga.
Dentro de los acontecimientos de la vida, las emociones tienen un papel trascendental y si bien no son la causa de las enfermedades, si pueden desencadenar un evento a partir de un área susceptible de cualquier organismo.
La piola se corta por la parte más fina y un mismo desencadenante puede provocar diferentes síntomas en diferentes organismos.
Quien sufra de presión arterial, una fuerte emoción le puede desencadenar una crisis hipertensiva. Pero, el que no sufre de hipertensión arterial, pero si de gastritis, es misma emoción seguramente no le modificará la presión arterial pero si le podrá provocar un ardor en el estómago e incluso un sangrado.
Lo mismo sucederá con que sufre del corazón, de un cuadro alérgico, o de asma.
Cada uno responde con lo que tiene, resiste lo que puede y se descompensa primero en área más débil.
Cada uno sabe, o debiera saber, donde le ajusta el zapato y se lo debiera sacar antes que le aparezcan las ampollas.