Domingo 7 de marzo, 2021
  • 8 am

Adolescencia y violencia

Gisela Caram
Por

Gisela Caram

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Britannia Centre

Ps. Gisela Caram (*).
Los padres de adolescentes se ven, muchas veces, desbordados por las demandas y la disconformidad permanente, así como el malhumor y la irritabilidad que tienen frecuentemente. Se supone que lo "único" que tienen que hacer es estudiar y no estudian. Que duermen mucho. Que no duermen nunca (salvo de día), que no comparten almuerzos, ni cenas, ni domingos en familia. Que salen tarde a bailar. Que el alcohol, que… un sinfín de quejas nos dan vueltas como padres de adolescentes. Quejas y demandas que se van naturalizando, haciéndose comunes en la familia.
Así también va haciéndose cotidiano el escuchar o ver situaciones de violencia en los diarios, la calle, la costa…
En estos tiempos, a diferencia de antes, han cambiando los valores. Los códigos son otros. A lo que se suma el consumo desmedido de sustancias psicoactivas que potencia los no límites, los impulsos, el no pensar, el hacer.
Y el respeto por los otros, y las cosas, escasea.
Todo se rompe y se compra nuevo. Se repone, sale menos que arreglar. Eso sucede con las cosas y también se extiende a las personas, donde el disculparse, enmendar, reparar, prácticamente no existe. Si se lastima, a otra cosa.
La violencia en la adolescencia es un claro ejemplo de los cambios sociales. Es más fácil resolver golpeando que hablando. Es una forma de sentir que puede. Y lo que muchas veces pasa es que no hay elementos internos para expresar ese "no puedo".
La violencia como expresión de PODER. Lo lamentable que el poder se manifieste desde lo desleal, desde la falta de dignidad, desde lo más pobre del ser humano, que una barra se ensañe con otra y un grupo de jóvenes le pegue a uno cuando lo encuentran solo es patético o que gente grande se las agarre con más chicos. En fin. ¿Qué pasa?
¿Dónde está la familia? ¿No puede con los hijos?, ¿no sabe en qué andan los hijos? ¿O prefiere no ver? ¿Y a los adolescentes qué mensaje les damos? ¿Qué les pedimos? ¿Qué buscan y qué encuentran?
A los adolescentes se les pide que hagan, que puedan, y ellos no saben en realidad qué pueden. A lo que se suma el miedo encubierto de no saber qué quieren. Por eso, cuando a un hijo uno le dice "sos inteligente, podés hacer cualquier carrera", en realidad lo está dejando más a la deriva. O les dice, "hacé lo que quieras, confío en vos", en realidad lo deja con un margen tan amplio y muchas veces no sabe para dónde agarrar.
Es más aliviado que se pueda conversar de lo que quiere, dialogar, confrontar. Seguramente, puedan terminar levantando el tono, porque muchas veces es tal la angustia de no saber qué camino seguir que se termina angustiando, pero como los chicos se quieren mostrar fuertes no van a llorar, van a gritar y eso encubre el dolor.
Hablamos de dolor psíquico, dolor del alma, el dolor que no se ve. Pero, está en cada etapa donde se transita y hay cambios. Y estos cambios son de evolución y de crecimiento interior, son los que llevan al crecimiento humano.
Culturalmente, hemos aprendido a no manifestar el dolor, la tristeza; si no puedo con mis emociones, las taponeo. Y para taparlo les hemos enseñado a nuestros hijos a ser "fuertes", a no llorar, a no decir y quizás por ahí haya algunos resultados, la rabia, la violencia, las adicciones. Todos escapes para aplacar el dolor.
Por otro lado, los padres nos hemos acostumbrado a no decir, a no limitar, porque no tenemos tiempo, porque estamos cansados, porque si no, lo perdemos como amigo… Y, jamás puedo ser amigo. Ni ser adolescente otra vez. Ni verme igual. Es un imposible. Y si trato de que así sea, lo confundo. No sabe dónde está, sabe menos qué hacer ni en quién apoyarse.
La crisis adolescente hay que dejarla fluir para poder sostener este cambio, mantenerse como "un árbol en un huracán", porque es eso, una gran tormenta huracanada, que tiene que pasar, porque si no pasa, ¿qué pasa?, y si pasa, tengo que estar preparado y no esconderme, ni temerle.
¿Qué quieren los adolescentes? Poder saber dónde están parados y para eso un padre o una madre que puedan decir cosas claras estar ambos de acuerdo en los límites, y dejar claras esas reglas. Y esto no significa prohibirles salir, sino horas de salida y llegada, acuerdos, no imposiciones.
Evitar las alianzas con uno u otro padre, uno lo deja y el otro no. Ni que hablar cuando los padres están separados, uno no le permite algo, se pelea y se va a la casa del otro, "el bueno".
No temer al diálogo, que los encuentros no sean solo cuestionarios, "qué hiciste, qué tomaste, con quién saliste" sino el poder generar esos espacios de conversación y quizás éste sea un difícil punto, pero si los padres se dan por vencidos, el joven, lo que decodifica, es "no le importo".
El saber que hay "brazos fuertes" que sostienen, en un marco de límites y reglas de convivencia, como el tener la seguridad de ser querido, es fundamental para que esta etapa evolucione en la búsqueda del crecimiento del adolescente. Así, podrá encontrarse consigo mismo.
No asumamos que todo lo que les pasa es consecuencia de los padres, o de las historias de los padres, porque los hijos no son un producto.
Si entendamos que hay cosas que del ambiente que influyen en el tipo de crisis que exprese.
Que para que no sea una expresión de los conflictos familiares, los padres tienen que ordenar sus cosas. De esta manera, lo que le pase es con su adentro, con él mismo, y esto, si se siente seguro desde su familia, lo resolverá en tiempo y forma.
Los adolescentes deben ser responsables de sus acciones y los padres tenemos que responsabilizarlos. Una forma de no perderlos es estar, ver, atender.
(*) Miembro de la Asociación Uruguaya de Psicoanálisis de las Configuraciones Vinculares (Aupcv). Especialista en Psicoanálisis Vincular.