Martes 16 de agosto, 2022
  • 8 am

Docentes y gremios docentes – Columnistas

Pablo Mieres
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Pablo Mieres

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Pablo Mieres.
A esta altura de los acontecimientos y dadas las resistencias y críticas que desde el gremio docente de FENAPES se vierten hacia las iniciativas de cambio en la educación, conviene reflexionar sobre cuáles son los sujetos concretos a los que se debe atribuir los diversos comportamientos y actitudes.
Para ello resulta una buena referencia señalar que en las recientes elecciones de las Asambleas Técnico Docentes, que son elecciones obligatorias para todos los docentes y en las que se eligen a los representantes del orden (no del gremio) para participar de instancias de asesoramiento y consulta dentro de la institucionalidad del sistema educativo, un tercio de los habilitados a votar no participaron y, en el caso de Secundaria, además el 47% votó en blanco.
En buen romance, del total de los docentes de Secundaria solo emitieron su voto por alguna de las alternativas presentadas, aproximadamente un tercio de los docentes. Y, si bien no se trataba de una elección gremial, lo cierto es que las postulaciones a las Asambleas Técnico Docentes pasan por la aprobación de los respectivos gremios.
Si esto no es un indicador de una crisis de representatividad, no sé qué otra cosa debe ocurrir para confirmarlo.
Por otra parte, ¿puede alguien pensar que los docentes en general no estén interesados en la ocurrencia de profundos cambios en la educación media de este país? Cualquier análisis de la realidad indica que las condiciones de trabajo de los profesores de enseñanza secundaria son realmente muy desalentadoras.
La mayor parte de los docentes distribuyen sus horas de clase en más de un centro de estudios, por lo que tienen que realizar traslados de un centro a otro; o ir un día de la semana a un liceo y otros días a otros. Los horarios son, muchas veces, ajustados y llevan a sumar un significativo stress en la prestación del servicio y en la puntualidad y asistencia correspondientes.
Una parte del ausentismo docente se explica por las pésimas condiciones de trabajo en la que les toca dictar sus cursos.
Son muy numerosas las situaciones en las que el docente se enfrenta a grupos de estudiantes de más de cuarenta o cincuenta alumnos, muchas veces hacinados en salones de clase que no están adecuados para recibir tantos estudiantes. No tienen la posibilidad real de conocer a sus estudiantes, por lo que una de las funciones principales del proceso educativo, su personalización, no ocurre en la mayor parte de los casos.
Cuando, además, les toca un centro de estudio en zonas de nivel socio-económico deprimido, se enfrenta a situaciones sociales graves, en muchos casos de abandono familiar y con fuertes trastornos de conducta de parte de varios estudiantes.
En muchos casos, además, el docente llega a establecimientos en donde todos se mueren de frío en invierno y se calcinan en verano; donde en muchos casos existe peligro de derrumbe y condiciones edilicias horribles.
No existen en los centros de estudio las condiciones para que se construyan comunidades educativas y los docentes enfrentan circunstancias muy deprimentes y desalentadoras en soledad y sin poder compartir las dificultades con un equipo de trabajo.
El sistema de elección de horas es perverso y, en virtud de defender los famosos "derechos adquiridos", el resultado es que se potencia la desigualdad puesto que los docentes con mayor experiencia y mejor rendimiento (al elegir primero) vayan a dictar clase en los centros de estudios pertenecientes a las zonas socio-económicas más aventajadas y los docentes con menor experiencia y rendimiento son los encargados de dictar sus clases en las zonas más carenciadas. Es obvio que esto dispara un incremento exponencial de las diferencias de aprendizajes por nivel socio-económico.
Estas son las cosas que hay que cambiar con urgencia y que están en la agenda del debate público. ¿Puede quedar alguna duda de que la inmensa mayoría de los docentes serían, junto con los estudiantes, los principales beneficiarios de estos cambios?
Entonces, distingamos la realidad. Seguramente la gran mayoría de los docentes acompañarían y apoyarían los cambios sin dudar. El problema es que sus supuestos representantes, dominados por "esquemones ideológicos" perimidos, reflejos conservadores y ambiciones de poder, enfrentan toda transformación con una vehemencia digna de mejor causa.
Los verdaderos conservadores no son los docentes sino los gremios docentes, que son dos cosas distintas. Es tiempo de que esta distinción entre docentes y gremialistas docentes se haga visible para determinar definitivamente si los que bloquean las transformaciones de nuestro sistema educativo son el colectivo de los docentes de este país o, tan solo los que han asumido la representación gremial de aquellos.
Yo creo que la gran mayoría de los profesores de este país quiere cambios profundos en la educación.