Domingo 17 de enero, 2021
  • 8 am

Y liberarse de duelos eternos – Columnistas

Gisela Caram
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Gisela Caram

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Ps. Gisela Caram*.
En la vida, transitamos momentos que son más difíciles que otros. La superación, depende del tiempo interno de cada uno, de los recursos y la actitud.
A veces no podemos olvidarnos y quedamos fijados al dolor o al resentimiento o al padecimiento. Es esperable que todos pasemos momentos de dolor, lo inadmisible, es que vivamos padeciendo. Padecer es tener la herida viva, no dejarla cerrar, no curarla. De igual forma, el resentimiento es como un veneno, que no deja vivir.
Dejar atrás los acontecimientos dramáticos de nuestras vidas, para continuar en forma saludable, merece un tiempo recuperación emocional, a la que llamamos, DUELO.
Cuando vivimos una pérdida, que no tiene que ser necesariamente física, o un cambio radical de vida, o una separación de pareja, cada persona procesa “como puede”.
Hay tiempos estimados, de acuerdo al significado que le da a la pérdida cada uno. No es lo mismo el cambiar de trabajo, a separarse de los hijos porque se van a vivir solos. Así como tampoco es lo mismo, separarse de la pareja, a perder un ser querido que fallece. O si se pierde a un ser querido cercano, o, a un hijo. La pérdida de un hijo deja una marca imborrable, y aquí sí, el duelo lleva años.
Sea como sea, todo acontecimiento en la vida, es decir, toda situación que marque un ANTES y un DESPUÉS, deja una marca o una cicatriz. Lo que se debería lograr es, que esa marca no quedara siendo una herida sangrante para siempre.
EL NIDO VACIO
Se llama así, a la situación de emigración de los hijos de la casa paterna. Es el momento, que vuelve a encontrarse la pareja sola. Igual que cuando se unieron, pero con la diferencia que después de 20 años, la pareja vivió la vida en torno a esa familia que construyó, y ahora la vivencia es de vacío. Los temas de conversación, los tiempos y las esperas no son las mismas. Y la vida, se debe re organizar en torno a dos.
Este proceso de separación, y de readaptación a la vida sin los hijos, no debería pasar de aproximadamente seis meses. La angustia y vacío se pueden ir canalizando en nuevas metas y objetivos personales y de pareja. Entendiendo este momento como de crecimiento emocional tanto para los hijos como para los padres como padres.
¿NI CONMIGO, NI SIN MI?
Cuando una pareja se separa, lleva su tiempo tomar la decisión, irse de la casa, reorganizar la vida, los hijos, la economía. Pero, lo esperable es que al cabo de un año la vida se haya re organizado y por lo menos dos años, para cerrar en la cabeza y el corazón la decisión tomada.
La capacidad de tramitar con uno mismo, el sentimiento de pérdida, depende de los recursos internos y la capacidad de frustración. Cuando la tolerancia a la frustración no admite pérdida, pueden sobrevenir momentos de tristeza, rabia o ira que llegan a desencadenar llantos intensos, agresiones, violencia hacia uno mismo, o hacia los demás.
Es tan fuerte el sentimiento de ataque al amor propio que se llora por uno mismo.
Puede suceder también que la idealización del otro sea tan alta, que también termine tornándose en la mente de cada uno, insuperable. Y no es que sea tan grande, tan valioso y tan perfecto, sino que soy yo, que puedo tenerlo idealizado y supongo, que nadie puede superar ese ideal que existe en mi cabeza, y no en la realidad.
“Dejar ir”, es parte del proceso de finalización del duelo. Poder ver, además de las razones que uno puede haber tenido para separarse, que no todo fue tan malo, y algo bueno dejó, en ese momento de la vida.
Los “enganches” de resentimientos o remordimientos o culpa o rabia, son eso, tan solo enganches, que bien lejos están del amor verdadero.
En ese vivir furioso con el otro, se permanece inundado de pensamientos negativos. Se pierde un tiempo precioso de encontrarse cada uno consigo mismo y seguir caminando… dejar ir al otro, y dejarse ir uno mismo…
*Especialista en Psicoterapia Vincular.