Lunes 30 de noviembre, 2020
  • 8 am

La magia de la palabra un poeta con vuelo propio – Varios

No caben dudas que Elder Silva Rivero es una de las voces actuales más importantes de la poesía uruguaya. El año pasado, un quebranto de salud, lo radió de toda actividad cultural y artística.
Fue un trance duro, que se temió por su vida, pero, con el correr del tiempo ha venido evolucionando favorablemente.
La recuperación es lenta pero segura, aunque deberá, seguir un tanto alejado del mundillo artístico, de sus labores al frente del Teatro Florencio Sánchez en el corazón del Cerro de Montevideo.
Elder “Coqui” Silva, nació en Salto, en 1955. En su trayectoria como escritor, recibió varios premios como el otorgado por el Banco de Seguros del Estado, por su obra «Líneas de fuego», el premio de la Feria Nacional de Libros y Grabados por «Cuadernos agrarios».
Asimismo obtuvo menciones especiales por sus obras «Un viejo asunto con el sol» (de parte de la Intendencia de Montevideo) y «Fotonovela. Canción de perdedores» (de parte del Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay).
En el año 2003, la Universidad de La Laguna le otorgó el V Premio de Poesía Luis Feria por su libro «La frontera será como un tenue campo de manzanillas».
En 2014 fue galardonado con el Premio Morosoli de plata, entregado por la Fundación Lolita Ruibal en reconocimiento a su trayectoria, méritos y aporte a la cultura uruguaya.
En 2013, al cumplirse 30 años de la edición de su primer libro, realizó una gira poética por 30 ciudades de Uruguay, presentando la antología Agua Enjabonada.
Sus textos han sido traducidos a varios idiomas, como francés, portugués, ruso y sueco. También han sido publicados en revistas especializadas de varios países, como Venezuela, Nicaragua, Chile, Colombia, Brasil, México, Argentina, Francia, Suecia, España y Rusia.
LA CITA CON LO COTIDIANO “AGUA ENJABONADA”
Alejandro Gortazar, en una nota, dice sobre Silva: “Toda poesía adquiere sentido a partir de su lenguaje y de la conciencia que el poeta tenga de él. Esa conciencia nace, entre nosotros, con los poetas modernistas: hicieron del idioma poético un cuerpo realmente sensible, liberándolo del roñoso conceptualismo; al mismo tiempo prepararon una actitud crítica frente a todo poder verbal. Una y otra cosa se han intensificado en nuestra poesía contemporánea. Seguir las aventuras de esa doble conciencia frente al lenguaje: quizá este ha sido el método de mi libro. Guillermo Sucre (La máscara, la transparencia, 1975)
Terminé de leer Agua enjabonada. Poesía reunida (1982-2012) de Elder Silva y estoy fascinado con su poesía, con su modo de trabajar las palabras, dentro de esta doble conciencia de la que hablaba Sucre hace tanto tiempo.
Toda su obra es una prueba irrefutable de que no existe oposición alguna entre la poesía conversacional (un Mario Benedetti, por ejemplo) y una poesía que teóricamente se centra en el lenguaje sin querer comunicar.
La poesía de Silva se centra en distintos aspectos de lo cotidiano, de su autobiografía, con una retórica que se presenta descarnada, despojada de artificios, simple. La postulación de un discurso poético transparente es en sí misma una máscara.
Muchos de los poemas que más me gustaron representan escenas de la vida cotidiana o privada, mediados por una cita que no siempre es literaria.
Por ejemplo, en “Apuntes para un Western” (de 1985) el argumento cinematográfico de una película de cowboys sirve para guionar un recuerdo paterno de la infancia. A veces la referencia es a íconos deportivos como Spencer, Lev Yashin o Usaín Bolt.
Pero el procedimiento es el mismo: el arquero Lev Yashin, “héroe deportivo de la unión soviética”, sirve para dar cuenta de ilusiones políticas rotas y una anécdota con Darnauchans.