Jueves 12 de diciembre, 2019
  • 8 am

Personas que enseñan el amor

Gerardo Ponce De León

El Miércoles 14, murió el científico británico Stephen Hawking, de 76 años de edad. Sufría la enfermedad degenerativa de Charcot, que también es conocida como esclerosis lateral amiotrófica (ELA).

No soy quien para darles a ustedes todo los procesos de esta enfermedad; pero él se sabía uno de los científicos más conocidos del mundo y aprovechando eso, divulgaba los secretos de las estrellas. Era su forma de ayudar a la humanidad. Levantando el velo que nos cubre los ojos (El País, Jueves 16, pag. 3)

Dicha enfermedad le permitía mover un dedo de sus manos, la mirada y dominaba un músculo facial, que era el que le permitía la comunicación, por intermedio de una computadora, comunicarse.

En este departamento, se ha tenido casos de esta enfermedad, pero como no están rodeados de la fama, casi están reducidos al ambiente familiar. Y justamente sobre uno de estos casos, es el motivo de mi escrito de hoy. Les aclaro que no está en mi ambiente familiar, pero lo conocí. Creo que viene muy bien, la frase del diario El País: “levantando el velo que nos cubre los ojos”

Hace un año, o algo más, escribí sobre este caso, de igual forma que en esta oportunidad, sin dar nombres, ni en forma ficticia.

Cada vez que tenía la oportunidad preguntaba como iba el proceso de la enfermedad, encontrando siempre con: tranquilidad, aceptación y entrega. Creo que más de una oportunidad, cosa que fue aceptada, el llanto, los deseos de la mejoría, el cansancio, le jugaba malas pasadas, pero nunca frente al enfermo o los integrantes te su familia. Rabiar, llorar era para cuando la soledad era su compañía.

Me contaba que le pedía a Dios, que cuando le tocara partir, pudieran estar los dos juntos y si estaba toda la familia, mejor. Los hijos, estudiando o trabajando, hacían que esa posibilidad fuese más remota, pero nunca dejó de pedirle que se cumpliera su deseo.

Hacía cuatro meses que ya los pulmones no le funcionaban y empezó, el enfermo, a estar como en un C.T.I. domiciliario. La dependencia era mayor, y dejó todas las actividades que tenía, para dedicarse y entregarse totalmente a ese ser muy querido. Él le decía: “Mamá”.

Cuando le llegó el día, que ella se dio cuenta que se le escapa la vida, llamó a sus dos hijos mayores, al menor no lo pudo localizar, pero les pidió a los hermanos que hicieran el favor de localizarlos. Ella le tomó la mano, y comenzó a agradecerle todo lo que él les había dado, la compañía, la familia y principalmente, el AMOR. Del corazón me salían las palabras: “te quiero con toda mi alma y cuerpo” “fuiste y serás el amor de mi vida” “ no puedo dejar de agradecerte que me hiciste mujer y madre” “ descansa que mamá, esta a tu lado”, cerró los ojos y se fue. Los chicos llegaron 10 minutos más tarde, lo cual me permitió una comunión muy personal con él. Creo que si ellos estaban presentes, le hubiese dicho lo mismo, ya que era el corazón que hablaba.

Eso me lo contaba con una tranquilidad de conciencia, pero los ojos llenos de lágrimas. “Estoy tranquila, se fue con todo lo que estaba a mi alcance, entre sus manos y con los que sus hijos, le pudieron dar”

La verdad que me levantó el velo de los ojos. Se que no es el único caso en que se despide a un ser querido así. Esto es dar contención, no solamente por las palabras, sino que es muy importante el contacto, la calidez humana.

Cuando la llamé, faltaban unos días para hacer el mes de su partida.

Gracias SEÑORA por sacar y enseñarme lo que realmente es el AMOR.