Martes 26 de octubre, 2021
  • 8 am

Cárcel, Tumba o Palabra de Dios

Pablo Galimberti
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Pablo Galimberti

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Mons. Pablo Galimberti
Tres palabras y tres caminos. Así empezó la charla del hombre a quien la vida golpeó duro pero la fe en Dios lo recuperó. Lo invitaron a contar su vida a un grupo de jóvenes de una barriada popular. El hombre de mediana edad, aspecto más bien rudo, había atravesado etapas dolorosas y comunicaba con energía y naturalidad, en grandes titulares, su encrucijada: entre la vida y la muerte, cárcel o libertad, las rejas o la novedad que ofrece una Palabra sanadora.
Vivimos en continua interacción de palabras, informaciones, signos, gestos y códigos de comunicación. A veces hablamos solos, a veces con otros. A veces, nos ocurre lo que dice el poeta Antonio Machado: “Converso con el hombre que siempre va conmigo, quien habla solo, espera hablar a Dios un día.”
El ser humano es como una palabra tatuada en su corazón que necesita expresarse. La palabra interpela, saca del aislamiento y crea vínculos. Somos seres hablantes, pero eso no dice qué tipo de intercambio mantenemos. El tú a quien nos dirigimos puede ser una persona real con una historia o un rostro lejano casi sin identidad.
Este hombre, golpeado por la vida, experimentó la invitación de una palabra distinta que lo rescató de quedar enterrado en una celda o bajo tierra, según contó.
La palabra es un vínculo con los otros. Es ocasión de acercamiento y diálogo que saca del aislamiento. Toda palabra dispara una flecha en tres direcciones: en primer lugar informa, dice o comunica algo. Puede interpelar, inquietar o dejar indiferente. Pero también puede sacar del propio encierro donde una persona se encuentra aislada. La palabra puede convertirse en medio de encuentro o propuesta. Puede ser una simple información o llevar una invitación. Mañana es feriado: ¿salimos de paseo?
Hay palabras capaces de despertarnos. Pueden ser medio o puerta luminosa para escapar de una vida incomunicada. El hombre del que hablo, muy golpeado por la vida, percibió la invitación de una palabra “nueva”, diferente a los reiterados gritos a que estaba acostumbrado en la cárcel. Resonó en sus oídos como una puerta de esperanza y superación. Curiosamente esa nueva Palabra, mientras ojeaba una vieja edición de la Biblia, despertó un rostro olvidado. Una luz despertó en medio de las broncas. Y hasta sintió que era una palabra para él. Poco a poco fue creciendo esa Palabra, que es “viva y eficaz, más cortante que cualquier espada de dos filos”, como dice la Escritura.
La alternativa para él era muy clara. O el encierro donde se sentía caminando hacia la muerte social y física o elegir la puerta de la Misericordia, la puerta de la libertad y la esperanza.
Es una historia real de la fuerza que encontró este preso el día que las palabras de la Biblia dejaron de ser hojas de un libro y empezaron a ser páginas de su propia vida. Y él mismo se hizo para otros un testigo. Se puede. Esa Palabra es una Persona. Tiene nombre.
Los jóvenes que escuchaban a este hombre fueron tocados por su testimonio. Sintieron la interpelación. Una vez más se cumplía la expresión de San Juan en el prólogo del cuarto Evangelio: “La Palabra se hizo carne”, sigue haciéndose historia viva en cada oyente y creyente. La seguimos escribiendo. Y su inagotable energía jamás se agota. Fue lo que ocurrió en el hombre tocado por esta Palabra que salió de las penumbras para convertirse en luz contagiosa.