Jueves 28 de mayo, 2020
  • 8 am

Indignante

Fulvio Gutiérrez
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Fulvio Gutiérrez

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Dr. Fulvio Gutiérrez
Estamos asistiendo a una degeneración de la actividad política que si bien se conocía, jamás imaginamos que se podía incrementar y generalizar como está ocurriendo. Tampoco somos ingenuos y son conocidos los vicios criollos que nuestra clase política inventó desde siempre, con la simple finalidad de viajar “de arriba” y a costo de los contribuyentes.
¡Algo huele feo –y muy feo- en el ambiente político!
La palabra política fue inventada por Aristóteles hace más de 2.500 años, y su creador se refería con esa terminología y en aquella época, a la toma de decisiones que debían realizar los ciudadanos de las ciudades griegas (las “polis”, y de ahí viene el nombre), a través de un sistema de gobierno en cierta forma democrático, para resolver los problemas colectivos de esos centros poblados. No obstante, Aristóteles tampoco era ingenuo y atendiendo a una realidad que también constató, concluyó que la democracia también podía degenerarse por la conducta de sus practicantes, y a esa forma torcida de gobierno, la denominó “demagogia”.
Recordando a Aristóteles, lo que estamos viendo en nuestro Uruguay, es una lenta muerte de la democracia y un rápido crecimiento de la demagogia. Sin entrar en esos casos de “mega-corrupción, (Pluna, Ancap, ahora Asse, etc.) que todo el mundo conoce, se está generalizado un viejo vicio vinculado a realizar actividades dentro de ámbitos, temas y lugares de los cuales no hay necesidad de participar, pero que suponen viajes sobre todo al extranjero, para lo cual el político viajante tiene derecho a recibir viáticos para pagar el costo de los gastos de tales viajes. Los viáticos se pagan en dólares americanos, pero el político en cuestión, no rinde cuentas en tiempo y forma (es cierto que hay excepciones), y casi siempre se ingenia para “gastar” todo el viático (cosa que no es real), y de esa forma no reintegrar ningún sobrante. Hace muy poco, los medios de comunicación hicieron una especial referencia a que el intendente Daniel Martínez y sus 13 principales Directores de Departamento, han realizado 98 viajes al exterior, a destinos tan dispares como Argentina, Brasil, Ecuador, México, Estados Unidos, España, Francia, Bélgica, Alemania, Suiza y Corea. ¿Realmente valieron la pena esos viajes? Alguno tal vez sí, pero la mayoría seguramente no.
Ahora le tocó el turno al Parlamento, porque legisladores y funcionarios de nuestro Poder Legislativo, viajan reiteradamente fuera del país (generalmente a países muy lejanos al nuestro), a eventos cuya importancia es muy relativa, y los beneficios casi siempre nulos. Como ahora se dice, no hay relación costo-beneficio, lo que en buen romance significa gastar en viajes al santo botón y para regocijo del viajante. A costa –faltaba más- de quienes pagamos impuestos.
En el año 2017, el monto total de los viáticos pagados a nivel del Parlamento dentro y fuera del país, fueron –en números redondos- de U$S31.000.000. Si dividimos esa suma total entre 365 días del año, tenemos que el Parlamento uruguayo pagó durante el año 2017 de viáticos ¡U$S85.000 por día! Los eventos generalmente son intrascendentes para nuestro país (por lo menos es nuestra opinión), como lo son las reuniones parlamentarias, interparlamentarias, foros políticos de diferentes temas, conferencias diversas, etc. Intrascendentes y sin ningún beneficio. Todo esto sin contar lo que gastó el Gobierno Central (se incluyen los 13 Ministerios, al Poder Judicial, ANEP, Universidad de la República, Universidad Tecnológica, ASSE, INAU, y el Instituto de Meteorología en el año 2017) que ronda los U$S30.000.000.
Esto realmente indigna. Incrementa el rubro “gasto público” sin necesidad real (salvo contadas excepciones). ¡Cuánto se ahorraría si suprimimos el 80% de esos viajes¡ Pero lo que es peor, contribuye a reafirmar el descreimiento que nuestros ciudadanos tienen en la clase política, y eso es gravísimo. Tal vez –o sin tal vez- recordando a Aristóteles, la demagogia está derrotando a la democracia. Y como consecuencia, el “Estado de Derecho” se nos está yendo de las manos. Por eso lo del título: indignante.