Sábado 14 de diciembre, 2019
  • 8 am

Crisis hoy

Adriana López Pedrozo
Por

Adriana López Pedrozo

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Por Adriana López Predozo
Pareciera un concepto adaptable a varias dimensiones sociales actualmente.
Crisis de violencia, sociales, educativas, laborales, familiares.
Quizás sea el miedo ante la inseguridad, quizás la falta de tiempo de pensar y conversar directamente, sin el continuo uso de tecnologías que intentan sustituir la relación directa de los seres humanos.
Entrar en un lugar, como un restaurant y ver cinco personas cada uno comunicándose con otro que no está precisamente en esa mesa, es algo corriente.
Diálogo directo, gran comunicación y emoticones ni siquiera compiten. Sencillamente conviven.
La cabeza hacia abajo, la mirada en una pantalla,la sonrisa en la cara y el silencio inundan un momento que podría ser de diálogo…un cómo te fue esta semana?
Múltiples causas estarían ayudando a aumentar la falta de hablar cara a cara y a su vez, “los teléfonos descompuestos o mensajes malentendidos”, podrían abonar situaciones cada vez más críticas.
Autores como Walsh, F. (1998) “relaciona este tema con la resiliencia en las familias, no tomada como esencia que algunos tiene y otros no, sino como cualidades potencialmente reforzables.”
¿Pero qué significa esto?
Algunas de las premisas con las que trabaja Walsh son las de reconocer y afrontar abiertamente que existen problemas, comunicar acerca de ellos y ante estos aplicar algunas prácticas, tales como:

-tener una actitud demostrativa de apoyo emocional.
-confiar en las competencias que cada integrante de una familia tiene.
-la conversación directa donde se pueda ser discordante para llegar a acuerdos es decir el “cómo quiero ser tratado y también como tratar”.
Entonces acá sí toma algunas de las claves resilientes para afrontar crisis familiares reales, como ser: el “des-culpar.”
Nada fácil, pero intentar quizás valga la pena tratar de comprender que las adversidades no deberían ser entendidas como culpa de alg+un integrante que queda, obviamente, estigmatizado.
Practicar la flexibilidad, el cuidado, la tolerancia, sin perder la firmeza y la estabilidad, son tareas que los adultos de la familia, a veces no aplican por miedo a perder el control.
Es cuándo tendremos que darnos cuenta que no siempre somos dueños de la verdad y que a veces nos toca renunciar para escuchar posiciones que son diferentes a las nuestras.
Los liderazgos paternales, no siempre se mantienen con el ejercicio del poder, sino también por saber escuchar, observar, hablar.
Cuando estamos en crisis, todos nos volvemos más vulnerables y los vínculos se vuelven frágiles, algo propicio para que se instale la violencia, la depresión, la fatiga, el cansancio.
Cómo transmitir esto a aquellos más dependientes?
No hay recetas, pero según este autor, “el enojarse, discutir, intercambiar posiciones diferentes, pero sin romper los lazos emocionales estaría ayudando al más frágil a sentirse contenido.”
Las capacidades de: adaptación, de asumir el cambio ante las situaciones no detectadas antes, la habilidad de proteger al más débil, sin menoscabar su autoestima, estarían presentes en aquellas familias que han tenido que afrontar grandes crisis.
Sí existen la tristeza, el dolor, la depresión, las conductas no entendidas, que no tienen por qué ser avergonzantes, en el siglo XXI.
El alma también se enferma, tal como el propio cuerpo.
Pedir ayuda es el primer paso.
Una de las estrategias que nos llamó más la atención fue la descripta por Walsh, como “la capacidad de proyectarse en el tiempo, y anticipar otro momento donde la situación haya cambiado, es decir, experimentar y transmitir, una sensación de esperanza.”
Que así sea.