Martes 13 de abril, 2021
  • 8 am

Comodines

Gisela Caram
Por

Gisela Caram

153 opiniones

Ps. Gisela Caram*
Los comodines son cartas que sustituyen y toman el valor de la carta que corresponde.
Son las que “desempeñan diversas funciones según las necesidades de cada momento”.
No necesariamente son la carta que va.
Algunas personas, muchas veces, toman a “otro”, como comodín.
Los personas comodines, tienen una peculiaridad, ubicarse cual relleno borrando la falta, la pérdida; y como tales, al ser ubicadas en ese lugar obedecen silenciosas pues el otro en principio les hace sentir poder, valía.
Pero toda esta valoración del principio se va tornando desvalorización después.
No todo lo que da poder habla de hacer un buen juego.
El comodín persona, es como un objeto, una cosa, que atrapada en principio, por una gran seducción, y con un déficit en su autoestima, cae en este lugar. . .
Lugar que se tiene que ajustar a las necesidades y deseos del otro. Aceptando sumisamente las reglas del juego y quedando cosificada por el otro.
El comodín, paga un peaje caro.
No tiene vida propia debe tomar el lugar que le asignen, y eso genera la pérdida de su identidad.
Termina creyendo, haciendo y diciendo todo lo que el otro quiere.
Pierde el sentido de la realidad y la capacidad racional y crítica, lo cual es doloroso, riesgoso y enloquecedor.
Ir perdiendo la identidad, es decir, velando las diferencias entre el otro y yo, da cuenta de una dificultad que es diferenciarse del otro.
El comodín tiende a plegarse, a borrar el propio pensamiento para ir mimetizándose con el del otro.
No puede ver que aquella seducción del principio se transformó en una gran desvalorización, o desprecio o descalificación.
Va debilitándose su luz propia que es absorbida totalmente por el otro.
Pasan a ser uno. Y esto que tantas veces es expresado con felicidad “somos uno”, no está bueno.
Una cosa es “estar de acuerdo”, cosa tan importante en el “entre dos”.
Coincidir, acompañar, cuidarse uno al otro, sin volverse una sombra ni imperceptible.
El comodín, poco a poco se va cerrando al mundo, a sus amigos, a sus intereses propios.
La vida social va desapareciendo al igual que el contacto con la familia. Solo se abre cuando quien domina, habilita para hacerlo.
Es un ir aislándose, en principio para agradar y no enojar al otro, y luego no se piensa, se hace lo que el otro marcó desde el principio en forma automática, sin pensar, para evitar ver, otras realidades.
Este tipo de relaciones muchas veces caen en conflictos de celos y violencia por el excesivo pegoteo y posesión de uno sobre el otro.
Darse cuenta.
Para hacer vínculo hay que aceptar las diferencias, la alteridad, lo ajeno…
El darse cuenta de que se está en un lugar que no se eligió, sino que se cayó en algún momento de la vida, en que se estuvo vulnerable, o se ubicó, siendo muy joven, siguiendo pasos sin pensar mucho, genera el sentimiento de desazón, angustia y un “estar atrapado en una vida que no se quiere estar, pero no se sabe cómo salir…”
Salir
¿Cómo salir de esto?
Primero hay que darse cuenta. Y no querer seguir así. En un lugar asignado.
Querer otra vida, sin aislamiento, querer recomponer, reconstruir o reparar los vínculos sanguíneos perdidos o dejados de lado.
Generar espacios propios y re- aprender a disfrutarlos.
Quien está en lugar de comodín, solo puede darse cuenta a partir de los reclamos de su familia, amigos, personas que se animan a decirlo.
Tiene que saber, que una parte de si, querrá salir de este lugar, y otra, por temor o para evitar el dolor, el desgarro de una separación, y el proceso psíquico que ésta conlleva, evitará mover nada.
No es un camino fácil el salir de este circuito.
Una vez que se pueda mirar desde afuera, y se elija otro lugar, otro porvenir, sin duda la calidad de vida será otra.
Para salir, hay que visibilizar el problema, y no tener miedo en buscar redes de ayuda y apoyo…y, hay muchas…
*Especialista en Psicoterapia Vincular