Viernes 26 de febrero, 2021
  • 8 am

¿Qué nos está pasando?

Pablo Galimberti
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Pablo Galimberti

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Mons. Pablo Galimberti
El Domingo pasado, regresando de la misa en la gruta del Padre Pío, fui testigo de la manifestación con quema de cubiertas en la zona de “la gaviota”.Envuelto en la humareda el Jefe de Policía salteño se hizo presente recibiendo urgentes reclamos para frenar la ola delictiva que nos golpea.
La multiplicación de hechos delictivos plantea dos tipos de preguntas. La más inmediata es cómo evitar la reiteración casi diaria de delitos contra la propiedad privada, que van desde arrebatar un bolso en la vía pública, el intempestivo ingreso en un comercio exigiendo la recaudación o los enfrentamientos y asesinatos a mano armada.
La otra pregunta es plantearnos con honestidad, al estilo de un buen médico, por qué ocurren estos hechos delictivos, que alteran la convivencia y contagian un estado de pánico colectivo. En otros términos, se trata de acercarnos a la etiología del fenómeno. Todo efecto responde a una suma de causas: inmediatas o cercanas, y a causas remotas que predisponen o son el caldo de cultivo para precipitar determinados hechos.
¿Quiénes son las personas que llevan a cabo estos delitos? Más que el nombre, apellido, edad, domicilio, analicemos su historial familiar, sociocultural, entorno barrial, años de estudio, etc. Subrayaría la importancia del entorno familiar. ¿Aparece la figura de una madre y un padre durante su infancia y adolescencia? ¿Cuál ha sido –si hubo- el vínculo con una figura paterna, a quien compete en primer lugar el rol de poner límites e impulsar hacia el mundo del trabajo?
Dice el psiquiatra italiano, Massimo Recalcati en su libro “El complejo de Telémaco” que el hijo tiene dos necesidades: la primera es la de pertenencia o de tener raíces que lo inscriben en una memoria. Y a su vez la necesidad de no ser un clon del padre sino de poder “romper”, vagabundear o explorar su libertad. La herencia no es un simple traspaso o clonación sino una reconquista que implica soledad radical. O sea, crecer con riesgo de fracaso. No basta la genealogía. El verdadero heredero es también un huérfano, no tiene todo servido.
Las dificultades de los padres para cumplir con su propia función educativa y el conflicto entre generaciones que de ellos se deriva se conocen desde hace tiempo y no sólo entre los especialistas. A diferencia de Edipo, Telémaco contempla el mar y escruta el horizonte. Esperando a que el barco de su padre –a quien no ha llegado a conocer- regrese para devolver la Ley a su isla.
Pero no hay que idealizar demasiado. Afirma Recalcati: El tiempo del glorioso regreso del padre queda para siempre a nuestras espaldas. Del mar no vuelven monumentos, flotas invencibles, dirigentes de partidos, líderes carismáticos y autoritarios, hombres-dioses, padres-papa, sino tan sólo derrelictos, piezas sueltas, padres frágiles, vulnerables, poetas, cineastas, profesores suplentes, emigrantes, trabajadores, simples testimonios de cómo puede transmitirse a los propios hijos y a las nuevas generaciones la fe en el porvenir, el sentido del horizonte, una responsabilidad que no reivindique propiedad alguna.
Nos encontramos en la era del hijo, la era de Telémaco. Las nuevas generaciones observan el mar aguardando a que algo del padre regrese.
Nos toca asumir y redescubrir esta ausencia. Ayer, en la última página de este periódico apareció el informe del Mides: En Uruguay el 48% de los niños más pobres no conviven con su papá. ¡Mucho más que una cifra!