Lunes 9 de diciembre, 2019
  • 8 am

Prejuicios

Gisela Caram
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Gisela Caram

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Ps. Gisela Caram*

Casi todos tenemos, aunque no lo percibamos, prejuicios.

Los prejuicios van muchas veces asociados a la discriminación.

Son construcciones morales que se incorporan cuando uno es niño, con las normas y principios que nos transmite la familia, las instituciones y la sociedad por las que transitamos.

La cuestión es que las generaciones van cambiando.

Si bien algunas reglas se mantienen en el tiempo otras van perdiendo vigencia. Como las leyes.

Si hacemos memoria, alguna vez, hemos discriminado y/o fuimos también discriminados por algo.

Ya sea por ser niños, por ser adolescentes, por ser mujeres, por ser viejos, por andar mal vestidos, por pertenecer a alguna minoría religiosa o algún colectivo o tener tal o cual color de piel, por sobrepeso, por enfermedades contagiosas, por no poder hacer algo, por no tener, etc.

Si bien cada vez más se trata de visibilizar y rever estos prejuicios a nivel social, aún queda mucho camino por recorrer.

¿Cuánto se hace o se deja de hacer por temor al qué dirán?

¿Cuánto nos sentimos condicionados en hacer?

Digamos que hay muchas causas del hacer y no hacer, y muchas veces mucho temor a la mirada de los demás, al juicio de valor que puede caer sobre nosotros. Y eso, muchas veces, depende de nuestros propios prejuicios. Los otros, tienen otros.

Quienes fueron educados para pensar y re-pensar cada acto, planificar, prever, o quienes tuvieron una educación en base a reglas, ideas fijas, inflexibles, tendrán más dificultad en desprenderse del “HAY QUE”. Un “hay que”, por temor a esa mirada censuradora.

Romper con eso sería traicionar las reglas de la familia de origen, ser desagradecidos o desleales…

“Todo lo que atente a lo trasmitido e incorporado como regla de vida, más allá de que hayan pasado 40 años, y ya no esté vigente, hay que sostenerlo”. El costo de esto, muchas veces deja sin posibilidades de vivir y disfrutar de lo que se tienen ganas reales de hacer. Y de ser auténtico.

Hay cuestiones sociales que están arraigadas, y por ende no podemos salir de ciertas márgenes.

Pero también las reglas de convivencia rígidas suelen convertirse con el paso de los años en un conflicto. Por ejemplo, no podemos pretender que un hijo adolescente diga “sí” a todo lo que le pedimos, como cuando era niño.

Ni podemos pretender que tenga la misma conducta de un adolescente hace 10 años atrás. O que responda como lo hacían sus padres.

Las nuevas generaciones de jóvenes, parecería que de algunos viejos prejuicios se han despojado, pero de otros siguen muy arraigados y también tienen otros nuevos.

Todos opinamos de todos, pero a nadie le gusta que lo juzguen. Es difícil aceptar juicios cuando no son positivos… es difícil aceptar que juzguen a alguien que queremos mucho.

Hay quienes tienen prejuicios marcados a fuego. Que no hacen su vida pensando en la mirada del otro. Estos condicionamientos llevan muchas veces a no tomar decisiones que muchas veces mejorarían la calidad de vida.

Otras veces, sirven para poner límite y ser cautelosos en algo nuevo o diferente.

Despojarnos de pre-juicios en pos de nuestro bienestar, siempre y cuando no le hagan daño al otro, es darse permiso para abrir el pensamiento.

Abrir el pensamiento, es liberador.

Es difícil no tener prejuicios, porque la crianza en base a valores, incita a ser críticos, autocríticos, a hacer juicios de valor de las cosas y situaciones.

Pero hay un abismo entre ser autocríticos, y no permitirse disfrutar de lo que se quiere.

Que cada uno pueda tener el equilibrio justo entre lo que debe, quiere y se permite hacer…

Los prejuicios son en mayor o menor medida, construcciones que se internalizan, y que deberían ser cuestionadas por cada uno, re pensarlas y despojárselas en tanto no permitan el fluir, sentirse bien.

Ser “opinólogos” de los demás, sin tener la apoyatura de teorías científicas, es expresarse con juicios de valor y con otro “hay que”, el de cada uno, que juzga sin saber, y desde un pensamiento concreto. . . Opinar si están bien o mal, situaciones ajenas, involucran nuestros prejuicios y nos ubican en un lugar de superioridad, dejando al otro en inferioridad y descalificando su criterio, no permitiéndole que pueda ser crítico consigo mismo…

*Psicoterapeuta Vincular.