Miércoles 19 de diciembre, 2018
  • 8 am

El viaje continúa…

Pablo Galimberti
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Pablo Galimberti

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Mons. Pablo Galimberti
El capitán cambia. La nave sigue su rumbo. El puerto de llegada, definitivo destino del pueblo de Dios, es el mismo. He ingresado en la categoría de jubilado y la Diócesis de Salto vive expectante la llegada de mi sucesor. La voz de levar anclas y zarpar proviene de Jesucristo: “¡Naveguen mar adentro!”No faltan perplejidades en el diario vivir,sorteadas imitando a Pedro:“Señor ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna.”
Algo semejante vivo estos días, desde que me comunicaron que el Papa Francisco había aceptado mi renuncia presentada al cumplir 75 años. Mi sucesor, Fernando Gil, estará en breve entre nosotros. En él resaltan dos perfiles: un experimentado pastor fogueado como párroco en la populosa periferia de Buenos Aires y el contacto asiduo con gente joven por su larga experiencia como docente.
Mientras esperamos su llegada voy a señalar un rasgo de la iglesia, ilustrado a través de la imagen de “la barca de Pedro”.La rivera del mar de Galilea fue escenario del llamado de Jesús a sus primeros discípulos. Ese pequeño lago (21 x 12 km) es famoso por sus repentinas tormentas.
Escribe un cronista: “No es raro ver aparecer terribles tempestades, hasta cuando el cielo está bien despejado. Los arroyos que desembocan por el nordeste y el este actúan como peligrosos desfiladeros por los que bajan los vientos de las alturas de Haurán, la meseta de Traconíti de y la cima del monte Hermón… agitando el lago de Galilea de una manera aterradora.”
En otra ocasión los apóstoles navegaban en el mismo mar y Jesús los acompañaba. Aterrorizados por una tempestad despiertan al maestro: ¡nos hundimos! Hombres de poca fe, les reprocha Jesús. Y la tormenta cesó inmediatamente.
Para un obispo, conductor de una comunidad inserta en una sociedad con turbulencias, las imágenes del mar agitado pueden resultar iluminadoras. Vivir y comunicar paz en medio de las agitaciones de todo tipo y color que inquietan a mucha gente, no es tarea sencilla. Las violencias se multiplican: suicidios,la vida humana pierde valor y consistencia, la ciencia impone procedimientos como la manipulación genética, aumentan las crisis y separaciones familiares, etc. Dos por tres estallan conflictos barriales o laborales. Y allí la palabra y el testimonio de un cristiano pueden aportar una cuota de diálogo y acercamiento.
Pero un obispo católico nunca trabaja solo, aunque en ciertos casos tendrá que asumir la última decisión. Desde hace algunas décadas en la iglesia católica se ha redescubierto el valor de la “sinodalidad”. Esta palabra que significa “caminar juntos” (“odós” en griego significa camino) se ha traducido de múltiples formas: frecuentes encuentros, cercanía para escuchar la voz de cada comunidad, etc.
Por eso los cristianos de una capilla, Caif, visitadores de familias o enfermos, que comparten el día a día en una barrio o merendero, tienen una palabra y una cuota de experiencia que enriquece la mirada del pastor o conductor.
Esta co-participación en diversos lugares de decisión es una modalidad que ofrece espacio donde todos pueden aportar experiencias y plantear dificultades. Son los consejos parroquiales, equipos de catequesis o equipos de asuntos económicos, abiertos a la colaboración de fieles laicos. Son instrumentos para un gobierno prudente y acertado de la diócesis y de cada parroquia o comunidad barrial.