Lunes 10 de agosto, 2020
  • 8 am

Otro delirio frenteamplista

Fulvio Gutiérrez
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Fulvio Gutiérrez

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Dr. Fulvio Gutiérrez.
Nuestra capacidad de asombro no da crédito a las absurdas iniciativas del actual gobierno, que un día sí y otro también, hacen públicas iniciativas que van de lo disparatado a lo absurdo. Iniciativas que siempre tienen un objetivo claro: ir cambiando de a poco, mediante medidas que alcanzan cosas que parecen menores y banales, las bases fundamentales de nuestra democracia, tratando de torcer un estilo de vida que nos acompaña desde que tenemos uso de razón y de la cual nos enorgullecemos. Para colmo, los cambios siempre son para igualar hacia abajo, es decir, uniformizando al mismo tiempo que empobreciendo conceptos que son paradigmas desde hace más de cien años (no a la repetición, favorecer con mínimas exigencias el pasaje de grado, facilitar el ingreso a cursos universitarios, en los tres casos aunque el alumno no tenga suficientemente aprendidos y aprehendidos conocimientos elementales), y que en algunos casos forman parte de los factores nacionalizantes que conforman nuestro concepto de “nación”.
Uno de los disparates propuestos por mandos medios de nuestra enseñanza pública, pretendió eliminar la túnica blanca y el moño azul que los alumnos de primaria usan desde siempre, y sustituirla por una mamarrachezca túnica verde. En verdad, cuesta creer que haya integrantes de un gobierno que propongan semejante disparate. Salvo que lo que se pretenda es desviar la opinión pública a absurdas polémicas para “tapar” el actual fracaso educativo. Menos mal que la aberración abortó al gestarse, por la oposición dura y fuerte del propio Presidente Vázquez. Tan evidente era el absurdo!
Ahora surge la iniciativa de cambiar el sistema imperante desde hace muchísimos años, en cuanto a la forma de elegir a los alumnos que serán los abanderados en las escuelas públicas y, por ello, portarán nuestros tres símbolos patrios: la bandera nacional, la de Artigas y la de los Treinta y Tres Orientales. El argumento base es que se debe sobreponer la democracia a la meritocracia. No. Rotundamente no. Es errado sostener que la meritocracia va en contra de los fines de la democracia.  Todo lo contrario. No hay mejor ejercicio democrático del poder que aquel que recae en los que poseen capacidad y cualidades y que en mérito a eso, lo ejercen con responsabilidad.  No hay mejor incentivo para una eficiente gestión estatal, que el reconocimiento a las competencias y esfuerzos válidamente demostrados. Parece que la mediocridad es el objetivo de la actual dirigencia educativa.
La democracia es una forma de gobierno que, desde el punto de vista político, propugna que todos los ciudadanos tienen derecho a elegir libremente a sus gobernantes. Eso está bien y así debe ser. En cambio la meritocracia, sostiene que, en determinadas circunstancias en las cuales las personas pretenden ocupar determinados cargos, necesariamente hay que tener los méritos necesarios para ello. En la educación, para ingresar a estudios universitarios, el estudiante debe haber cursado y aprobado enseñanza primaria y secundaria. Por tanto no todos pueden ingresar a la universidad, pero no porque no tengan el derecho a hacerlo, sino porque para lograrlo, deben tener determinada preparación básica, que les facilite luego, adquirir y entender conocimientos universitarios más complejos, que se basan, precisamente en los conocimientos adquiridos en primaria y secundaria. No cualquiera puede ejercer el magisterio en la Educación Primaria Pública, sino que hay que tener el mérito de ser Maestro recibido en los Institutos de Formación Docente. Y está bien. Así debe ser. Cualquier persona tiene derecho a ser Juez del Poder Judicial, pero para ello, debe tener el mérito de estar preparado jurídicamente. Cualquier persona tiene derecho a ejercer la medicina, pero para ello, debe tener el mérito de haber obtenido el título para hacerlo en la Facultad de Medicina. En otros términos, los conceptos de democracia y meritocracia no se oponen sino que se complementan. Pero no en los aspectos políticos electorales, donde ahí sí el ciudadano puede votar cualquiera fuere su preparación educativa. Y es bueno que así sea.
La Inspectora Técnica Milka Shannon afirmó, que “la nueva concepción, como sucede en la vida real, es que todo el mundo pueda ser elector y elegible”. Una absurda generalización. Estamos otra vez ante una concepción populista que pretende igualar para abajo. ¡Emulemos al peor, no al mejor! Un principio tan elemental como obvio, es que cada uno cumpla las tareas que su preparación personal (esto es, sus méritos) así lo avalen. A santo de qué un alumno va a esforzarse y estudiar si luego se encuentra con compañeros que no se han esforzado ni estudiado pero tienen igual o hasta mejor reconocimiento que ellos. Porque el cangrejo abajo de la piedra, ya la vemos venir: ¡se quiere elegir niños abanderados por razones políticas! De sus padres, no de los niños que seguramente aún no la tienen. Menos mal que ahora, en este mundo del absurdo, la propia Ministro de Educación y Cultura María Julia Muñoz, ha manifestado su opinión contraria, expresando claramente que en la elección de abanderados de una escuela, «deben considerarse las dos situaciones, que sea buen estudiante y que tenga capacidad para su relacionamiento social», porque considera necesario “premiar la capacidad, la en0trega y la dedicación hacia el estudio y el trabajo”. Posición ésta que compartimos. Porque como siempre afirmamos, la solución en nuestro país, siempre está en la Constitución de la República. Esta discusión, que nunca debió iniciarse, ya está laudada por el art. 9: “Todas las personas son iguales ante la ley no reconociéndose otra distinción entre ellas sino la de los talentos o las virtudes”.