Lunes 20 de septiembre, 2021
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Padre Pío: el santo de los milagros

El 25 de Mayo de 1887 nace en Pietrelcina, pequeño poblado de la provincia de Benevento (Italia), Francisco Forgione, más conocido como Padre Pío, hijo de Grazio María Forgione y Josefa María De Nunzio. El padre era un modesto campesino de gran corazón y profunda fe; la madre una mujer sin manchas que supo afrontar con coraje cristiano los sacrificios de la pobreza, sin recriminaciones y sin envidia alguna. Francisco fue educado cristianamente y fue un niño verdaderamente ejemplar. Contaba su madre: “A medida que crecía, con los años, no cometía ninguna falta, no hacía caprichos y nos obedecía siempre a mí y a Grazio. Todas las mañanas y todas las tardes iba a la iglesia a visitar a Jesús y a la Virgen”.

SU VOCACIÓN
La infancia de Francisco se caracterizó por su delicadeza, docilidad y profunda religiosidad. A solo 5 años de edad comenzó a acariciar la idea de consagrarse a Dios y, contemporáneamente, aparecían los primeros dones carismáticos y los primeros asaltos del demonio. “Los éxtasis y las apariciones -testimonia un director espiritual suyo, el Padre Agustín de San Marcos en Lamis- comenzaron al quinto año de edad, cuando tuvo el pensamiento y el sentimiento de consagrarse para siempre a Dios. El 6 de enero de 1903, acompañado por su querido maestro Angel Cáccavo y por el Sacerdote Don Nicolás Caruso, es recibido en el noviciado de los Padres Capuchinos de la Provincia monástica de Foggia, en Morcone (Benevento). Y el 22 de enero Francisco Forgione viste el hábito Capuchino y cambia el nombre de bautismo por el de Fray Pío de Pietrelcina.
SACERDOTE PARA SIEMPRE
El 22 de enero de 1904, arrodillado al pie del Altar Mayor, rodeado de su querida madre, del hermano Miguel, del tío Angelantonio y de toda la familia religiosa, emite los votos simples en las manos del Padre Superior Francisco María de San Elías en Pianissi, prometiendo a Dios vivir en obediencia, en pobreza y castidad. Tres años después, el 27 de enero de 1907, en el Convento de San Elías de Pianissi – y según las normas vigentes del aquel entonces- emite los votos solemnes, “al solo y único fin -como él mismo escribe en el documento oficial- de servir al bien del alma y dedicarme enteramente al servicio de Dios”. Su salud delicada lo obliga, antes y después de la Ordenación Sacerdotal, a interrumpir el curso regular de los estudios.
LA APARICIÓN DE LOS ESTIGMAS
El 20 de setiembre de 1918 fue viernes, el día en que Jesús fue crucificado.
A pedido de su íntimo amigo, el sacerdote José Orlando, el Padre Pío le narró lo siguiente: “…estaba en el coro haciendo la Acción de Gracias de la Misa y sentí poco a poco elevarme a una suavidad siempre creciente, que me hacía gozar al rezar, y cuanto más rezaba más aumentaba el gozo. De golpe una gran luz deslumbró mis ojos y en medio a tanta luz me apareció el Cristo llagado. No me dijo nada y desapareció. Cuando volví en mí, me encontré en tierra y llagado. Las manos, los pies, el corazón sangraba y me dolían de hacerme perder todas las fuerzas para levantarme.
A gatas me arrastre desde el coro hasta la celda, atravesando el largo corredor. Los padres estaban todos fuera del Convento, me puse en cama y recé para ver a Jesús de nuevo, pero después volví en mí mismo, miré otra vez mis llagas y lloré, elevando himnos de agradecimiento y plegaria”.

Los milagros del Padre Pío

Es muy difícil establecer una definición para la palabra «milagro». Los Milagros son considerados expresiones de lo sobrenatural. También se puede decir que un milagro es un fenómeno que ocurre distinto de las leyes naturales y obedecen a una fuerza más avanzada: Por ejemplo: ¡La voluntad de Dios! Toda la vida del Padre Pío estuvo llena de milagros, pero hay que prestar atención a la naturaleza del milagro que siempre es divino. De esta manera, el Padre Pío siempre invitó a las personas a no darle gracias a él, sino a Dios, verdadero autor de todo milagro.
A SU TÍA DARÍA
Un milagro que se ha atribuido como el primero del Padre Pío ocurrió en 1908. En ese momento él vivía en el convento de Montefusco. Un día fue al bosque a recoger alazanes (fruta) en una bolsa; quiso enviársela en Pietrelcina a su tía Daría. Ella siempre había sido muy afectuosa con él. La mujer recibió y comió los alazanes y guardó la bolsa de recuerdo. Tía Daría días después estaba buscando algo en un cajón, era de noche, y ella se alumbraba con una vela, cuando de repente la vela cayó y el cajón se incendió. Tía Daría fue alcanzada por el fuego. En un instante tomó la bolsa que contuvo los alazanes del padre Pío y se la puso en la cara. Inmediatamente su dolor desapareció y ninguna herida o marca de la quemadura permanecía en su cara. Fue uno de los primeros milagros adjudicados al Padre Pío.
MULTIPLICACIÓN DE PANES
Durante la segunda guerra mundial, en Italia, el pan se racionó. En el convento del Padre Pío había siempre muchos invitados, más los pobres que siempre iban allí pidiendo comida. Un día los Frailes se encontraron con que apenas tenían muy poco pan. Todos los hermanos oraron antes de sentarse a comer. El Padre Pío entró en la Iglesia, y rato después regresó con muchísimo pan en sus manos. El Superior le preguntó al Padre Pío: -¿De dónde sacó usted tanto pan? El Padre Pío contestó: -Me los dio un peregrino en la puerta.
Nadie habló, pero todos pensaron que sólo el Padre Pío podía encontrar a “ese peregrino”.

UNA IMAGEN EN EL CIELO
Testimonio de una mujer que llegó a La Aurora, oriunda de Buenos Aires, Argentina.
Cierta vez empezó a sentir problemas respiratorios, notó que se agudizaban y concurrió al médico. Luego de exhaustivos estudios se le detectó que tenía cáncer de pulmón. No conforme siguió buscando otras opiniones en Buenos Aires, y todas coincidían, cáncer de pulmón avanzado.
Perdida por perdida viajó a EE.UU. Tomó un avión, y durante el viaje no paró de llorar. En pleno vuelo y con los ojos llenos de lágrimas miró por la ventana y borrosamente vio una imagen formada por las nubes que se asemejaba a una cara humana, de barba blanca, una imagen que nunca había visto antes. Fue muy breve, porque mientras se restregó los ojos llenos de lágrimas, la imagen ya no estaba. Pero esa imagen le quedó grabada.
Una vez instalada en un hospital de EE.UU. entregó los estudios que llevaba desde Argentina y se dispuso a hacerse nuevamente todos los estudios. Su sorpresa fue mayúscula cuando los médicos le dijeron que, seguramente, los estudios hechos en la Argentina tenían errores, que sus pulmones estaban perfectamente bien, que no tenían ningún rastro de ningún tipo de cáncer. Insistió que en Argentina habían coincidido en el diagnóstico en dos clínicas diferentes. Pero también se le insistió que en el estudio de ellos no había lugar a dudas, sus pulmones estaban limpios.
Volvió a Buenos Aires y contó su experiencia, pero recién mucho tiempo después comentó al pasar a una amiga el suceso de su visión cuando volaba a EE.UU. La mujer le pidió detalles de esa imagen que había visto formada por nubes, pero no podía ser muy precisa, porque la imagen había sido muy fugaz y desconocida. Nuevamente pasó mucho tiempo, hasta que ve una imagen en una revista que la conmocionó, era la imagen que había visto en las nubes, el Padre Pío en La Aurora. Ahí empezó su investigación, de quién era esa imagen, qué era La Aurora, donde quedaba Salto, etc. Logró armar el rompecabezas, y por supuesto llegó a la estancia La Aurora para agradecerle al Padre Pío ese milagro, porque ella estaba convencida que había sido él quien hizo el milagro de su curación.
UNA PROFESÍA
Cuando Karol Wojtyla era un cura polaco de quién nadie podía imaginar siquiera que llegaría al papado como Juan Pablo II, debido a su origen, un país bajo dominio comunista, cada vez que visitaba Italia subía la montaña que lo llevaba a San Giovanni Rotondo para visitar al Padre Pío, con quién se confesaba. El Padre Pío fue un personaje decididamente fuera de lo común que no sólo sanaba a mucha gente sino que, también, tenía otros dones y gracias.
En una de las ocasiones en que habló con el curita Karol Wojtyla, pareció entrar en un breve trance y le dijo: «Vas a ser Papa». Es muy posible que el joven cura polaco sintiera un estremecimiento y una enorme sorpresa, pero ni siquiera ha de haber tenido tiempo para reaccionar ya que el Padre Pío continuó: «También veo sangre… Vas a ser Papa y veo sangre». El mismo mensaje de la Virgen en Fátima que tanto impresionó al mundo. Hubo, en efecto, sangre en las vestiduras de Juan Pablo II cuando le dispararon a quemarropa en 1981.
Juan Pablo II fue el impulsor de la beatificación y posterior santificación del Padre Pío.

LA BILOCACIÓN

Monseñor Damiani, obispo uruguayo, fue a San Giovanni Rotondo a confesarse con el padre Pío. Luego de confesarse se quedó unos días en el convento. Una noche se sintió enfermo y llamaron al Padre Pío para que le diera los últimos sacramentos. El padre Pío tardó mucho en llegar y cuando lo hizo le dijo: “Ya sabía que no te morirías. Volverás a tu diócesis y trabajarás algunos años más para gloria de Dios y bien de las almas”. “Bueno”, contestó Monseñor Damiani, “me iré, pero si usted me promete que irá a asistirme a la hora de mi muerte”. El Padre Pío dudó unos instantes y luego le dijo “Te lo prometo”. Monseñor Damiani volvió al Uruguay y trabajó durante cuatro años en su diócesis. En el año 1941 Monseñor Alfredo Viola festejó sus bodas de plata sacerdotales. Para tal acontecimiento se reunieron todos los obispos uruguayos y algunos argentinos aquí en Salto, Uruguay. Entre ellos estaba Monseñor Damiani, enfermo de angina pectoris. Hacia la medianoche el Arzobispo de Montevideo, luego Cardenal Antonio María Barbieri, se despertó al oír golpear a su puerta. Apareció un fraile capuchino en su habitación que le dijo: “Vaya inmediatamente a ver a Monseñor Damiani. Se está muriendo”. Monseñor Barbieri fue corriendo a la alcoba de Monseñor Damiani, justo a tiempo para que éste recibiera la extremaunción y escribiera en un papel: “Padre Pío…” y no pudo terminar la frase.
Fueron muchos los testigos que vieron un capuchino por los corredores. Quedó en el palacio espiscopal de Salto un medio guante del padre Pío que curó a varias personas. En 1949 Monseñor Barbieri fue a San Giovanni Rotondo y reconoció en el padre Pío al capuchino que aquella noche le había golpeado la puerta, a más de diez mil kilómetros de distancia. El Padre Pío no había salido en ningún momento de su convento.

Milagros en Salto

Enero de 1999.
Adjunto a mi testimonio, certificado médico para probar, en parte, mi relato.
Mi problema empezó en el año 1992. Tenía fuertes dolores estomacales, los médicos no encontraban el motivo. La gran cantidad de glóbulos blancos mostraron que en alguna parte del cuerpo había una infección. A los 12 días de internación mi estado de salud era grave, se había sumado a lo comentado, una alergia a los antibióticos. El médico tratante no era de la idea de operar por lo que se recurrió a un equipo médico, para hacer una operación exploratoria, en ella se encontró un infarto mesentérico (intestinal) que demandó 10 días de cuidados intensivos y un mes de internación.
Pasado un año, en el que me creía curada, primero la zona estomacal y luego todo el abdomen empezaron a aumentar su tamaño. Se hicieron consultas médicas (incluso en otro país), exámenes, análisis, ecografías, etc. sin respuestas concretas. El abdomen siguió aumentando, una punción extrajo tres litros de líquido. Al día siguiente siguió aumentando el contorno abdominal llegando a medir 1 metro 15 centímetros. Perdía el equilibrio debido al peso, no podía atarme el calzado, levantar ningún peso y no había ropa que me quedara bien. Se hizo todo tipo de estudios y exámenes sin ningún resultado. Se recurrió a otra operación exploratoria.
La primera operación había dejado como secuela una trombosis de vena porta, la recuperación fue larga, dos meses y medio de internación, no se podía recurrir a antibióticos por la alergia. Tenía en ese momento 35 kilos de peso, cuando llegué a 40 kilos me dieron el alta. Si bien me recuperaba, el abdomen seguía siendo voluminoso. El tratamiento seguía siendo el mismo y no había solución. Seguí con el tratamiento pero recurría también a muchos tratamientos naturistas, fitoterapeúticos, parasicológicos, etc. El abdomen variaba entre 1 metro y 1 metro 15 centímetros. A los seis años de la primera operación, los diuréticos me producían de tanto en tanto bajones de presión y muchas veces esto hacía que me cayera. En una de esas caídas me produjo además de raspones una herida más bien pequeña pero profunda en la rodilla izquierda. A los 15 días, a pesar de haber ido al médico, la pierna comenzó a hinchar y a tornarse como marmolada, el pie pasó a ser una masa deforme en la que sólo sobresalía la uña del dedo gordo. A esta altura, debido al peso del abdomen tenía várices esofágicas, la ascitis (líquido abdominal) se hizo variable en peso y circunstancia, la trombosis portal produjo cirrosis hepática.
Me hicieron una internación domiciliaria, me daban cuatro inyectables antitrombóticos diarios, tres diuréticos, nada de sal. El médico me dijo que me fuera haciendo a la idea de no volver a caminar, que tendría que arrastrarme. El diagnóstico dado a mi familia era peor, sin solución ni cura, la medicina había hecho todo lo que podía. Pasaba del sillón a la cama. Padecía dolores muy intensos y no podía tomar calmantes, ya que podían producirme hemorragias en el estómago por las várices.
Un amigo de mi hermano Milton, muy allegado a la familia Tonna-Rattín de la Estancia La Aurora, me hizo llegar un rosario y una reliquia del Padre Pío, yo hacía ya bastante tiempo que era devota pero mi fe se ponía a prueba una vez más. Al recibir la reliquia la pegué sobre mi pierna, a los seis días cuando el médico vino a verme mis dos piernas tenían el mismo color y el grosor era el mismo, el médico no lo podía creer. Entonces cambié las reliquias, las quité de la pierna y las puse en el abdomen, a los seis días mi abdomen medía 78 centímetros. De allí en adelante la recuperación fue más lenta, en movilidad y en la recuperación de peso pero hoy soy una persona normal, realizo todas las tareas de la casa y camino sin ninguna dificultad y me siento muy bien.
La única explicación posible para los que me vieron antes y lo hacen ahora, es que es un milagro tangible, porque no es sólo por dentro, es por fuera y se ve.
Para mí y mi familia es un milagro por la intercesión del Padre Pío.
Marta Ciol.
C.I. 2.518.891-8
Nota de redacción: Esta carta fue publicada en su momento en CAMBIO.
La Sra. Marta Ciol es fallecida.

El relato del creador, Don Ángel María Tonna:

La Gruta del Padre Pío en “La Aurora”

Don Ángel María Tonna (20/04/1919 – 13/01/2003) fue reticente a hablar del tema públicamente, mucho menos conceder entrevistas, pero ante tanta insistencia, en una ocasión accedió a contar detalles de cómo nació la Gruta del Padre Pío. Eligió un momento especial para hablar, solo sería un relato y nada más.
Si bien el relato ya fue publicado, entendimos pertinente se publique nuevamente en vista que miles de devotos se incorporan día a día, mes a mes, año a año y no conocen la historia del Padre Pío en La Aurora. Una historia que sus hijos y nietos continuaron y continuarán, siguiendo aquella frase del padre Pío: Tú debes quitar y transportar las piedras, arrancar las espinas. Jesús sembrará, cultivará y regará. Sin él nada podrías hacer.
RELATO: “Corría el mes de enero de 1987, sentado en la galería de la amplia casa de campo y acompañado de mi esposa, Elena, trazaba líneas sobre un papel tratando de esbozar una silueta, algo que sentía muy dentro de mi corazón. Había una promesa que cumplir y me separaba de la fecha límite para cumplirla poco más de 4 meses. En ese momento, como enviados por Dios, llega a la casa una pareja, que sería de ahí en más miembro de esta gran cruzada. Después de conversar largo rato y de entrar en confianza les cuento de la promesa hecha, nada menos que a un hombre santo, a un fraile capuchino, quién en vida fuera mi asesor espiritual y me comprometiera a realizar esta obra. Los recién llegados, Guillermo Beckes y María de las Mercedes Schoenemman, hasta ese momento desconocido, eran ni más ni menos que dos reconocidos escultores argentinos. Compenetrados de lo que les había contado comenzaron a sentir que la responsabilidad podía ser compartida, que ellos podían dar algo de sí para concretar la obra. Allí se comienza a pulir la idea de hacer la estatua del Padre Pío.
Guillermo y Mercedes se instalan en «La Aurora» y comienzan a modelar. Mis indicaciones eran concretas. El Padre Pío me había dado instructivas, en sendas cartas que me envió cuando corrían los años 1948 y 1950, de que la estatua debía representarlo en su época de pujanza, de juventud.
Un día, supervisando la obra, observo que la expresión del rostro no es la pensada, no era como el Padre Pío me lo había pedido. Se los hice saber y la cara de tristeza de los escultores también fue de resignación; y les dije: «-Déjenla como está, no la toquen, que sea lo que Dios quiera». Una vez que les di la espalda y me dirigía a la casa oí el llamado de los escultores: «-Toto, Toto, la cabeza cayó al piso y se destruyó». Nueve días de trabajo se escurrieron de sus manos cuando, sin que mediara una causa aparente, quedó hecha pedazos la cabeza de la estatua. Sólo 2 días llevó hacer la definitiva y esa… sí fue aprobada.
El 25 de mayo de 1987, fecha en que el Padre Pío cumpliría 100 años, si viviera, y hora de cumplir la promesa, se inauguró la gruta con la estatua del Padre Pío; en el lugar exacto que él me indicara en una visión que tuve el 8 de enero de 1987, estando yo sentado a escasos metros de donde hoy se encuentra la gruta.
Monseñor Dr. Carlos Alberto Nicolini, Obispo a cargo de la Diócesis de Salto, presente en el lugar, la bendijo y autorizó a celebrar la Santa Misa a un sacerdote francés que se lo solicitó. Este había llegado a Montevideo el día anterior por un error en el vuelo, leyó el diario donde se anunciaba la inauguración y sin pensarlo siquiera se presentó en la gruta. Así fue como el sacerdote Claudio Rathelot ofició la misa.
El Santo Padre, a través de Monseñor Humberto Tonna, Obispo de la Diócesis de Florida, que le informó sobre la obra a realizar en la estancia «La Aurora», envió una bendición muy especial y prometió que el día de la inauguración de la gruta él se hallaría orando sobre la tumba del Padre Pío en San Giovanni Rotondo, donde permanecería 5 días.