Miércoles 14 de noviembre, 2018 | Actualización: 8 am |
Columnistas

Por una Laicidad positiva

Por Pablo Galimberti

Mons. Pablo Galimberti
El Presidente de Francia Emmanuel Macron,con amplitud mental y comprensión del sentido profundo de la cultura de su país, dirigió el 9 de abril de este año, un discurso a los obispos, autoridades y representantes de otras religiones, destacando y promoviendo el beneficio de una laicidad positiva. Esta comprende tanto la religión católica como otras confesiones y filosofías, que proponen ese “plus” o levadura que invita a levantar la mirada y ensanchar horizontes cuando la vida nos zarandea. Los desafíos de la hora presente no permiten replegarse a quienes han recibido gratuitamente una lámpara para orientarse en el camino.
En su mensaje palpitan aires renovadores para pensar una laicidad sin prejuicios, comprendiendo la más que como límite,como camino de crecimiento. Sería el caso de un uruguayo acostumbrado a jugar al fútbol en el campito del barrio que ve llegar al maestro Tabárez con una propuesta formativa integral y lo rechazara.
Para Macron la relación Iglesia y Estado en su país se ha enfriado pero es necesario hablar con franqueza. El ejemplo del coronel Beltrame, asesinado en marzo de este año por un terrorista,ofreciéndose a cambio de una rehén, ilustró su propuesta.“Muchos han buscado, -afirma Macron- los resortes secretos de ese gesto heroico: unos vieron la aceptación del sacrificio vinculado a su vocación militar; otros vieron la manifestación de una fidelidad republicana alimentada por su trayectoria masónica; otros y en especial su esposa, interpretaron su acto como la traducción de su fe católica ardiente, pronta para la prueba suprema de la muerte.”
Macron está convencido que los lazos más indestructibles entre la nación francesa y el catolicismo se forjaron en los momentos en que se demostró el valor real de los hombres y mujeres. No es necesario, afirma, remontarse a los constructores de catedrales ni a Juana de Arco.
“Si los católicos han querido servir y engrandecer a Francia, si han aceptado morir, no es sólo en nombre de ideales humanistas. Tampoco es en nombre de una moral judeocristiana secularizada. Es porque eran llevados por su fe en Dios y por su práctica religiosa”.
¿Cometo una infracción a la laicidad? se preguntó. Después de todo, contamos también con mártires y héroes de muchas confesiones y nuestra historia reciente lo muestra, comprendidos los ateos, que han encontrado en el fondo de su moral las fuentes de un sacrificio completo. “Reconocer a uno no es disminuir a otros. Considero que la laicidad no tiene como función negar lo espiritual en nombre de lo temporal, ni desarraigar de nuestras sociedades la parte sagrada que alimenta a tantos de nuestros conciudadanos”.
Como jefe de estado, “soy garante de la libertad de creer y de no creer, pero yo no soy ni el inventor ni el promotor de una religión de Estado” promotora de un credo republicano.
Cerrar los ojos a la dimensión espiritual que los católicos cultivan en su vida moral, intelectual, familiar, profesional, social, me encerraría en una visión parcial de este país, desconociendo su historia y sus ciudadanos. Y adoptando una actitud de “indiferencia” iría en contra de mi misión. Esta misma indiferencia no la tengo frente a todas las demás confesiones que hoy habitan nuestro país. En momentos de gran fragilidad social, “cuando el tejido de la nación está en peligro de desgarramiento, mi responsabilidad es no dejar corroer la confianza de los católicos frente a la política y los políticos”.

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