Miércoles 14 de noviembre, 2018 | Actualización: 8 am |
Columnistas

Un “malestar”, diferentes diagnósticos

Por Pablo Galimberti

Mons. Pablo Galimberti
El Senado votó el proyecto de “ley trans” de enorme repercusión: para adolescentes, jóvenes, familias, educadores, personal de la salud y para toda la sociedad.
Abundan conductas narcisistas: amarse a sí mismo ignorando a los demás. El joven Narciso del mito griego no quiere conceder a ninguno el propio amor. Ve su propia imagen en el lago y queda fascinado. Y para acariciar el propio rostro, cae en el agua y se ahoga. Su historia simboliza el excesivo amor por sí mismo que puede llevar al alejamiento de la realidad y de los otros. En criollo lo llamamos “ombliguismo”, que genera inseguridad.
Para la presidenta del Colegio Americano de Pediatras, Michelle Cretella el tema dejó de ser estrictamente científico y se ha coloreado de una ideología que promueve la sexualidad al margen de un proyecto de desarrollo personal y familiar. Para ella existe “un abuso de menores” a gran escala. Desde 2013 al trastorno de identidad o insatisfacción con respecto al género lo llamaron con un nombre más atractivo, con carátula más “científica”. Pasó a llamarse “disforia de género” (“disforia” en griego significa angustia). Lo que los muchos médicos trataban como enfermedad mental, ahora lo ven como normal o incluso lo promueven.
Afirma la Dra. Cretella: “si voy a la consulta de mi médico y digo: Hola, soy Margaret Thacher”, mi médico dirá que estoy delirando y me recetará un antipsicótico. Sin embargo, si yo voy y digo: “Soy un hombre”, me dirá: Bravo, eres transgénero”.
De acuerdo con la mayoría de las organizaciones médicas convencionales, “si te quieres cortar un brazo sano o una pierna sana, estás mentalmente enfermo. Pero si quieres cortarte unos pechos sanos o el pene, eres transgénero”.
Nadie nace transgénero. Si la identidad sexual estuviese conectada al cerebro, tras nacer, los gemelos tendrían la misma identidad en el 100% de los casos. Y no es así.
La Dra. Cretella cuenta que tuvo un pequeño paciente. Entre los 3 y 5 años empezó a jugar con niñas y decir que era niña. En medio de una sesión el chico apartó el camión de juguete y agarrando la Barbie dijo: “Mamá y papá, ustedes no me quieren cuando soy un varón”. Lo que el terapeuta comprobó es que cuando el niño tenía tres años, nació su hermana con necesidades especiales, que absorbió la atención de sus progenitores. El niño malinterpretó esto como: “A mamá y papá les encantan las niñas. Para que me quieran de nuevo quiero ser niña”.
Actualmente, a los padres de este chico se les diría algo diferente: “Esto es lo que realmente es su hijo”. Deben cambiarle el nombre, asegúrense de que todos le tratan como niña o si no se suicidará”. Pero esto no es verdad. Cuando estos niños son apoyados en su sexo biológico a través de la pubertad natural, la gran mayoría de los niños con confusión de género se recuperan. Sin embargo, “se está castrando químicamente a niños con confusión de género con los bloqueadores puberales”. La conclusión de esta doctora es: seamos claros. Adoctrinar a los niños con la mentira de que podrían estar atrapados en un cuerpo equivocado, altera la capacidad de analizar la realidad del niño. Y si los niños no pueden confiar en la realidad de sus propios cuerpos, ¿en quién o qué experiencia les daría confianza? La ideología de género en las escuelas es un abuso psicológico que normalmente desemboca en la castración química, la esterilización y mutilación quirúrgica. Si esto no es abuso de menores, ¿qué es?

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