Viernes 16 de noviembre, 2018 | Actualización: 8 am |
Columnistas

Autocrítica

Por Padre Martín Ponce de León

Por el Padre Martín Ponce De León
En el artículo anterior hablaba de lo imposible que resulta poder dialogar con algunas personas.
Ponía, como ejemplo, el caso de una situación extrema donde todo hace comprensible la imposibilidad de un diálogo coherente.
Era, tan sólo, un ejemplo para adentrarme a esta realidad tan necesaria hoy.
Cuando uno mira la realidad descubre lo importante, honesto y necesario que se hace la autocrítica.
Todos los ámbitos de nuestra realidad nos están mostrando esta necesaria necesidad.
Parecería estuviese prohibido reconocer equivocaciones propias.
Para el gobierno los errores son debidos a la oposición y para estos los errores los comete el gobierno.
Para los empresarios los errores son debido a los trabajadores y los trabajadores señalan a los empresarios como los responsables de ellos.
Para los directores técnicos su equipo mereció el triunfo pero se lo impidió el juez con sus fallos parciales o los contrarios con un juego anti- juego.
Para los curas la responsabilidad es de los fieles que no colaboran y los fieles responsabilizan a los curas que no dan participación.
Los profesores responsabilizan a los alumnos por su falta de capacidad de estudio y los alumnos a los profesores por no hacer interesante las materias.
Siempre los demás son los culpables.
“Nadie es dueño de la verdad” era una realidad asumida por casi todos. Hoy es, parecería, una frase que ha perdido sentido y verdad.
Hoy son muchos los que, por carecer de autocrítica, se han convertido en poseedores de la verdad o, mejor, de la ausencia de equivocación.
No lo dicen ni lo proclaman pero con su actitud lo gritan a los cuatro vientos.
La ausencia de autocrítica nunca es justificable porque implica necedad y mente obtusa.
La ausencia de autocrítica conlleva la convicción de su no necesidad de cambio o de corrección de posturas.
La ausencia de auto crítica va llevando, progresivamente, al encerramiento en uno mismo. Los demás se van haciendo, cada vez más, seres que no necesitan tenerse en cuenta y, por lo tanto, vivir en y para uno mismo.
Reconocer errores está lejos de ser un acto de debilidad o vergüenza.
Se requiere de mucho coraje para reconocer equivocaciones o la posibilidad de ello.
Reconocer equivocaciones es, sin duda, un acto de grandeza personal.
Para el cristiano debería ser imprescindible la autocrítica. Sin ella no precisamos de Jesús que nos ayude a ser coherentes.
Para el cristiano la autocrítica debe ser una postura de vida puesto que no hay una única manera de ver la vida y de posicionarse ante ella.
La ausencia de autocrítica vuelve a una persona en fundamentalista porque único poseedor de la verdad.
Cuando miramos la historia descubrimos los grandes errores cometidos por los fundamentalistas de cualquier signo y ello se debe al hecho de no necesitar sino de imponer.
Hoy se habla mucho de la necesidad de la cultura del diálogo pero sin autocrítica jamás existirá un diálogo auténtico.
Es la base para buscar, respetar y escuchar.
La autocrítica es necesaria, urgentemente necesaria, para ayudarnos a buscar una verdad que nunca será posesión de nadie y, mucho menos, de los fundamentalistas.

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