Viernes 16 de noviembre, 2018 | Actualización: 8 am |
Columnistas

Martín de Porres

Por Padre Martín Ponce de León

Por el Padre Martín Ponce De León

Martín era un mulato producto de la relación de un hidalgo español y una liberta peruana.

Como la relación era estable existió, también, una hermana.

No podía darse casamiento debido la condición social de ambos.

El español, que había sido trasladado a otra ciudad no lejana a Lima, no dejaba de apoyar mensualmente, con dinero, a la madre de sus hijos.

Pese a ello las penurias por las que debía pasar la mujer y sus dos hijos eran notorias.

Aunque la suya no era una situación extraordinaria en aquella época una de sus grandes penurias eran producidas por el hecho de tener hijos bastardos lo que, increíblemente, resultaba una mancha difícil de aceptar.

Martín tenía quince años cuando ingresó, en calidad de “donado” al convento de los dominicos.

Por más que su deseo era poder llegar al sacerdocio sabía no podría acceder a ello por su condición de mulato.

En su calidad de “donado” realizaba las tareas más humildes dentro del convento.

Es evidente que decir que era “el negrito de los mandados” era realizar una ponderación de las actividades que debía realizar.

Durante nueve años realizó las humildes tareas que se le asignaban conforme las costumbres conventuales del momento.

En un determinado momento, cuando el convento pasaba por momentos económicos muy difíciles y el prior decidió poner a la venta algunos de los bienes del convento, Martín se apersonó al prior para sugerirle lo pusiese a la venta como esclavo para no perder bienes del convento.

Este gesto fue rechazado por el prior y poco tiempo después se le hizo perder su calidad de “donado” para ser aceptado como lego dentro de los frailes.

Allí comenzó su tarea dentro del convento como despensero y enfermero.

Son muchas las anécdotas que se relatan que ponen de manifiesto las virtudes de Martín.

Siempre manifestaba su deseo de convertirse en misionero.

Tal vez por ello es que, en diversas oportunidades, se constató su presencia en África, China y Japón pese a su nunca haber salido de Lima (Perú)

Reiteradamente se manifestaba el hecho de constatar su poder de bilocación pese a que él, desde su humildad, restaba importancia a tal cosa.

Entre otras virtudes que se le atribuyen es el poder tener una relación extraordinaria con los animales existentes en el convento.

Se relata que día a día daba de comer a un grupo de ratones con la condición de que no comieran los alimentos depositados en la alacena del convento.

Era notoria la solidaridad que manifestaba en la atención a los más pobres.

Solidaridad desde el brindar ayuda alimentaria como, también, ayuda en el cuidado de los enfermos.

Se dice que tenía el poder de sanación y que muchos eran los que lograban la salud con el solo hecho de encontrarse con Martín.

Pese a que había recibido el apellido de su padre jamás aceptó un cambio en su condición de lego.

Allí se sentía útil para los pobres de la ciudad y los frailes del convento.

Su amor por los pobres le llevó a la fundación de un hogar para los más necesitados de la ciudad.

Fue contemporáneo de Rosa de Lima y en diversas oportunidades se encontraron en largas conversaciones que se mantuvieron en silencio.

Muchos, muchísimos, han sido los contemporáneos de Martín que acudieron a él en busca de sus consejos, sus oraciones o su ayuda.

A su muerte todo Lima se dispuso a llorarlo con la certeza de haber podido conocer un santo.

Pasó mucho tiempo para que la iglesia lo proclamase, oficialmente, como santo. Juan XXIII fue quien lo ascendió a la consideración de los fieles como un camino que conduce a Cristo.

Su fiesta es hoy y está bueno poder pedirle que ayude a esta nuestra América a crecer en solidaridad y servicio para con esos muchos necesitados de nuestro hoy.

Sin duda que lo suyo no ha perdido vigencia y necesita manos para que su propuesta siga sirviendo.

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