Martes 18 de diciembre, 2018
  • 8 am

Llamativo

Padre Martín Ponce de León
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Padre Martín Ponce de León

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Por el Padre Martín Ponce De León
Desde hace muchos años (más de quince) todos los años soy invitado a acompañar en una eucaristía del día dos de noviembre.
Dicha eucaristía se celebra en el Parque Martinelli de Carrasco.
Cuando “el Parque” comenzó yo era el único cura que vivía en la zona y ello hizo me vinculase con la empresa.
Desde ese tiempo todos los años (salvo el año pasado) me han invitado para que pronuncie un breve divague.
Desde el primero, para no divagar demasiado y ser concreto, he ido con el texto escrito.
Luego de una eucaristía hace unos años, conversaba con el titular de la empresa y se nos acerca una señora y me dice: “¿Cómo puedo hacer para conseguir lo que leyó?”. Recuerdo que metí la mano en el bolsillo y le dije “Sírvase” y le entregué lo leído.
Una vez que la mujer se hubo alejado me dice con su voz grave y serena: “Padre, eso es márquetin”
Desde esa vez llevo alguna copia extra.
Para este año me había detenido en “la puerta de al lado” que es como denomina San Agustín al “lugar” donde se encuentran los difuntos y concluía leyendo un poema titulado “No me he ido”.
No había salido del lugar donde se celebró la eucaristía cuando veo venir hacia mí a una señora. “Padre, ¿ya le pidieron lo que leyó?” “No, sírvase” y le entregué las hojas.
Estaba apenas salido de la carpa añadida a la capilla cuando una joven me dice: “¿Cómo puedo tener lo que leyó?” “Espérame y te traigo una copia”.
Iba de camino al auto a buscar la copia prometida cuando una señora me detiene. “¿Puedo darle un beso?” Me lo da y prosigue su camino.
Saco la copia y me encuentro con una de las hijas de la familia de la empresa. “Gracias por sus palabras, fueron muy reconfortantes” me regaló un abrazo y un beso. Le di a ella la copia que había sacado y busqué otra en el auto.
Con la copia en la mano fui hasta donde me esperaba la joven.
En diversas oportunidades me agradecieron las palabras y tal cosa no dejaba de llamarme la atención.
Me resultaba llamativa tal repercusión.
Me preguntaba qué podía haber resultado tan llamativo para aquellas personas.
Comparto con ustedes las conclusiones a las que he arribado.
No fueron más de cinco minutos lo por mí leído.
No se utilizó un lenguaje rebuscado o solemne.
Se utilizó un lenguaje sencillo y entendible para los presentes.
Se encaró desde realidades muy comunes cómo pueden ser algunas de esas preguntas que podemos tener sobre el más allá de la muerte.
No se encaró desde una experiencia de fe tan intensa que deja de lado a la mayoría.
No se apeló a revolver lo doloroso de la pérdida de un ser querido ni a poner el dedo en la herida de los presentes.
Busqué pudiesen encontrar unas palabras de consuelo y cercanía.
Leí un texto esperanzador y reconfortante.
Un texto conmovedor pero, a su vez, muy gratificante.
Esas fueron mis conclusiones tratando de explicar una experiencia que me había resultado llamativa.
De regreso le daba gracias a Dios de haber podido ser útil y de haber sido invitado a vivir tal experiencia.
Le daba gracias a Dios de haber servido para que alguien, en un día tan particular de recuerdos, pudiese encontrar unas palabras de consuelo.
Por ello lo quería compartir con ustedes porque todo me resultó demasiado llamativo.