Jueves 13 de agosto, 2020
  • 8 am

Juan Francisco Giró

Enrique Cesio
Por

Enrique Cesio

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Diario

Por los caminos De la Historia del Uruguay  y el Mundo
Por Enrique Cesio

Juan Francisco Giró
Podría ser un perfecto ejemplo de cómo los políticos van y vienen entre sombras y luces, siendo en algunos momentos deplorables y en otros honestos servidores del pueblo. Este hijo de españoles vio la luz en la capital en 1791. Dispuso de la mejor educación aquí y en Buenos Aires, como después en EEUU, donde logró un buen dominio del idioma, útil para su futuro diplomático. Retornó en 1815 y pasó a integrarse como regidor del Cabildo. En esa condición, junto a Durán, fue enviado a negociar un acuerdo con Buenos Aires, que al ser presentado a Artigas, fue rechazado con la famosa frase “no venderé el rico patrimonio de los orientales al bajo precio de la necesidad”.
Giró mantuvo, al ocupar la plaza los lusitanos, una posición obsecuente y firmó el miserable Pacto de la Farola, por el cual se cedían territorios de la Banda a Portugal a cambio de la construcción de un faro en la isla de Flores. Tan execrable era el canje que el mismo rey de Portugal, Juan VI, lo rechazó. Eso no impidió ser enviado a Río, para manifestar la adhesión a las fuerzas invasoras. Luego se retiró a Buenos. Hasta aquí puras sombras.
En 1825 se incorporó a la Cruzada Libertadora y sus condiciones, de inmediato lo hicieron ministro de Lavalleja y de Rondeau e integrante de la Constituyente.
Producido el alzamiento de Rivera contra Oribe, éste lo envía a Europa a procurar refuerzos para sus escasos recursos. Fracasó en su gestión y fue uno de los integrantes del Pacto de Miguelete, por el cual Oribe abdicaba. Producida la invasión riverista, se constituyó en el Cerrito y fue cooperante del Gobierno de Oribe.
Concluida la guerra, todos formaban unanimidad para designar al General Eugenio Garzón como presidente, pero su muerte lo impidió. De pronto una maniobra en la Asamblea, lo ubicó como Presidente, desde el 1º. de marzo de 1853. Una vez más, demuestra ser buen administrador pero mal político. Decide un viaje de meses por todo el territorio, dejando en interinato a Berro. En esos momentos no se precisaba ese tipo de gobierno, pues la paz no había cerrado todas las heridas. Vuelto a la capital un enfrentamiento en plena plaza Matriz el 18 de julio, debilita su poder, hasta hacerlo renunciar en setiembre y asilarse en la embajada francesa. Desde allí reclama sus poderes, pero no es acatado por el Triunvirato, que lo exilia en Buenos Aires.
Gabriel Pereira, electo para la Presidencia lo hace integrar un consejo consultivo de notables, que jamás funcionó. Electo senador, su débil salud lo hace meramente tener un cargo casi simbólico. Muere en 1863. El lector sabrá encontrar en todo este segundo período de su transcurso, las luces que habían faltado en el primer tramo.