Domingo 9 de diciembre, 2018 | Actualización: 8 am |
Columnistas

La apertura y bienvenida a los inmigrantes

Por Pablo Mieres

Por Pablo Mieres
Por primera vez en muchas décadas nuestro país está recibiendo una importante ola de inmigrantes provenientes, fundamentalmente, de tres países de América Latina. Durante largas décadas Uruguay ha sido un país de emigración. Así rezaba el título de un excelente libro de César Aguiar publicado a comienzos de los años ochenta.
En efecto, durante mucho tiempo nuestra percepción social desde el punto de vista demográfico se caracterizó por concebirnos como un país envejecido, en donde nacen pocos niños (cada vez menos), la gente vive cada vez más tiempo y los más jóvenes emigran.
Estas últimas tres características se mantienen estables. En efecto, cada año se registra un menor número de nacimientos, es decir que los uruguayos están reduciendo paulatinamente y progresivamente el número de hijos por hogar. Esta tendencia se debe en gran medida al cambio en los roles de género, la incorporación creciente de la mujer al mercado de empleo y pautas de relación social modernas que producen la postergación de la formación de la pareja y, en línea con ello, la postergación de la paternidad y maternidad.
A su vez, con los avances científicos y la cobertura de nuestro sistema de salud, lo cierto es que nuestra gente prolonga cada vez más su expectativa de vida, determinando que exista un notorio proceso de envejecimiento. Las causas de esta circunstancia son positivas y hablan bien de nuestra capacidad como sociedad de otorgar cierto grado de bienestar a nuestros ciudadanos.
La emigración sigue siendo un tema. Hemos pasado por momentos en los que el flujo de emigrantes fue muy importante. Particularmente a mediados de los setenta y luego nuevamente con la crisis de 2002.
Ahora parecen existir nuevos indicios de que se está generando un nuevo empuje de emigración o, al menos, de predisposición a emigrar entre la gente joven, debido a las dificultades laborales.
La novedad es la inmigración de estos últimos tres o cuatro años, gente joven proveniente sobre todo de Venezuela, República Dominicana y Cuba que llega a nuestro país en situación de extrema necesidad, huyendo de una situación social, política y económica muy grave y angustiante.
Hay miles de inmigrantes que han cambiado nuestro tradicionalmente muy homogéneo hábitat social. En efecto, es casi seguro que en la vida cotidiana uno se encuentre con personas con acento caribeño (cada uno con su propio tono) que ocupan diferentes tareas en nuestra sociedad actual.
Como ocurre en cualquier sociedad que está acostumbrada a la homogeneidad, la irrupción de un número importante de inmigrantes en un país de escasa población se hace notar fuertemente y genera reacciones variadas.
Lamentablemente, una de las tendencias que comienza a apreciarse es la reacción negativa frente al inmigrante, cuestionando particularmente su presencia por convertirse en un competidor por los puestos de trabajo.
Es una reacción que fácilmente se transforma en un reflejo xenófobo, crítico y cuestionador de la presencia de estas personas.
Todos estamos orgullosos de nuestros abuelos o bisabuelos que llegaron a Uruguay con la esperanza de encontrar un lugar para crecer y desarrollarse. Y todos hemos escuchado con alegría y emoción los cuentos de quienes llegaron hace décadas a estas tierras para abrirse camino.
Pero, además, cualquiera de nosotros tiene algún pariente o amigo cercano que se ha ido de nuestro país a buscar su futuro en otras tierras. Y todos queremos que los reciban bien y que tengan la oportunidad de salir adelante alcanzando las aspiraciones que no lograron en nuestro país.
Por todas estas razones, tenemos que trabajar enérgicamente para recibir con alegría y solidaridad a los inmigrantes que están llegando a nuestro país, con apertura, solidaridad y generosidad.
Esta batalla cultural hay que darla con firmeza y reivindicarla en estos tiempos tan difíciles. Todos tenemos que colaborar para que en este país los uruguayos hagamos prevalecer el espíritu de apertura frente a las reacciones xenófobas o, simplemente de miedo ante el diferente.

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