Domingo 9 de diciembre, 2018 | Actualización: 8 am |
Columnistas

La lógica del alfajor

Por Andrés Merino

Por Andrés Merino
Cuando era nene y mi Mamá me mandaba a la escuela, dentro de aquel portafolios de cuero que más pasaba arrastrado por el suelo que en mi mano, el consabido refuerzo de mortadela o salame constituía sin dudas el tentempié al que recurría en el recreo. Y esa era la costumbre, generación tras generación.
Un buen día un señor llamado Manuel Rosende fundó la empresa Portezuelo y comenzó a modificar los alfajores de maicena y a sistematizar su producción.
Fue un boom. A algunos los recubría de chocolate y prolijamente envueltos se empezaron a transformar en una cómoda alternativa del refuerzo a la hora de alimentar retoños en edad escolar. Y a no tan retoños también.
El hecho fue que la fábrica Portezuelo prosperaba ampliando sus horizontes de mercado. En otras palabras, se empezó a modificar una costumbre muy arraigada de entretener al estómago con algo nutritivo y al alcance del bolsillo.
Al poco tiempo de comenzar esa transformación surge otra fábrica de alfajores con una identidad y dinámica muy similar a la líder en ventas, hasta ese momento prácticamente única en el mercado. Recurriendo a un nombre geográfico cercano a la competencia, y gran similitud en el producto, los recién llegados comenzaron con ímpetu su expansión en el mercado uruguayo.
Yo conocía a Rosende; y de cuando en vez lo visitaba en su fábrica, la cual prosperaba por minutos. Con un razonamiento bastante corto, le pregunté a mi amigo si no le preocupaba la aparición de competencia, y encima de forma muy similar y en el mismo rubro. Muy suelto de cuerpo me dijo que no, que no le inquietaba en absoluto; y fue más allá: «el hecho de que haya competidores lo que provoca es que el mercado se va a ir ampliando. Cada vez más gente irá conociendo al alfajor como producto, y todos venderemos más».
Si bien no quedé muy convencido con tamaña explicación, debo admitir que el tiempo le dio la razón, y el alfajor se instaló como merienda popular sin discusión. Y surgieron más competidores, y más. Y todos venden.
Recientemente ha desembarcado en Uruguay un empresario que ha vivido fuera del país toda su vida prácticamente. De él poco se sabe aún, salvo que manifiesta tener mucho respaldo económico para darse el gusto de ser precandidato a la Presidencia de la República por el Partido Nacional, donde ha encendido todas las alarmas. Reitero que poco se sabe, salvo la fortuna que maneja su suegro ruso que boxea con la Ley en la Vieja Europa. El aspirante, de apellido Sartori supo gerenciar una gigantesca empresa agropecuaria que tiene un pasivo muchas veces millonario en dólares con el Banco República.
Mas esos detalles de balances no parecen hacer mella en el ánimo del caballero, y de la mano de un político de experiencia como lo es Alem García, ha revuelto el avispero nacionalista.
Para el Partido de la Gente, fundado por otro empresario, aunque éste sí con conocida trayectoria en el país, si seguimos el razonamiento de mi amigo Rosende, es una buena noticia que candidatos provenientes de otros escenarios ajenos a la política tradicional y partidaria se presenten a probar sus músculos en la contienda electoral. Seguramente contribuya a ampliar el menú de opciones que se le presente a la ciudadanía, la cual en definitiva sabrá separar la paja del trigo.
Si quienes integramos el partido de Novick y Zubía nos quejamos de la estrechez de miras de políticos integrantes de los partidos tradicionales que nos apedrean un día sí y otro también, mal podríamos estigmatizar sin conocimiento de causa a alguien que de afuera de la Política se anima a invertir tiempo y dinero propio en competir. Mientras todo sea para bien… decía Wimpi.

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