Domingo 9 de diciembre, 2018 | Actualización: 8 am |
Columnistas

La oleada inmigratoria

Por Andrés Merino

Por Andrés Merino
Para explicarme en el día de hoy debo solicitar que hagamos un ejercicio de imaginación. Imaginemos que en Boldivia, país inventado, por ejemplo, donde la vida cotidiana es un infierno producto de la miseria, delincuencia, corrupción y demás, la gente empieza a buscar la manera de escaparse de esa situación buscando nuevos horizontes en un país próspero y con uno de los niveles de vida más alto del mundo: Uruguay (ojo!, sólo estoy imaginando desgraciadamente) Un país en serio, con una Democracia sólida, Republicanismo a prueba de fuego y un sistema capitalista que permite a importantes sectores de la población el acceso a los bienes de la Civilización. El boldiviano sueña con alcanzar sus fronteras e ingresar a como dé lugar en ese paraíso y trabajar en lo que sea que le permita mantenerse y mandar una vital ayuda a su familia que seguidamente se le unirá.
De hecho está en su derecho de soñar, y también puede ejercer el de trasladarse libremente respetando las leyes migratorias generales y en particular del país receptor.
El Uruguay, y en particular los ciudadanos uruguayos, que ninguna responsabilidad tienen en la situación que vive Boldivia, tienen sus leyes migratorias debidamente aprobadas y en consonancia con tratados internacionales que buscan proteger su estilo de vida y trabajo sin dejar de ser básicamente solidarios con otros seres humanos que provienen de países en llamas.
Hace décadas que por sus fronteras y playas se cuelan y desembarcan todo tipo de inmigrantes en busca del «Sueño Uruguayo». En cifras manejables esas personas han contribuido al desarrollo del país, pero desde que esos números se desbocaron el panorama ya pasó de castaño a oscuro. Trabajan ilegalmente, formando una subeconomía particular. Algunos han importado sus bandas delictivas (maras), y muchos ni siquiera hablan el idioma oficial del país. Lo cierto es que el uruguayo medio, más allá de su humanidad, está cada vez más molesto, diría que harto.
Recientemente ganó las elecciones Mickey Trama, candidato sin pelos en la lengua, enemigo de lo políticamente correcto y que encarna ese cansancio del uruguayo medio, en especial aquél que ha visto afectada su estabilidad laboral por la sobre-oferta de los recientes visitantes permanentes. Su discurso de corte nacionalista prendió como pólvora, desmintiendo pronósticos de encuestadoras, prensa y opinólogos teóricos.
Mickey prometió ordenar la inmigración ilegal de una vez por todas.
Paralelamente, en Boldivia se organizan marchas multitudinarias de migrantes desesperados que emprendieron camino rumbo al Uruguay, y sentenciaron que ingresarán de cualquier manera, como especie de ola migratoria de características pacíficas inicialmente pero que no es otra cosa que una invasión de hecho.
El Ejército Uruguayo, el mejor pertrechado y pago del mundo (otro delirio de mi imaginación, principalmente por lo de «mejor pago»), posiblemente sea trasladado a la frontera para frenar esas oleadas en camino, medida que tranquiliza sin dudas al ciudadano común.
No sabemos en qué acabará este cinematográfico desplazamiento de miles de seres agobiados en busca de mejor vida, pero sin dudas se verá frenado por la voluntad de los uruguayos de no verse invadidos sin más trámite. La prensa internacional, a la cual Mickey no le cae nada bien, hace su agosto, al igual que adversarios políticos dentro y fuera de fronteras. Mas lo que nadie dice claramente es que este gobernante, desbocado muchas veces, fanfarrón y desagradable otras, fue votado por sus conciudadanos para que actúe en emergencias como ésta, y de seguro aplicará una firme postura de impedir un ingreso indiscriminado e ilegal a su país.
Dejando ahora de lado la imaginación, esto, en descripción muy simplificada, es más o menos que está ocurriendo ante la frontera Sur de los Estados Unidos ante el avance de varias columnas de inmigrantes salvadoreños y guatemaltecos desesperados por su vida miserable.
Por unas líneas, quise hacer sentir al lector en el pellejo del americano medio, aquel que por mayoría votó a Trump, bicho feo e incorrecto para muchos que ven de afuera y con liviandad esta tragedia humana.

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