Domingo 9 de diciembre, 2018 | Actualización: 8 am |
Columnistas

Vida de perros

Por César Suárez

Por el Dr. César Suárez

El que no se quiere quedar sin perro está condenado a tener muchos aunque no tenga más de uno por vez, la vida de estas mascotas son demasiado cortas en relación al promedio de su dueño.

Si bien ahora ya hace tiempo que no tengo uno, desde la niñez y hasta hace un tiempo han pasado por mi vida innumerables perros y no es la primera vez que me ocupo de ellos en esta columna.

He tenido varios, más de los que me acuerdo pero rememorando un poco vienen a mi memoria los más representativos, Faifeta, Elgutirre, Alonso, Nepomuselobo, Sofía y Raúl.

Faifeta era un perro galgo que parecía salido de la Onda, Elgutierre, llegó un día no sé cómo, un suerte de cusco gordinflón que llegó a mí ya veterano y como quien no quiere la cosa se fue quedando hasta que perdió la noción de todo y de repente salía como loco luego de una siesta ladrando a la nada para volver agitado sobre sus pasos y volverse a echar ya exhausto como si hubiera corrido varios quilómetro pero sólo había andado cinco o seis pasos. Estaba en su final hasta que un día se fue como llegó pero esta vez dejando su cuerpo inhiesto ya sin vida.

Alonso también llegó solo siendo cachorro y como yo vivía en la calle Manuel Alonso en Montevideo, le puse ese nombre en homenaje al nomenclátor, pero Alonso era muy inquieto y un buen día fue atropellado por un automóvil y le quebró una pata, una vecina muy mayor se apiadó del perro traumatizado y me pidió para ocuparse de su reparación, se lo llevó a su casa y al cabo de un tiempo Alonso estaba como nuevo pero cambió de nombre porque la buena señora lo rebautizó con el apelativo de Alonsito y se quedó a vivir con todas las comodidades con su nueva dueña.

Un buen día apareció Nepomuselobo, un perro muy grande y cariñoso y rápidamente me adoptó como dueño, le puse como nombre Nepomuceno hasta que vino otra vecina y me increpó. Como le va a poner Nepomuceno al pobrecito y me propuso que lo llamara Lobo y para repartir las diferencias le puse Nepomuselobo, era muy cariñoso y todo el mundo lo quería y permaneció en la vuelta por algún tiempo pero un día, como yo vivía a una cuadra del Estadio Centenario, en ocasión de un campeonato juvenil, en un festejo desenfrenado de los hinchas con una cuetería infernal, Nepomuselobo enloqueció por el ruidaje, desapareciendo sin rumbo y no lo volví a ver.

Ya viviendo en Salto apreció Sofía que se metió en el fondo de mi casa en forma inopinada y quedó ahí echada sobre el césped sin la más mínima intensión de marcharse y ahí quedó.

Perra fiel si las hay.

Corría detrás de mi auto como un ritual inexcusable. Al verla correr daba pena y yo la invitaba a subir pero se negaba, comenzaba a dar vuelas y a saltar como desesperada esperando que yo reanudara la marcha para seguir corriendo, a veces de atrás, otras veces al costado y muchas veces delante como marcándome el camino.

En ocasiones lograba burlarla y salía sin que se diera cuenta pero ella conocía bien mi itinerario y buscaba el auto en los lugares donde yo solía parar y más de una vez, al volver a ocupar el auto, ella estaba ahí saltando para que yo comenzara a andar para poder volver a correr detrás o al contado del auto.

La fidelidad de Sofía era extrema y por la obsesión por demostrarme su lealtad me hizo pasar más de un papelón, al verme a llegar al auto intentaba correr a todo el que andaba cerca habiéndole pegado más de un susto a algún transeúnte distraído ligándome yo un reto merecido por ser yo responsable de la conducta de mi perra, anécdotas de ella hay tantas que no alcanzaría ni esta columna ni cinco más.

Estando en casa vigilaba el fondo en forma celosa y tenía obsesión con los gatos que invadía su territorio y eso lamentablemente le costó la vida. Estábamos en construcción, vino el vidriero y colocó los vidrios en una puerta ventana, espacio por donde solía pasar rauda detrás de los gatos, al ver uno atravesándole el fondo salió como loca sin advertir que allí ahora había un vidrio instalado, chocándose de frente a toda velocidad. El impacto fue más violento que nuestra intensión por salvarla y allí dejó su vida dejando entre nosotros una profunda tristeza que todavía duele por más que ya pasaron más de veinticinco años.

También lo tuvimos a Raúl, perro tan hermoso como tonto, escapaba de casa pero no sabía volver, lo rescatamos innumerables veces hasta un lejano día fue su último escape y no volvimos a saber de él por más que lo rastreamos por cuanto lugar.

Y como el poema malevo, ya no quise tener más perro pero me he quedado con los recuerdos de todas estas historias que siguen formando parte privilegiada de mi memoria.

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