Domingo 9 de diciembre, 2018 | Actualización: 8 am |
Columnistas

Dejando huellas

Por Gerardo Ponce de León

Por Gerardo Ponce De León
No se si a ustedes le sucede lo mismo que a mí. Personalmente, este a sido un año que me ha corrido como balazo; me parece mentira que ya estamos en el último mes del año 2018; y esa velocidad me hace mirar hacia atrás, para ver como a sido, en mi parte personal, o como es la huella que dejé en el camino que he transitado.
Por hacer cosas y no concluirlas, dejo una huella muy importante; por sacarle “las nalgas a la jeringa” (no comprometerme) más grande; por no querer hacer algo por el prójimo, más grande aún; por caer en el consumismo, la haraganería, la comodidad, el apego a mis cosas, esta huella si que es de consideración.
Pero creo que lo que más rabia da, es el hecho de darme cuenta y no cambiar, de ver o saber por donde va el camino, y agarrar por atajos, que en el fondo son más largos que el camino recto. Entonces me entro a cuestionar, me pregunto: ¿Soy el único? ¿A mucha gente le pasará lo mismo?
No creo que me lo contesten, pero uno queda siempre en la duda, ¿no será que complico mucho a algo que es muy sencillo? Miren que uno sabe que la vida es COMO DI, DA.
Y ahí está el problema. Si usted mira unos renglones más arriba, la huella más grande tiene dentro de su componente a la comodidad, ya que si usted junta las palabras que escribí más arriba, da: comodidad.
Si de algo me puedo jactar es el de andar y trata con gente de las variadas capas sociales, pero todos son seres humanos, y en todos los casos, en su gran mayoría, el factor que más frena a la persona, es el tener que dejar de pasar bien, para tratar de que otros, y si es uno solo, ya es un logro, también nos acompañen en estar mejor. Claro que significa dejar algo de nosotros; como mínimo dejo tiempo, y nos cuesta eso. Somos de apegamos a nuestras cosas, nos cuesta dar lo que es útil para nosotros, a pesar que conozco a gente que pueden o se hacen un tiempo para estar en todo lo que pueden, y ese estar, les permite conocer, ampliar su mirada y hasta son capaces de ver al prójimo.
Muchos pensamos que nos van a pedir cosas materiales, y lo que mas nos piden, es un poquito de calor, de comprensión, de cariño. Y como si nos costara mucho, desprendernos de eso, se lo negamos. Les doy un ejemplo, ¿nos es sencillo darle un abrazo a ese que cuida coches, sin chaleco, que casi siempre vive hurgando la basura, que tiene todo el aspecto, mirado de lejos, de sucio, y se mueve por la noche, hasta llegan a darnos respeto por su figura?
Se que no es fácil, se que nos cuesta, se que un dejo de resquemos nos entra, pero ¿no es un ser humano? ¿algún día tratamos de averiguar por que está así? y sin querer vamos a ir entendiendo esa dejadez.
Tenemos, y no es de extrañar, que en muchos lados sea así, dos lugares para conocer, entender y aprender, muchos porque de esa gente problemática: las cárceles y los hospitales. En ellos uno puede ver hasta donde llega el ser humano, ver los grados de miseria a la cual podemos llegar y lo que se es capaz de tolerar, aceptar y comprender el hecho de que se tiene que poner lo más que se pueda ahí. Es una realidad de vida que no queremos ver. Nos rechinan los dientes, criticamos, ponemos el grito en el cielo, frente a casos y cosas que nos enteramos que en esos lugares ocurren, pero existen y es una realidad que esta implantada en nuestra sociedad. Tenemos que agregar que muchas veces es útil y necesaria de que existan.
¡Que lindo sería que el año que viene sea muy distinta la huella de nuestro camino!

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