Lunes 10 de agosto, 2020
  • 8 am

Por los caminos De la Historia del Uruguay y el Mundo

Enrique Cesio
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Enrique Cesio

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Por Enrique Cesio

Gandhi
En la India llena de mitos, religiones, etnias, clases, idiomas, civilizaciones, historias de conquistas, el siglo XX fue marcado por la vida y obra de Gandhi. Este hombre se constituyó no solamente en el héroe de su patria independiente, sino en el creador de un movimiento espiritual trasmisible a todos los seres humanos. Una creencia en la no violencia, para obtener la soberanía de los países, la igualdad social, la eliminación de las castas (en otros países, clases sociales).
Nació en Porbandar de familia de castas superiores, hijo de un gobernador de ese distrito. Amó profundamente a sus padres y la influencia de la devota y pacífica madre, puede ser uno de los pilares de su filosofía. Su nombre original es Mohandas Karamanchak Gandhi. La denominación de Mahatma, que él no deseaba y significa “Alma Grande” se la asignó el poeta Tagore. En su época y ahora mismo, basta decir Gandhi, para entender se trata de ese ser único.
No tenía una definida religión aunque influyeron el budismo, el hinduísmo y el jainismo, quizá esta creencia con mayor incidencia por su posición de no violencia.
Con dificultades para aprender fue enviado a Londres, donde obtuvo el título de abogado. Allí tuvo grandes contactos intelectuales y pensó en la posibilidad de generar una especie de sincretismo religioso, entre todos los credos, que por la no violencia y la tolerancia, alcanzaran la felicidad.
Intentó ejercer sin éxito su profesión en su país, por lo cual accedió a representar una compañía mercantil, en su sede de Durban, Sudáfrica, donde empezó a observar las normas de segregación y sumisión impuestos por los británicos. En 1913 inicia -con sus métodos- la rebelión contra ciertas imposiciones coloniales, sufrió cárcel y al final obtuvo algunos éxitos que trascendieron a su país y al mundo. En 1919 regresó a su tierra y formó una comunidad de austeridad y sencillez, que se convirtió en un símbolo de vida a la cual jamás renunció. Por eso nunca quiso cargos políticos ni título alguno. Poco tiempo después, se produjo la masacre inglesa donde ametrallados sin piedad, mueren cientos de hindúes en Amritsar. A partir de ahí se integra al Congreso Nacional, partido que en 1930 proclama la Independencia de la India.
Entre las sumisiones que tenían los nativos, figuraba que los británicos se adjudicaban el monopolio de la sal. Gandhi, con un manto y un bastón de rama, seguido por unos 70 partidarios, inicia una marcha de 385 quilómetros hacia las salinas de la costa. Durante la marcha es saludado por los pobladores con honras, miles se incluyen en la caminata llena de sufrimientos, hasta que al llegar al mar, Gandhi toma un puñado de sal y lo arroja al viento. Era el símbolo de la victoria, que obtendría luego al derogar los colonizadores ese monopolio.
En 1932, va a prisión por reclamar la abolición de las castas y allí hace su primer ayuno hasta morir. Antes que eso ocurra los británicos se ven obligados a detener la conmoción nacional, cediendo al reclamo. Gandhi pasa a presidir el Partido del Congreso y va a Londres a negociar la independencia. Pasan los años y las luchas siempre pacíficas, hasta que se inicia la Segunda Guerra Mundial. Los hindúes, logran autonomía para defenderse de la amenaza japonesa, que ya había ocupado otras tierras. Terminada la Guerra, se reanudaron las negociaciones y el Mahatma reanudó -ya viejo y enfermo- sus ayunos. Finalmente en 1947 la India fue independiente. Gandhi no logró mantener la unidad, pues los musulmanes de Pakistán, exigieron su propia independencia.
El 30 de enero de 1948, un fanático musulmán hirió de muerte a Gandhi cuando se encaminaba a la oración comunitaria. Su última palabra fue “Rama” (Dios). Fue incinerado en las aguas del Ganges.
No hay otro caso en la historia de que un hombre sin armas ni ejército, con austeridad, no violencia y una intransigente voluntad de tolerancia, haya logrado la independencia de un país. Pero además, que haya generado una creencia mundial en el pacifismo. Con razón -otro grande del siglo- Albert Einstein sentenció “Es difícil que las generaciones venideras puedan creer que semejante personaje, era un hombre de carne y hueso”.