Domingo 17 de enero, 2021
  • 8 am

Navidad con ilusión

Pablo Galimberti
Por

Pablo Galimberti

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 Mons. Pablo Galimberti

Ilusión no es sacar conejos de la galera. Ni esquivar responsabilidades del diario vivir. Es ponerle color a una foto en blanco y negro. Gracias a ella algunos sobrevivieron a los campos de concentración. Sin ilusión la Nochebuena carecería de atracción.

Mediante la inteligencia emocional conocemos la realidad. La mente no se limita a ser espejo de las cosas (como pensaban los antiguos); más bien las modifica, filtra y también las deforma. La ilusión es también un fenómeno óptico que observamos por ej. al sumergir un bastón en el agua y verlo quebrado. Sabemos que eso se debe a la refracción de los rayos solares, pero tal información no modifica nuestra percepción, porque es una modalidad estructural de nuestro acercamiento a las cosas. La ilusión, a diferencia de la alucinación, nace por estímulos reales que son reelaborados, sumándole “complementos” al estímulo visual. Delante de un edificio, aunque veamos sólo su fachada, tendemos a representarnos también los lados que no vemos. El filósofo Merleau-Ponty afirma que esto es debido a nuestra corporeidad; observamos un punto de vista de la totalidad, no sólo cognitivamente, también emotivamente. Esto nos permite diferenciar entre ilusión y realidad. La ilusión es un fenómeno de la percepción sensorial, el error es fruto de un juicio. Si viendo el bastón en el agua dijera: el bastón se rompió, esto no sería una ilusión sino un error. Pero la ilusión influencia siempre la valoración y las decisiones. Un enfermo todo lo siente desabrido. ¿Podríamos trasladar esto al “amor a primera vista”? Para vínculos sólidos son insuficientes las “fotos”.

La vista de los objetos nos modifica y suscita reacciones afectivas. Las pupilas de una madre se dilatan al ver a su bebé. La vista humana reelabora lo que observa. Esta reelaboración fantástica es una clave de acceso a nuestro interior, empleada para el diagnóstico, como en el test proyectivo Rorschach, usado para comprender la estructura cognitiva, la aproximación emotiva y la presencia de posibles traumas o patologías. Si la realidad está plasmada no sólo por nuestras facultades perceptivas sino también por expectativas y deseos, podremos comprender qué peso pueda tener la ilusión sobre cada aspecto de la vida. Nuestras decisiones no son puramente racionales.

La raíz etimológica de “ilusión” (del latín: in-ludere) contrariamente a las apariencias, no sugiere una negación de la realidad sino que indica la dimensión del “juego” (ludus: en latín). Se ha dicho que el niño crea el objeto, pero el objeto ya estaba ahí, esperando para ser “creado”. La ilusión no tiene sólo poder de plasmar la realidad sino sobretodo el poder de intervenir sobre ella. Imaginemos una guitarra: en un estuche o en manos de Segovia o Zitarrosa.

Las fábulas plantean una experiencia educativa y suelen despertar en el oyente deseos de imitar al héroe. La invitación planteada al niño no es: “querer ser bueno” sino “¿como quién quiero ser?” El niño lo “decide” proyectándose en un personaje. Si este es alguien bueno el niño “decide”, también, ser bueno. ¡Volver a soñar! Como Roberto Benigni en “La vita è bella”, planteando cómo las ilusiones son imperiosas para afrontar estrecheces. “Esperando contra toda esperanza”, como Abraham (Romanos 4,18). Navidad. Pensemos en los niños y en nosotros, grandes que fuimos niños. O que somos. O tratamos de serlo. Cuántas ilusiones apagadas se despiertan ¡ante un sencillo pesebre!