Domingo 29 de marzo, 2020
  • 8 am

Napoleón

Enrique Cesio
Por

Enrique Cesio

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Soledad

Por los caminos De la Historia del Uruguay  y el Mundo
Por Enrique Cesio

Napoleón
Desde la Plaza de la Concorde, hay una perspectiva del gran París a los cuatro vientos. Por una parte, se puede apreciar el final del Jardín de las Tullerías y a los lejos el Louvre; por otro lado, el frente de la Iglesia de la Madeleine; girando se desarrollan los Campos Elíseos con el Arco del Triunfo a los lejos y al final y en la cuarta posición se encuentra sobresaliendo, por encima de Les Invalides, la cúpula dorada de la iglesia de ese mismo sanatorio, construido por orden de Luis XIV. Debajo de la cúpula, encerrado en siete féretros, con uno externo de materiales nobles, yacen desde 1840, los restos de Napoleón Bonaparte.

La polémica eterna sobre si fue un grande de la historia, admirable por su obra en la construcción de la grandeza de Francia o si por el contrario, se trató de un sanguinario absolutista, generador de opresión y muerte, probablemente siga hasta el infinito.
Lo cierto es que es una figura insoslayable de los caminos de la historia. Nació en Ajaccio (Córcega) el 15 de agosto de 1769, en una familia de origen italiano y donde el padre fallaba en el mantenimiento de los 13 hijos que tuvo con su esposa, de los cuales sobrevivieron ocho, los grandes beneficiarios del futuro poder de su hermano.

Formado militarmente en la escuela de Brienne, se convirtió en protegido de un hermano de Robespierre y escapó al Gran Terror, para ir escalando posiciones en la carrea militar. Porque antes que nada se debe subrayar que tuvo dos condiciones básicas: una genialidad militar que le permitía imaginar las estrategias de cada batalla, organizar sus tropas de manera especial, ejercer directamente el mando, rodearse de grandes generales, y por otra parte, tener un sentido de la política, que lo llevó a conseguir el apoyo de las grandes masas, cansadas del caos vivido desde la Revolución de 1789. Ese hecho motivó la reacción de las monarquías europeas, que se coaligaron varias veces, queriendo restaurar el poder de los reyes en Francia. Napoleón se convirtió en el gran héroe del mando de las fuerzas nacionales, derrotando a las sucesivas coaliciones en batallas que signan la historia. Por eso, alcanzó la mayor popularidad y le permitió dar el Golpe de Brumario (nombre de un mes del calendario revolucionario) y convertirse entre 1799 y 1804, en Primer cónsul, con poder total.
La coronación de Napoleón como Emperador fue una ceremonia única, cuyo registro magistral se encuentra en un cuadro de David, custodiado en el Louvre. Asistió el Papa Pío VII, quien luego sería prisionero de Bonaparte. Éste -en un acto de egocentrismo máximo- no permitió que el Papa le colocara la corona: la tomó de sus manos y se la puso él mismo.

Soledad

La popularidad y el sostén del Emperador se basaba en la lealtad de sus ejércitos: “la Grand Armée” y en la política de igualdad que procuró desarrollar. Incluso tuvo una visión europeísta -que según algunos historiadores- lo llevó a salir a la conquistas de Europa. Algunos lo ubican como visionario de una sola Europa.

El final se produjo tras la catastrófica campaña en Rusia. Una magistral descripción se encuentra en el libro “La Guerra y la Paz” de Tolstoi. Finalmente acosado, abdicó en Fontainebleau en 1814 y fue recluido en la isla italiana de Elba. Fugó de allí, desembarcó en Francia y generó un retorno al poder, llamado de los “cien días”. Terminará su ciclo en Waterloo y esta vez, se lo recluirá en la isla de Santa Elena en el Atlántico, dominio inglés, donde morirá en 1821. Otra leyenda radica en saber si fue envenenado o lo mató la úlcera crónica que sufría.
Párrafo aparte merece su vida sentimental. Primero se casó con una mujer harto liberal, Josefina de Beauharnais, quien tuvo reiterados amantes. Hasta que Napoleón se enamoró de María Waleska, su amante más duradera. Pero los pensamientos políticos predominaron. Propuso y obtuvo el matrimonio con María Luisa de Austria, quien le dio su tesoro más ansiado: un heredero varón. Este Napoleón II, que viviría poco tiempo y moriría exiliado con su madre en Viena, sin haber ejercido el poder.

Napoleón denostado por grandes escritores y críticos y elogiado por otros grandes como Víctor Hugo, cabeza visible del movimiento que se generó en 1840, cuando se repatriaron los huesos de Bonaparte, pasaron por debajo del Arco de Triunfo y yacen en el túmulo descripto al principio de esta ficha.