Martes 16 de julio, 2019
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Testimonio

Padre Martín Ponce de León
Por

Padre Martín Ponce de León

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Por el Padre Martín
Ponce De León
En reiteradas oportunidades, los relatos evangélicos, nos hablan de Jesús que se presenta como testigo.
Toda su acción no tiene otro sentido que acercarnos a Dios para que, mediante Él, lo conozcamos y lo hagamos vida.
Hay un autor que sostiene que nosotros, los cristianos, somos más testigos de la Iglesia que de la persona de Jesús.
Si esto es así, creo que con mucha frecuencia sucede, estamos necesitados de importantes cambios para poder cumplir con la propuesta de Jesús.
Dios se hizo hombre para que pudiésemos visualizarle, asumirle y hacerlo estilo de vida.
Es muy fácil, cuando Dios es “una abstracción” correr el riesgo de acomodarle a nuestros intereses particulares. Para que esto no aconteciese se hizo hombre y pudiésemos descubrir su realidad desde la persona de Jesús.
Nosotros no somos Dios pero Él es tan cercano que asume todo lo nuestro y desde allí nos ofrece instrumentos para vivirle que es vivir como Él lo desea.
Recuperar la mirada de Jesús es ir, progresivamente, incorporando a nuestro estilo de vida prioridades, actitudes y comportamientos que hacen y dicen a la esencia de la vida de Jesús.
No estamos llamados a convertirnos a Jesús sino a convertirnos en Jesús para los demás.
Lograr tal cosa es vivir en constante sintonía con el Padre Dios.
Es vivir para ser sus testigos desde el ser signos de contradicción con la realidad que nos rodea y de la que no podemos estar al margen.
Todo lo que hace a la Iglesia no debería ser otra cosa que instrumentos que nos ayuden a vivir, como pueblo de Dios, la propuesta de Jesús.
Desde sus luces y sombras la Iglesia no es fin en sí misma sino instrumento de la vivencia de Jesús.
La propuesta de Jesús pasa por la dignificación de nuestro ser personas en relación con los demás.
Jesús no nos quiere alienados sino dignificados como personas y realizando lo mismo con los demás.
Sería muy fácil vivir un cristianismo de normas y ritos pero estaríamos muy lejos de estar siendo fieles a lo de Jesús.
Lo de Jesús pasa por un Padre cercano e íntimo que nos conoce, comprende, respeta y ama desde nuestra realidad.
No nos ama por nuestra potencialidad sino por nuestra realidad y desea actuemos con los demás de igual manera.
Jesús nos muestra a un Padre que siempre nos está esperando con los brazos abiertos para abrazarnos y colmarnos de besos plenos de su misericordia.
No es un Dios que nos enrostra nuestras equivocaciones sino alguien que nos perdona y nos brinda nuevas oportunidades.
No es un Dios que se enoja, ofende o aleja de nosotros. Siempre está junto a nosotros para que contemos con Él permanentemente.
Jesús, que tenía los pies sobre la tierra, sabe de nuestras debilidades y por ello nos ha dejado instrumentos que nos ayuden a superar nuestras debilidades e intentar vivirle con fidelidad.
Nada de nuestro actuar hace que Dios se aparte de nosotros sino que todo se nos vuelve una constante toma de conciencia de que le necesitamos y Él está disponible para quien lo desee.
Dios se ofrece e insinúa para que, desde nuestra libertad y conciencia, le aceptemos e intentemos responder con fidelidad.
Jesús es testigo elocuente del actuar de Dios.
Jesús es el único instrumento que nos conduce a Dios.
No podemos llegar a Dios sin pasar por Jesús y para ello debemos buscarlo y hacer nosotros.