Jueves 12 de diciembre, 2019
  • 8 am

El hijo

Gerardo Ponce de León
Por

Gerardo Ponce de León

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Diario

Por Gerardo
Ponce De León.
El domingo 31, la Iglesia, en el Evangelio de ese día, nos hizo escuchar el sermón, muy conocido, del Hijo pródigo. Para no perder mi costumbre, y a su vez, no errar en la idea que me lleva a escribir sobre el mismo, recurro al diccionario Salvat, para saber que quiere decir una palabra; en este caso, quiero confirmar que es pródigo, y dice así:
“Pródigo, ga: Que consume o desperdicia su hacienda o su dinero”
No les voy a relatar lo que dice el Evangelio; reitero que es muy conocido; y porque no es el fin de mi escrito; sino el tomar a tres personajes: el padre y los dos hijos. Pretendo llevar la parábola a nuestra realidad.
No es fácil para un padre sobre poner el amor, el perdón, frente al despilfarro de una fortuna, que se hace en base al trabajo o la constancia de mantener lo recibido. Frente a tanto sudor, en un abrir y cerrar de ojos, se esfuma y no queda nada entre mis dedos. Mi logro se voló.
Frente a esta realidad, ¿cuál es mi actitud, como padre? ¿soy capaz de perdonar? ¿pesa en mi, la perdida de parte de mi fortuna o la recuperación de un hijo, que estaba muerto y volvió a la vida; estaba perdido y se le encontró? Cada uno, en su interior está la respuesta.
Dos hijos en actitudes muy distintas. Uno sigue al costado, bajo la sombra del “árbol viejo”, el otro es enceguecido por el ruido, la vida frívola, no mide las consecuencias del goce, del consumismo del mundo humano. Pero no solo en esto está la diferencia entre ambos. Uno es capaz de reconocer su error y pedir perdón; el otro encara y mira enseguida lo material. La realidad es que las necesidades humanas, le abre los ojos, lo lleva a ver y comparar, y muy a su favor, lo lleva a pedir perdón, sin pretender nada. En cambio, el otro, surge la pregunta: ¿Por qué a él y no a mí?, “a él le das esto y a mi, nada”. Creo que muchas veces, en nuestro accionar, en la forma de vida, tenemos mucho de los dos hijos. Más se acentúa si es “dulce” lo que recibimos y lo podemos gastar, en beneficio propio.
Se nos juntan: amor, perdón e interés.
Cuantas veces en nuestra vida, en nuestra relación, cambiamos el orden de esa unión y quedamos con: interés, perdón y amor. No valoramos, sino que medimos cuanto nos cuesta; no miramos hacia delante, vemos lo que la nariz deja a nuestro alcance, y no miramos o tratamos de ver más lejos.
Como bien decía el sacerdote, en su homilía, ¿no será que el nombre de esta parábola, está equivocado y tendría que ser: Amor, Perdón, Aceptación y Comprensión?. Pregúnteselo usted mismo, ya que entiendo que cada uno, sabe o sabemos cual es la respuesta. Lo interior será el reflejo que tengamos frente a la presencia de nuestros hijos. ¿Seremos capaces de salir, nosotros, corriendo al encuentro, dejando de lado todo lo que significa, el regreso del hijo derrochón?
Es difícil la respuesta, pero muchos, deben de ser los padres que gocen por recuperar un hijo perdido, ya sea por deslumbramiento, consumismo, alcohol o droga, o por cualquier flagelo que golpea a nuestra sociedad, que son frutos y productos de nosotros mismos.
Tendríamos que mirar más a los tres personajes, que a uno solo, para poder aprender, valorar y disfrutar de esta muy conocida parábola. ¡Que lindo debe de ser un buen padre, igualar en el Amor a los hijos! ¡Que lindo debe de ser un buen hijo, que valora, quiere, lo que el padre le va dejando en la vida!
La verdad que es una parábola muy conocida.