Martes 16 de julio, 2019
  • 8 am

Know how

César Suárez
Por

César Suárez

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Por el Dr. César Suárez
Todo individuo por más desorganizado que sea tiene determinadas aspiraciones y hasta tiene un plan que por más disparatado que sea, es un plan, en ocasiones, excesivamente fantasioso y totalmente desprendido de la realidad y en otras ocasiones excesivamente conservador que no aspira a demasiado.
Pero más allá de las expectativas suceden cosas por el simple devenir del tiempo casi sin que participe la voluntad de un determinado individuo que van poniendo a cada uno en un determinado lugar simplemente por ser parte del conjunto y dándole razón al dicho popular “los zapallos se van acomodando en la medida que marcha el carro” y casi sin quererlo cada uno va cayendo donde le toca.
Pero hay gente que no se conforma con tan poco y busca activamente situarse en otro lugar diferente al que lo pone “el traqueteo del carro” y pone en juego un plan o un proyecto que pretende apartarlo de la huella que le va trazando el destino.
Hay proyectos de muy corto alcance y que no pretenden ninguna otra cosa que resolver la dinámica cotidiana como por ejemplo, planificar el almuerzo y que sólo es necesario esperar a la sobremesa para evaluar el resultado y hay otros proyectos a muy largo plazo, estudiar una profesión, hacerse una casa, armar una empresa. Habitualmente, conviven en nuestra mente numerosos planes que se entremezclan, se modifican, se potencian o de abandonan de acuerdo a las prioridades de cada momento y de las relaciones humanas que vamos cultivando.
En ocasiones, ese plan se ajusta a una determinada realidad debidamente analizada y el resultado, en el correr del tiempo se va ajustando a lo proyectado y en otras circunstancias el proyecto no se compadece con la realidad e inevitablemente fracasa.
El tiempo para lograr la concreción de lo planeado depende de la magnitud del proyecto, de la disponibilidad de los insumos, del compromiso del o de sus gestores y de las circunstancias que vaya aportando la realidad.
Todo al que le va más o menos bien sabe que el éxito en cualquier emprendimiento normalmente no es una casualidad y siempre tiene detrás mucho trabajo y una historia de esfuerzos sostenidos.
Los que buscan un éxito fácil no perciben esa realidad y se quieren saltear toda esa parte de la historia, entonces improvisan y tras la improvisación viene le fracaso que habitualmente se acompaña de malversación de recursos de un esfuerzo mal administrado.
Hay dos insumos fundamentales para alcanzar determinados objetivos, por un lado el aprendizaje sistematizado a través de la adquisición de conocimientos aportados por la suma de conocimientos acumulados a través de la historia y debidamente sistematizado, diplomándose curso y carreras y por el otro, de la experiencia personal, adquirida en la práctica cotidiana que lleva a minimizar errores y a acortar los caminos.
La asociación perfecta es entre el profesional y el baquiano y más perfecta aún cuando ambos se concentran en la misma persona. La formación de ese dúo no es fácil de lograr y se sintetiza en una expresión del idioma inglés “know how” que no significa otra cosa de saber cómo, cuál es camino a elegir, cuál es la puerta que hay que abrir, cual es el botón que hay que apretar. Es el valor del conocimiento que en términos físicos no pesa nada pero puede mover una montaña y por consiguiente tiene un gran valor.
Nada de ello es sencillo de adquirir, requiere esfuerzo y dedicación y aplicación juiciosa de lo aprendido.
“Saber cómo” vale oro y hay una historia que quizás muchos de ustedes ya conocen y que no sé si es real o fantasía pero que bien ilustra el ejemplo de la importancia del conocimiento, del saber cómo.
Esta historia cuenta que el dueño de una fábrica que funcionaba con una compleja maquinaria, un día dejó de funcionar dejando a su industria y a cientos de operarios parados. Los técnicos habituales no lograban encontrar la falla y pasados tres días, las pérdidas eran enormes lo que lo decidió convocar a un técnico del extranjero especialista en esa maquinaria.
El técnico convocado llegó tan rápido como pudo, analizó la situación y los pocos minutos solicitó una llave con la que ajustó una tuerca y toda la maquinaria comenzó a funcionar de inmediato
El dueño agradecido felicitó al técnico y le preguntó por sus honorarios y el profesional le extendió una factura por diez mil un dólar.
El dueño inmediatamente protestó por el monto de la reparación preguntando ¿diez mil un dólares por ajustar una tuerca? No le contestó el técnico, por ajustar la tuerca le cobro un dólar, los otros diez mil son por saber cual era.